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En el mundo entero se la venera en sus distintas advocaciones. Aquí, la devoción que ha tenido más arraigo en la piedad popular y que ha atraído a nuestros padres, es la de la Virgen de los Milagros de Caacupé, cuya fiesta se celebra en el Día de la Inmaculada Concepción, 8 de diciembre de cada año.

Generaciones y generaciones de paraguayos han aclamado su nombre, han soportado las calurosas caricias del astro rey, con brío han ascendido la empinada cordillera hasta alcanzar cual a la bóveda celeste su santuario, en donde la Madre con célico primor ha consolado sus penas, ha escuchado sus gemidos, les ha dado fortaleza en los momentos de aflicción; en fin… a ella se dirigen confiantes los hijos de esta tierra pues tienen la esperanza de ser  acogidos en su seno fecundo.


El Paraguay tiene una gran devoción a la madre de Dios: nació como nación bajo su amparo; su capital ostenta con justicia el nombre de su gloriosa Asunción; sus ejércitos la tienen como mariscala; el Norte aclama su Inmaculada Concepción y el Sur recuerda la Encarnación del Verbo en su seno purísimo. Hasta se podría afirmar que no hay capilla u oratorio dentro del país que no tenga su imagen. Esta devoción a la Virgen María se fue forjando en el corazón de los paraguayos a lo largo de los siglos, desde el inicio mismo de la evangelización de estas tierras.

En el mundo entero se la venera en sus distintas advocaciones. Aquí, la devoción que ha tenido más arraigo en la piedad popular y que ha atraído a nuestros padres, es la de la Virgen de los Milagros de Caacupé, cuya fiesta se celebra en el Día de la Inmaculada Concepción, 8 de diciembre de cada año.

 

Primeros años de la evangelización

No contamos con documentos de la época (siglo XVII) que relaten cronológicamente la historia de la imagen, pero sí tenemos lo escrito por el P. Fidel Maíz, quien supo plasmar con belleza la tradición oral en su obra «Virgen de los Milagros», a finales del siglo XIX. Con esto, dio un gran impulso a esta veneración, teniendo en cuenta los ánimos decaídos en la posguerra (1865-1870).

En esa obra podemos encontrar datos muy interesantes que datan de los inicios de la evangelización. Corría el año 1603 cuando gobernaba Hernando Arias de Saavedra, un hijo dilecto de Asunción, quien se adelantó a muchos en «hacer valer no la fuerza bruta para reducir a los indios, sino el imperio de la fe y la razón». También gracias a su buen gobierno fue posible la venida de tantos misioneros. «Los hijos de Asís y Loyola, atraídos por Arias, y todos protegidos por su buen gobierno, enarbolan decididamente la Cruz, ese estandarte de la civilización, e invaden pacíficamente las umbrías y vírgenes selvas del Paraguay. Sus moradores escuchan una voz hasta entonces no pronunciada a sus oídos: ya es hora de levantarse del sueño…y a esta dulce voz de los evangelizadores de paz, ellos se despiertan de aquel letargo de siglos; se levantan, siguen esa voz, la voz de Dios».

Continúa el P. Maíz describiendo las hazañas del gran apóstol: «Caazapá, Yuty…, se levantan a la voz poderosa del Apóstol seráfico, el Fr. Luis de Bolaños, digno compañero de San Francisco Solano».

La piedad religiosa es una característica de nuestro pueblo, que no hubiera sido posible sin el sacrificio de tantos evangelizadores que enseñaron la doctrina cristiana a nuestros ancestros. Fray Bolaños es uno de ellos. Él está profundamente ligado a nuestra historia. «España se gloría de haberle dado cuna, y América un sepulcro», dirá el P. Maíz.

 

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Fray Luis Bolaños y el milagro

Siguiendo con nuestro relato; el fraile, luego de pasar por Caazapá, se dirigió a la zona del valle de Pirayú, en donde se encontraba una famosa laguna llamada Tapaicuá, la cual creció vertiginosamente amenazando inundarlo todo. Los moradores, conocedores de sus dones, se acercaron suplicantes al franciscano, quien «con radiante fe ante la majestad de la catástrofe, levanta sereno su Cruz de Apóstol, cual Moisés su vara de legislador, y suspende aquellas aguas. Y la calma se asoma». Muere Tapaicuá y nace Ypacaraí, su nombre es de bendición.

 

 El pueblo exclama: ¡Es la Virgen de los Milagros! Y este eco resuena en los aires, sube a las alturas…

 

Mientras Bolaños permanecía postrado sobre su rostro, dando gracias a Dios, vióse acercar a la playa un objeto flotante, como si hubiese llegado hasta allí gracias a un soplo del Espíritu. Era una pequeña maleta de cuero. Uno de los nativos se precipitó a tomarla; todos lo rodean. «La abren…, el agua no había penetrado, seco estaba en su interior. Reina un profundo silencio.  El asombro los embarga… sacan por fin, una imagen en escultura de madera. Era la mujer apocalíptica, vestida de sol, coronada de estrellas, y la luna debajo de sus pies. Era la representación cristiana de María en su Concepción Inmaculada. El pueblo exclama: ¡Es la Virgen de los Milagros! Y este eco resuena en los aires, sube a las alturas…y los ángeles repiten en el cielo: ¡Es la Virgen de los Milagros!».

