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La santa Madre Iglesia tiene motivos sobrados para educar a sus hijos en la perfecta y continua alegría pascual. Gracias a la encarnación del Hijo divino, a su pasión y resurrección, a su ascensión al cielo y a la comunicación del Espíritu Santo, gracias a la reconciliación con Dios y a la nueva filiación divina, gracias a la apertura de la puerta del cielo, se suscita en los discípulos de Cristo «esta efusión de gozo pascual, y el mundo entero se desborda de alegría» (Pref. pascual II).

Por P. José María Iraburu


El tiempo de la Iglesia no es homogéneo, siempre igual. Tampoco son siempre iguales en el ciclo vital de la naturaleza los tiempos sucesivos del año: primavera, verano, otoño e invierno. Cada uno tiene su forma de vida y su fisonomía propia. De modo semejante en el Año de la Iglesia los ciclos vitales de la Iglesia van cambiando, y si la gracia propia de la Cuaresma, por ejemplo, es ser tiempo de conversión y penitencia, la gracia propia del tiempo pascual es la alegría, la anticipación de la vida celestial.

Desde el principio de la Iglesia, mucho antes de que se formaran la Cuaresma y los otros tiempos litúrgicos, ya la comunidad cristiana celebraba después de la Resurrección de Cristo la cincuentena de la alegría pascual. Los Padres antiguos decían que los días laborables de la semana eran imagen del tiempo presente, mientras que el domingo, el Día del Señor, era imagen de la eternidad celestial. Y lo mismo entendían del Tiempo pascual dentro del Año Litúrgico.

Ya Cristo resucitado al día siguiente al sábado, en el Día del Señor, los cristianos, durante siete semanas, hasta Pentecostés, celebramos la Cincuentena de Gracias a la encarnación del Hijo divino, a su pasión y resurrección como «un gran domingo» (San Atanasio), como «un domingo continuado», imagen de la vida celestial. En este tiempo la llama de la alegría, como el Cirio pascual en la liturgia, ha de arder en el corazón de los discípulos de Cristo sin apagarse. Es la alegría pascual, que anticipa las alegrías definitivas del cielo. La gracia de Dios en este tiempo aviva cada año en nosotros la fe y la esperanza de que «los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros» (Rm 8,18).

El Magisterio apostólico ha dado preciosas enseñanzas sobre la alegría cristiana, que es sobre-humana, como lo es la vida de la fe y la caridad. Destaco dos documentos.

Pablo VI, exhort. apost. Gaudete in Domino (9-V-1970), sobre la alegría cristiana. –Papa Francisco, exhort. apost. Evangelii gaudium (24-XI-2013), sobre el anuncio del Evangelio, especialmente los diez primeros números. «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría» (1).

El cristianismo es hoy acusado como causa de tristeza para el mundo. Desde que hace unos siglos se inició la apostasía de Occidente es ésta una de las peores y más generalizadas calumnias contra Cristo y su Evangelio. Según ella, la Iglesia de Cristo ha entristecido a la humanidad con la religión del Crucificado, haciéndole perder la ingenua alegría del paganismo antiguo. Una muestra de la difusión de esta mentira diabólica puede verse en aquellas proclamas que llevaron ciertos autobuses: «Es probable que Dios no exista. Disfruta de la vida»… Esta idea, sólo aceptable por mentecatos (mente-capti), ha tenido expositores famosos. Pondré por ejemplo un filósofo y un novelista.

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El paganismo fue y es muy triste. Digan lo que digan

Lo fue. Cuando San Pablo, en Romanos 1, hace una descripción de las miserias del mundo pagano –avaricia, maldad, dureza de corazón, perversiones sexuales, homicidios–, hace derivar todos estos males de la negación de Dios. «Trocaron la verdad de Dios [que es luz y alegría] por la mentira [que es oscuridad y tristeza], y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar de al Creador, que es bendito por los siglos, amén. Y por eso los entregó Dios a las pasiones vergonzosas». Toda la necedad mental y la degradación moral de los paganos de Roma la deriva San Pablo de la ignorancia y del desprecio del Creador, plenamente revelado en Cristo.

Al perderse la fe, la razón se ha quedado imbécil.

Lo es actualmente. Las enfermedades mentales, la criminalidad, los divorcios, adulterios y abortos, la droga, las guerras incesantes, cada vez más mortíferas, los suicidios, las ideologías políticas que destrozan las naciones y que provocan genocidios y terrorismo, la degradación sexual, y tantas otras miserias indeciblemente entristecedoras, han ido creciendo implacablemente año tras año en las naciones de antigua filiación cristiana. Al perderse la fe, la razón se ha quedado imbécil: no alcanza a conocer, por ejemplo, que el aborto es un homicidio, o que dar los mismos derechos al matrimonio y a la unión homosexual es una enorme estupidez, además de ser una gran injusticia.

La fe y la razón se han perdido simultáneamente. Se mató la religión y se murió la filosofía. Sin la luz del Evangelio, los hombres y las sociedades se han quedado muy tristes, aunque no lo reconozcan, y aunque traten de vencer su tristeza con mil gastos, diversiones, placeres, viajes, droga y actividades frenéticamente enajenantes, no lo consiguen en absoluto. No tienen modo de vencer su tristeza porque están en las tinieblas del absurdo, «sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Ef 2,12)… ¿Es así o no es así? Es así. La realidad lo afirma de modo irrebatible. Al menos en algunas cuestiones la estadística no miente: la curva de la irreligiosidad asciende perfectamente unida a las curvas de la tristeza, de la fealdad, de las enfermedades mentales, de la disgregación de la familia y de la sociedad. Y al aumento de suicidios.

El Reino de Dios es luz y alegría. Haré sólo unas breves referencias a tema tan grandioso.

La alegría profetizada para los tiempos del Mesías.«El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín» (Is 9,2-3). «Consolad, consolad a mi pueblo» (49-52). «Aclamad al Señor, toda la tierra, servid al Señor con alegría» (Sal 99,1-2). «Alégrense y gocen contigo todos los que te buscan» (69,5).

Jesús es el más feliz de todos los hombres, sencillamente porque el ser humano, que es amor –a imagen de Dios–, es feliz y se alegra en la medida en que ama y se sabe amado.

La alegría del Bautista y de su madre: «en cuanto oyó Isabel el saludo de María exultó el niño en su seno, e Isabel se llenó del Espíritu Santo». Ella misma lo afirma: «así que sonó la voz de tu saludo en mis oídos [la voz de María], exultó de gozo el niño en mi seno» (Lc 1,41.44). Ya antes de nacer, Cristo alegra de modo inefable a Juan, aún no nacido. Y Juan, ya de mayor, declara que el amigo del esposo «se alegra grandemente de oír la voz del esposo. Por eso mi alegría, que es ésa, ha llegado a su colmo» (Jn 3,29).

La alegría de María: «mi alma magnifica al Señor y exulta de alegría en Dios mi salvador» (Lc 1,46-47).

La alegría de Cristo, en la plenitud de los tiempos. La «gran alegría» que los ángeles anuncian y comunican a los pastores es el Evangelio, es decir, la buena nueva del nacimiento del Salvador (Lc 2,10). Ésa es la causa por la que los Magos «se alegraron grandemente» (Mt 2,16). Y Cristo, en su ministerio público, se alegra de la sabiduría de los más pequeños: «en aquella hora se sintió inundado de gozo en el Espíritu Santo» (Lc 10,31). Y aún crece más la alegría con la resurrección de Cristo –Magdalena, Emaús, los apóstoles–, con la alegría de su ascensión a los cielos, con la comunicación pentecostal del Espíritu Santo… Basta ya, para qué seguir. Estamos ante una alegría sobre-humana, anticipación del gozo de la vida celeste.

Es evidente que, ya en su vida mortal, Jesús es el más feliz de todos los hombres, sencillamente porque el ser humano, que es amor –a imagen de Dios–, es feliz y se alegra en la medida en que ama y se sabe amado. Ahora bien, nadie es amado por Dios y por los hombres –no por todos– como Jesús, y él lo sabe. Nadie ama a Dios como Jesús, y nadie como él ama a los hombres, por los que da su vida. Por otra parte, nadie se goza en la bondad y la belleza de las criaturas como él, el Verbo encarnado, pues «todo fue creado por él y para él, y todo subsiste en Él» (Col 1,16-17).  

Adviértase, por otra parte, que estoy hablando del mismo Jesús del que Santa Teresa dice con toda verdad: «¿qué fue toda su vida sino una cruz, [teniendo] siempre delante de los ojos nuestra ingratitud y ver tantas ofensas como se hacían a su Padre, y tantas almas como se perdían?» (Camino Perf. 72,3). Es el «cada día muero» (1Cor 15,31) de San Pablo. Gran misterio: ningún amor, ninguna alegría, ningún dolor es mayor que el amor, la alegría y el sufrimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

–La alegría de los cristianos es la misma de Cristo, pues hemos de «tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5). «Alegraos siempre en el Señor; de nuevo os digo: alegraos» (4,4). Es una alegría espiritual profunda y continua, que hemos de guardar con extremo cuidado, vayan como vayan las cosas en el mundo y en la Iglesia. Es una alegría que, antes incluso de la venida de Cristo Salvador, ya es pregustada en Israel, como se ve en los salmos:

«Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena: porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha» (15,8-11). «Que se alegren los que se acogen a Ti con júbilo eterno. Protégelos, para que se llenen de gozo los que aman tu Nombre» (5,12).

La santa Madre Iglesia tiene motivos sobrados para educar a sus hijos en la perfecta y continua alegría. Gracias a la encarnación del Hijo divino, a su pasión y resurrección, a su ascensión al cielo y a la comunicación del Espíritu Santo, gracias a la reconciliación con Dios y a la nueva filiación divina, gracias a la apertura de la puerta del cielo, se suscita en los discípulos de Cristo «esta efusión de gozo pascual, y el mundo entero se desborda de alegría» (Pref. pascual II).

Ahora, en la plenitud de los tiempos, todo es para nosotros motivo de alegría, causa nostræ letitiæ, porque sabemos que todo colabora para el bien de los que aman a Dios (Rm 8,28). A través de todas las vicisitudes de nuestra vida, continuamente estamos recibiendo los cristianos las buenas noticias de la fe y de la esperanza, porque continuamente somos evangelizados. Y por eso, mediante la oración y la ascesis, procuramos con todo empeño mantener siempre encendida en el altar de nuestro corazón la llama de la alegría, sin permitir que nada ni nadie la apague.

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2 comentarios

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  • Dios glorifico a su Hijo, Por amor a nosotros nos diste a tu Hijo Unigénito, en El heredamos tu palabra y tenemos las promesas, si permanecemos en TI, tu Amor nos vivifica y da sentido a nuestra existencia. Jesús nos lleno de alegría nos hizo libres.

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