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Dios nos comunica por medio de su Santísima Madre que nos ama y para ello nos revela al Inmaculado Corazón de María, el medio más eficaz para nuestra salvación.

En su segunda aparición en Fátima, el 13 de junio de 1917, Nuestra Señora revela por primera vez a su Inmaculado Corazón: «Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón; a quién la abrace le prometo la salvación y serán amadas de Dios estas almas, como flores puestas por Mí para adornar su trono» y luego al revelarle  Lucia que Jacinta y Francisco irán al cielo antes que ella, la consuela diciendo: «Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios».

En la siguiente aparición, la Santísima Virgen mostró a los videntes el lugar donde van las almas que ignoran el amor de Dios. «Habéis visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores», pero insistió: «para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz». 

Muy acertadas son las palabras sobre el Inmaculado Corazón de María del entonces cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, quien escribe un Comentario teológico que se incluye, junto a otros textos, en «El mensaje de Fátima» (26-VI-2000): «Los niños [de Fátima] han experimentado durante un instante terrible una visión del infierno. Han visto la caída de las “almas de los pobres pecadores”. Y se les dice por qué se les ha hecho pasar por ese momento: para “salvarlas”, para mostrar un camino de salvación. Viene así a la mente la frase de la Primera Carta de Pedro: “la meta de vuestra fe es la salvación de las almas” (1,9). Para este objetivo se indica como camino […] la devoción al Corazón Inmaculado de María.


La fiesta del Corazón Inmaculado de María está íntimamente vinculada con la del Sagrado Corazón de Jesús

Para entender esto puede ser suficiente aquí una breve indicación. “Corazón” significa en el lenguaje de la Biblia el centro de la existencia humana, la confluencia de razón, voluntad, temperamento y sensibilidad, en la cual la persona encuentra su unidad y su orientación interior. El “corazón inmaculado” es, según Mt 5,8, un corazón que a partir de Dios ha alcanzado una perfecta unidad interior y, por lo tanto, “ve a Dios”. La “devoción” al Corazón Inmaculado de María es, pues, un acercarse a esta actitud del corazón, en la cual el “fiat” –hágase tu voluntad– se convierte en el centro animador de toda la existencia. Si alguno objetara que no debemos interponer un ser humano entre nosotros y Cristo, se le debería recordar que Pablo no tiene reparo en decir a sus comunidades: “imitadme” (1Co 4,16; Flp 3,17; 1Ts 1,6; 2Ts 3,7.9). En el Apóstol pueden constatar concretamente lo que significa seguir a Cristo. ¿De quién podremos nosotros aprender mejor en cualquier tiempo si no de la Madre del Señor?».

La fiesta del Corazón Inmaculado de María está íntimamente vinculada con la del Sagrado Corazón de Jesús, la cual se celebra el día anterior, viernes. Ambas fiestas se celebran, viernes y sábado respectivamente, en la semana siguiente al domingo de Corpus Christi.  Los Corazones de Jesús y de María están maravillosamente unidos en el tiempo y la eternidad desde el momento de la Encarnación. La Iglesia nos enseña que el modo más seguro de llegar a Jesús es por medio de María. Por eso nos consagramos al Corazón de Jesús por medio del Corazón de María.

Esta fiesta fue oficialmente establecida en toda la Iglesia por el papa Pío XII, el 4 de mayo de 1944, para obtener por medio de la intercesión de María «la paz entre las naciones, libertad para la Iglesia, la conversión de los pecadores, amor a la pureza y la práctica de las virtudes». Esta fiesta se celebra en la Iglesia todos los años el sábado siguiente al segundo domingo después Pentecostés.

La aparición en Pontevedra

Sobre el Inmaculado Corazón de María, hubo dos fechas principales para sor Lucía. La primera fue el 10 de diciembre de 1925, fiesta de Nuestra Señora de Loreto. En aquel momento, la religiosa estaba en su celda en el convento de Pontevedra cuando se le apareció la Virgen. Pero Ella no llegó sola, sino que llegaba en esta ocasión acompañada por Jesús, que aparecía en forma de niño.

Lucía se refería así sobre este suceso, y habla de sí misma en tercera persona: «La Santísima Virgen puso su mano sobre su hombro, y al hacerlo, le mostró un corazón rodeado de espinas, que sostenía en otra mano. Al mismo tiempo, el Niño dijo: “Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre, cubierto de espinas, con las cuales los hombres ingratos la perforan en todo momento, y no hay nadie que haga un acto de reparación para eliminarlos”».

Entonces la Virgen María dijo a Lucía: «Mira, hija mía, mi corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan continuamente con blasfemias e ingratitudes, tú, al menos, procura consolarme y di que: “Todos aquellos que durante cinco meses seguidos, en el primer sábado, se confiesen y reciban la Santa Comunión, recen el Santo Rosario y me hagan 15 minutos de compañía meditando en algun misterio del Rosario, con el fin de desagraviarme, yo prometo asistirlos en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para su salvación”».

Lucía no realizó esta petición que le hizo la Virgen porque pensaba que eran parte del secreto. Entonces dos años más tarde, en 1927, sus superiores le pidieron que explicara el contenido de aquella aparición y ella se fue ante al Santísimo. Quería preguntar a Cristo si debía revelarlo. Y la sierva de Dios explicó lo que pasó entonces: «Jesús le hizo escuchar muy claramente estas palabras: “Hija mía escribe lo que te piden. Escribe también todo lo que la Santísima Virgen te reveló en la aparición, en la que ella habló de esta devoción. En cuanto al resto del Secreto, continúa guardándolo en secreto”».


«Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios»

Para la vidente era claro que la devoción al Inmaculado Corazón de María era el plan del cielo. Y lo vio desde las mismas apariciones de 1917. En sus memorias, reveló que en la aparición del 13 de junio mientras la Madre de Dios le decía: «Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios» pudieron ver que «en la palma de la mano derecha de Nuestra Señora había un corazón rodeado de espinas que lo traspasaba. Entendimos que este era el Inmaculado Corazón de María, ultrajado por los pecados de la humanidad y buscando reparación».

En las declaraciones de Sor Lucía al P. Agustín Fuentes en 1957 ella le revela: «La Virgen nos reveló, tanto a mis primos como a mí, que dos eran los últimos remedios que Dios daba al mundo; el Santo Rosario y la devoción al Inmaculado Corazón de María. Y, al ser los últimos remedios, quiere decir que son los últimos, que ya no va a haber otros (…).

Con el Santo Rosario nos salvaremos, nos santificaremos, consolaremos a Nuestro Señor y obtendremos la salvación de muchas almas. Y luego, la devoción al Corazón Inmaculado de María, Santísima Madre, poniéndonosla como sede de la clemencia, de la bondad y el perdón; y como puerta segura para entrar al cielo».

Sacrificaos por los pecadores – les decía la Virgen a los videntes en la 3ra aparición–, y decid a Jesús muchas veces, especialmente siempre que hagáis algún sacrificio: «Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María» ¡que sea esta también nuestra invocación en los momentos que más necesitamos!

Raquel Almada

Soy miembro agregado de la Comunidad Misionera de Jesús. Me formé en Ciencias de la Comunicación y quiero contribuir con lo que sé a la extensión del Reino de los Cielos.

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