 

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La primera casa de la Virgen

Alborozada la gente con la imagen milagrosa, «cada cual quería tener derecho como Juan, para llevarla a su casa». Bolaños, salido ya de su profundo recogimiento, tiene que dirimir la demanda. Entonces, se presenta José, indio cristiano, como propietario de la imagen. El fraile se la da y este la lleva a su casa. Más tarde, el dichoso dueño de la imagen, de oficio carpintero, decide trasladarse más allá del monte llevando consigo la imagen. Allí le construye una pequeña choza para que pueda ser venerada por todos. «He aquí el primer santuario de Caacupé», dice el P. Maiz.

La madre de Dios pronto reunirá entorno de sí a sus hijos dispersos por los valles, acosados por fieras salvajes o enemigos de cristianos. En medio de la selva ella se levanta como protectora. «Nacida de una fuente, allí va ser como la Esposa de los Cantares, la fuente de los huertos más abundante y copiosa; el pozo de aguas vivas que perpetuamente manan sin faltar jamás; las aguas que corren del Líbano, montes de grandes y lindas arboledas».

Los años pasaron, y el indio José, cayó enfermo. Convocó en torno a su lecho a su mujer e hijo, a sus compañeros de trabajo y demás moradores del lugar. Trémulo de indescriptible emoción, tomó la imagen milagrosa en sus manos, se incorporó, sostenido por el hijo, dobló sus débiles rodillas y rezó el Salve Regina en guaraní «Tupa tanderearó, mburuvicha poriahu vereko…». Mientras pronunciaba las últimas palabras de la Salve, cayó sobre su tronco… expiró en paz. José, teniendo la imagen de María en sus manos, y María teniendo el alma de José en las suyas… ¡que muerte tan feliz!

 

Intento de traslado de la imagen

Mientras tanto, el culto a la imagen milagrosa crecía, y para facilitar el acceso a ella, se decidió trasladarla a la meseta del monte de su cercanía; pero cuéntase que, aprestado todo el maderamen y demás materiales para la construcción del nuevo templo, una lluvia continua impidió su realización. «María está bien sobre una espina, como en Aranzazú; está bien sobre una columna como en las márgenes del Ebro; está bien en la quebrada de una piedra, como en Caacupé… ».

 

Santuario

La fundación del valle de Caacupé recién se dio entre los años 1768 y 1772, pero ya era conocida la Capillita de los Milagros, la cual había sido remodelada en varias ocasiones.

En 1945 comenzó la construcción del templo actual que guarda la imagen de la Virgen de los Milagros de Caacupé desde 1980. El 18 de mayo 1988, el Papa Juan Pablo II, en su visita apostólica, consagró el Paraguay a la Virgen de los Milagros de Caacupé, con esta hermosa oración que reproducimos algunos extractos:

«¡Salve María, Estrella de la mañana!
Con todo el pueblo del Paraguay,
Santísima Virgen de Caacupé,

Purísima en tu Concepción Inmaculada,
Señora de los Milagros y Madre de la patria,

vengo a ratificar en tu presencia
la ofrenda de amor y de fidelidad

que te presentan agradecidos
los hijos de esta tierra a quienes
acompañas en su peregrinación en la fe.

Tu imagen nos habla de unión
entre Evangelio y cultura nativa,
del arraigo de la religiosidad popular,

del atractivo que ejercen desde siglos
tu nombre y tu santuario.

¡Virgen Inmaculada, llena de gracia!
Ante tu imagen se inclinaron las generaciones pasadas,
y todos los paraguayos te reconocen como Patrona y guía.

En este día venturoso te ofrezco y te confío
la Iglesia entera del Paraguay,
los Pastores y los fieles,

los sacerdotes, los religiosos y religiosas,
los seglares, las familias, los jóvenes.

Encomiendo a tus solícitos cuidados la fidelidad del Paraguay
a su vocación y a sus raíces cristianas,
para que queden bajo tu continua protección. Amén»

 

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«Basílica menor»

El papa Francisco, en su visita pastoral a Paraguay en el 2015, elevó la iglesia del santuario de la Virgen de Caacupé a la categoría de Basílica menor. El título de Basílica «menor» se le da a las que están fuera de Roma, donde están las «mayores».

 

Tengamos la fe tradicional de la Virgen de los Milagros como nuestros padres

 

Fe, tradición y amor

Aunque muchos traten de menospreciar esta historia por argumentar que se trata de una simple leyenda, la tradición oral no debe ser subestimada. Como escribió el P. Maíz: «Tengamos la fe tradicional de la Virgen de los Milagros como nuestros padres, aunque no tengamos como ellos más razones que piedad filial». No se puede ni se debe renegar siglos de vida, de amor y esperanzas de un pueblo que ha puesto su confianza en la que sabe que puede interceder por él ante el Rey Celestial. Que la Santa Madre de Dios nos alcance la gracia de morir como el indio José, entre sus brazos.

 

Hna. Claudia Ortiz

Religiosa. Miembro permanente de la Comunidad Misionera de Jesús. Hizo estudios de Economía y actualmente cursa la licenciatura en Historia por la Universidad Nacional del Este. Tengo un gran interés por la apología histórica, con la que se desentraña la verdad de la Providencia Divina en los aconteceres humanos.

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