fbpx
En su libro «Es tarde y anochece» el cardenal Robert Sarah responde a varios cuestionamientos acerca del celibato sacerdotal, uno de los temas principales del sínodo de la Amazonía, desarrollado desde el  6 al 27 de octubre en el Vaticano.

Daniel de Fernando, de Infovaticana, recopila algunos fragmentos que responden a ese tema tan importante dentro de la Iglesia Católica.


Cardenal Sarah habla en estos términos:

«Como ocurre con lo que hemos visto en relación con el lugar de la mujer en la Iglesia, me provoca el mismo desconcierto que algunos quieran fabricar un nuevo sacerdocio a escala humana. Si en la Amazonía faltan sacerdotes, estoy convencido de que la situación no se resolverá ordenando a los hombres casados, a viri probati que no han sido llamados por Dios al sacerdocio, sino a la vida conyugal para expresar la prefiguración de la unión de Cristo con la Iglesia (Ef5,32). Si, en un impulso misionero, cada diócesis de América Latina ofreciera generosamente a la Amazonía uno solo de sus sacerdotes, esta región no recibiría el trato tan desdeñoso y humillante que implica fabricar sacerdotes casados; como si Dios fuera incapaz de suscitar en esa parte del mundo jóvenes generosos y deseosos de entregar totalmente sus cuerpos y sus corazones, toda su capacidad de amar y todo su ser, en el celibato consagrado.

(…) Si, por una falta de fe en Dios y de resultas de una miopía pastoral, el sínodo de la Amazonía se reuniese para tomar decisiones sobre la ordenación de viri probati, sobre la fabricación de ministerios femeninos y demás incongruencias de este tipo, la situación sería sumamente grave. ¿Se ratificarían esas decisiones con la excusa de que emanan de la voluntad de los padres sinodales? El Espíritu, sí, sopla donde quiere; pero no se contradice ni genera confusión y desorden. Es el Espíritu de sabiduría. Respecto a la cuestión del celibato, ya se ha pronunciado a través de los concilios y de los romanos pontífices.

Si el sínodo de la Amazonía tomara decisiones en este sentido, rompería definitivamente con la tradición de la Iglesia latina. ¿Quién se atreve a asegurar honestamente que un experimento de este tipo, con el riesgo que conlleva de desnaturalizar el sacerdocio de Cristo, quedaría circunscrito en la Amazonía? No me cabe duda de que lo que se pretende es satisfacer urgencias y necesidades. ¡Pero la necesidad no es Dios! La gravedad de la crisis actual es comparable a la de la intensa hemorragia de los años 70, cuando fueron miles los curas que dejaron el sacerdocio. Muchos de ellos dejaron de creer. ¿Y nosotros? ¿Seguimos creyendo nosotros en la gracia del sacerdocio?

(…) Me gustaría subrayar también que la ordenación de hombres casados no es ninguna solución a la falta de vocaciones. Los protestantes, que sí aceptan pastores casados, sufren la misma escasez de hombres entregados a Dios. Por otra parte, estoy convencido de que, si en ciertas iglesias orientales los fieles toleran la presencia de hombres casados ordenados, es porque se encuentra respaldada por la presencia masiva de monjes. El pueblo de Dios sabe intuitivamente que necesita hombres con una entrega radical.

Supondría un desprecio a los habitantes de la Amazonía proponerles sacerdotes de «segunda clase». Sé que algunos teólogos como el padre Lobinger contemplan decididamente la creación de dos clases de sacerdotes: una formada por hombres casados que únicamente administrarían los sacramentos, y la otra constituida por sacerdotes en toda regla que ejercerían los tres oficios sacerdotales: santificar, predicar y gobernar. Esta propuesta es teológicamente absurda e implica una noción funcionalista del sacerdocio al pretender separar el ejercicio de los tres oficios sacerdotales…

La voz que resuena en nuestros oídos a través del Evangelio, la voz de los papas y de los concilios, es la de Jesús, que viene a confortar el corazón de los sacerdotes que dudan o que luchan por ser fieles. Viene a iluminar el espíritu de los laicos que vislumbran la importancia de esta cuestión y quieren contar con sacerdotes que hayan entregado su vida. Quien se atreva a quebrar y destruir este antiguo tesoro, este joyero del alma sacerdotal, intentando separar el sacerdocio del celibato, herirá a la Iglesia y al sacerdocio de Jesús pobre, casto y obediente».

Raquel Almada

Soy miembro agregado de la Comunidad Misionera de Jesús. Me formé en Ciencias de la Comunicación y quiero contribuir con lo que sé a la extensión del Reino de los Cielos.

Ver todas las entradas

1 comentario

¿Qué te pareció este artículo?

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: