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el dogma de la resurreccion

El Dogma de la Resurrección de Jesucristo

Estas y otras manifestaciones, hizo Jesucristo para mostrar a sus Apóstoles que verdaderamente había resucitado. Por eso se les apareció, no durante la oscuridad de la noche, en que un ensueño deslumbrador puede interpretar un fantasma, sino de día, claramente, irradiando exhalaciones de luz más resplandecientes que el sol del mediodía.

Roberto Jiménez Silva

La Iglesia celebra que Cristo Redentor resucitó, ya que, después de su muerte, salió triunfante del sepulcro. Este misterio venerable y excelso es la señal irreductible de todos los demás misterios, el cimiento de nuestra religión, la garantía inequívoca de nuestra salud, el pedestal de nuestra fe y el auxilio de nuestra esperanza. Todo el Cristianismo se apoya sobre esta verdad de fe en Jesucristo: …y resucitó al tercer día.

Los no creyentes, con su arraigada sin razón, descartan irreflexivamente este Dogma de la Resurrección de Jesucristo. Aunque de forma sustancial, los sentidos sean traspasados por los caracteres de la certeza; aunque de forma sustancial, la historia de Jesús suponga un rompeolas insuperable a la tortura de sus reniegos; aunque de forma sustancial, la jurisdicción viva de la Iglesia ofrezca su testimonio. Pero, la autoridad que ejercen en su propio provecho un reducido grupo de personas apostatas, así como la ceguera que provoca persistir en el error, y las vanas suposiciones de los hostiles a nuestra religión, vienen a estrellarse frente a éste misterio de fe y de esperanza.

Los Padres del I Concilio General Constantinopolitano a las últimas palabras del artículo quinto del Símbolo de los Apóstoles que dice: …padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, añadieron estas otras: según las Escrituras. Ciertamente, ¿qué de conocimientos derramó Dios en las Escrituras para orientar pedagógicamente al pueblo de su elección en el credo de este asombroso suceso?

Veamos lo que dicen los Libros Santos:
(Gn. 49, 9) Cachorro de león es Judá; de la presa, hijo mío, has vuelto; se recuesta, se echa cual león, o cual leona, ¿quién le hará alzar? Este león de Judá que se duerme y despierta de suyo y cuando quiere, ¿no revelaba laudablemente a aquél que ha podido dar su vida y volverla a tomar con su autoridad?

(Gn. 15, 1-5) Después de estas cosas la palabra del SEÑOR vino a Abram en visión, diciendo: No temas, Abram, yo soy un escudo para ti; tu recompensa será muy grande. (…) Lo llevó fuera, y le dijo: «Ahora mira al cielo y cuenta las estrellas, si te es posible contarlas. Y le dijo: Así será tu descendencia».

(Gn. 22, 11-18) Entonces le llamó el Ángel de Yahveh desde los cielos diciendo: «¡Abraham, Abraham!» Y él respondió: «Heme aquí». (…) Entonces Abraham alzó los ojos y miró, y he aquí, vio un carnero detrás de él trabado por los cuernos en un matorral; y Abraham fue, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Y llamó Abraham aquel lugar con el nombre de El SEÑOR Proveerá, como se dice hasta hoy: En el monte del SEÑOR se proveerá.

El Ángel de Yahveh llamó a Abraham por segunda vez desde los cielos, y dijo: «Por mí mismo juro, -oráculo de Yahveh-, que por haber hecho esto, por no haberme negado tu hijo, tu único, yo te colmaré de bendiciones y acrecentaré muchísimo tu descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de la playa, y se adueñará tu descendencia de la puerta de sus enemigos. Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, en pago de haber obedecido tú mi voz».

Estos dos pasajes, tanto el de Isaac, –aquél hijo de la promesa que ocupa un lugar privilegiado junto a sus descendientes en la obra de la salvación y que como hemos leído sobrevivió a su sacrificio, y que después de haber tenido todo el mérito de una muerte misteriosa, vino a ser el tronco de una familia tan numerosa como las estrellas del cielo y de todo el pueblo de los creyentes,- como el de Gn. 15, ¿no nos prefigura a Jesucristo resucitado?

(Jn. 12, 24) En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él sólo; pero si muere, da mucho fruto.
(Jon. 2, 1) Dispuso Yahveh un gran pez que se tragase a Jonás, y Jonás estuvo en el vientre del pez tres días y tres noches.
(Jon. 2, 7) A las raíces de los montes descendí, a un país que echó sus cerrojos tras de mí para siempre, más de la fosa tú sacaste mi vida.
(Jon. 2, 11) Y Yahveh dio orden al pez, que vomitó a Jonás en tierra.
El grano arrojado en la tierra que muere para revivir, y que halla en la misma muerte el principio de la fecundidad más abundante; Jonás, sepultado tres días en el vientre del monstruo marino, saliendo vivo para proclamar el mensaje de Yahveh a Nínive; y donde el mismo Jesús verá en esta aventura de Jonás, el signo de su estancia en el corazón de la tierra, ¿no vemos nosotros la figura más expresiva de Jesucristo muerto, sepultado y resucitado al tercer día, y que después instruye a sus discípulos en las maravillas del Reino de Dios, enviándoles a convertir a todo el universo?

(Sal. 16, 10) …pues no has de abandonar mi alma al Seol, ni dejarás a tu amigo ver la fosa. ¿No predijo el rey David que Dios no permitiría que su Santo viese la corrupción, ni que dejase su alma en el infierno?
Este versículo es citado en (Hch. 2, 25-28; 13, 15) a propósito de la Resurrección de Jesús, prolongación de la aplicación mesiánica admitida por el judaísmo.

(Is. 53, 1-12) «¿Quién dio crédito a nuestra noticia? Y el brazo de Yahveh ¿a quién se le reveló? Creció como un retoño delante de él, como raíz de tierra árida. No tenía apariencia ni presencia; (le vimos) y no tenía aspecto que pudiésemos estimar. Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta. ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados. Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahveh descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca. Tras arresto y juicio fue arrebatado, y de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa? Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido; y se puso su sepultura entre los malvados y con los ricos su tumba, por más que no hizo atropello ni hubo engaño en su boca. Mas plugo a Yahveh quebrantarle con dolencias. Si se da así mismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días, y lo que plazca a Yahveh se cumplirá por su mano. Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará. Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará. Por eso le daré su parte entre los grandes y con poderosos repartirá despojos, ya que indefenso se entregó a la muerte y con los rebeldes fue contado, cuando él llevó el pecado de muchos, e intercedió por los rebeldes».

En su vida mortal es herido, humillado, y en su Resurrección se le reconoce por Rey de la gloria.

¿Cómo podrían concertarse los caracteres del Mesías que nos manifiesta el profeta Isaías, sin su Resurrección gloriosa? ¿Cómo se ha de disponer lo que se ha dicho de sus humillaciones y su gloria? En su vida mortal es un arbusto que apenas sale de una tierra seca, y en la gloria de su Resurrección es aquél árbol grande, cuya sombra y protección hacen la esperanza de todos los pueblos. En su vida mortal es herido, humillado, y en su Resurrección se le reconoce por Rey de la gloria.

(Lc. 24, 25-27) Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras. Con razón, a los discípulos de Emaús y que dudaban de su resurrección, el Señor los llama insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los Profetas habían escrito de Él; y para persuadirles de este portento, les explica lo que se ha dicho de Él en todas las Escrituras del Antiguo Testamento.

Pero no son menos decisivos los testimonios que acerca de la Resurrección del Salvador, encontramos en el Nuevo Testamento. Una de las primeras enseñanzas que el Señor dio a sus discípulos fue éste primer anuncio de la Pasión: Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día (Mt. 16, 21).

En otra ocasión: Tomando consigo a los Doce, les dijo: «Mirad que subimos a Jerusalén, y se cumplirá todo lo que los profetas escribieron para el Hijo del hombre; pues será entregado a los gentiles, y será objeto de burlas, insultado y escupido; y después de azotarle le matarán, y al tercer día resucitará». Ellos nada de esto comprendieron, estas palabras les quedaban ocultas y no entendían lo que decía (Lc. 18, 31-34)

San Mateo lo refiere prácticamente igual: Cuando iba subiendo Jesús a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino: «Mirad, subimos a Jerusalén, y este Hombre será entregado a los sumos sacerdotes y letrados que lo condenarán a muerte. Lo entregarán a los paganos para que lo afrenten, lo azoten y lo crucifiquen. Al tercer día resucitará».

Así se explicó Jesús hablando de la señal de Jonás: Entonces le interpelaron algunos escribas y fariseos: «Maestro, queremos ver una señal hecha por ti». Más él les respondió: «¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás. Porque de la misma manera que Jonás “estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches”, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches» (Mt. 12, 38-40).

Así se explicó Jesús hablando a los judíos de su cuerpo resucitado, lugar de la presencia divina: Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «¿Qué señal nos muestras para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré». Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero él hablaba del Santuario de su cuerpo (Jn. 2, 18-21).

En fin, si Jesús cura a un ciego de nacimiento (Jn. 9, 1-41); si curó a diez leprosos (Lc. 17, 11-19); si se Transfiguró en el Tabor (Lc. 9, 28-36); si multiplica el pan para alimentar a la muchedumbre (Jn. 6, 1-15); efectúa con tal moderación todas estas maravillas, que impone a sus discípulos el más riguroso silencio hasta que haya resucitado. Pero todavía más… A fin de persuadir rotundamente a sus discípulos de la verdad de su Resurrección, y situarles en estado de persuadir a otros, nada más resucitar se apareció a María Magdalena: «Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios» (Mc. 16, 9).

A las santas mujeres: En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «¡Dios os guarde!» Y ellas, acercándose, se asieron a sus pies y le adoraron (Mt. 28, 9).

A los discípulos que iban a Emaús: «Aquél mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos» (Lc. 24, 13-15).

A Simón Pedro: «Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!”» (Lc. 24, 33-34).

A los once apóstoles y a los que estaban con ellos: «Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado» (Mc. 16, 14).

Y en fin, en una sola vez a varios de sus discípulos: «Después de esto se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos» (Jn. 21, 1-2).

Estas y otras manifestaciones, hizo Jesucristo para mostrar a sus Apóstoles que verdaderamente había resucitado. Por eso se les apareció, no durante la oscuridad de la noche, en que un ensueño deslumbrador puede interpretar un fantasma, sino de día, claramente, irradiando exhalaciones de luz más resplandecientes que el sol del mediodía. Por eso su aparición es en los sitios públicos y en diferentes lugares: en el huerto donde estaba el sepulcro; en el camino de Emaús; en el Cenáculo; a orillas del Lago de Genezaret; sobre una montaña de Galilea. Por eso se aparece no de una forma rápida y breve, que no deja huella alguna. «Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos» (Lc. 24, 41-42).

Su Resurrección no fue aparente, como la de los huesos secos reanimados a la voz de Ezequiel en el campo de Sanaar (Ez. 37, 1-14); no un espectro que sube de la tierra como en el caso de Saúl y la pitonisa de Endor (1 S. 28, 3-25); no para volver a morir, como el hijo de la viuda de Naím, Lázaro, y la hija del Archisinagogo Jairo. La Resurrección de Jesucristo fue real, constante, -lo acabamos de leer- comió en compañía de los suyos, se dejó palpar de ellos, y les mostró las cicatrices de sus llagas: «Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente», señales sagradas de nuestra redención.

Desde entonces no dudaron más los Apóstoles que su Maestro, real y verdaderamente había resucitado. San Lucas en los Hechos de los Apóstoles escribía sobre la primera comunidad cristiana: «Los apóstoles daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Jesús» (Hch. 4, 33). Cuando tratan de la elección de un digno cooperador de su ministerio en lugar de Judas Iscariote, Pedro, Cabeza del Colegio Apostólico ofrece esta razón: «Conviene, pues, que de entre los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que nos fue llevado, uno de ellos sea constituido testigo con nosotros de su resurrección» (Hch. 1, 21-22).

Este misterio de la Resurrección fue el asunto principal del discurso de Pedro al pueblo en el pórtico llamado de Salomón (Hch. 3, 11-26). El mismo discurso inculcó también en casa de Cornelio delante de mucha gente (Hch.10, 1-43). Y en su primera epístola a los judíos recién convertidos, y dispersos por el Ponto, Galacia, Capadocia, Bithinia y otras regiones del Asia menor les dice: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, a quienes el poder de Dios, por medio de la fe, protege para la salvación, dispuesta ya a ser revelada en el último momento» (1 P. 1, 3-5).

Leyendo los escritos de San Pablo observamos que el fundamento de la doctrina que transmite y de su misión es el gran misterio de la Resurrección de Jesucristo. Escribiendo a Timoteo le dice: «Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, descendiente de David, según mi Evangelio; por él estoy sufriendo hasta llevar cadenas como un malhechor; pero la Palabra de Dios no está encadenada. Por eso todo lo soporto por los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación que está en Cristo Jesús con la gloria eterna».

Es cierta esta afirmación. «Si hemos muerto con él, también viviremos con él; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con él; si le negamos, también él nos negará; si somos infieles, él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo» ( 2 Tm. 2, 8-13).

A los de Corinto les escribía: «Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, como a un aborto» ( 1 Co. 15, 3-8). Y un poco más adelante afirma: «Ahora bien, si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos ¿cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también nuestra fe» (1 Co. 15, 12-14).

Más el Espíritu le hace gritar: «¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron. Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos» (1 Co. 15, 20-21) .En resumidas cuentas, si Jerusalén, Atenas. Éfeso, Antioquía, Alejandría, Grecia, Sicilia y la misma España contemplan desde la predicación del Evangelio llenarse sus ciudades y pueblos de fieles seguidores de Jesús, es porque los Apóstoles predicaron en ellas la Resurrección gloriosa de Jesucristo.

Y ahora decidme… ante tales pruebas de este Dogma de la Resurrección ¿qué tienen que oponer los desconfiados, los escépticos o los disolutos? Se ofuscan en la ignorancia y la maldad, invocando a no sé qué ridículas ideas que les facilitan la ignorancia y el analfabetismo. Además que, en la época de Jesús, el odio hacia Él de fariseos y saduceos, la misma incredulidad de Tomás, y cuanto intentaron los del Sanedrín, se revierte contra ellos, y son otros tantos testimonios de la resurrección, que se atreven a negar. Decidme si no de qué sirvieron cuantas previsiones se llevaron a cabo para escoltar en el sepulcro el cadáver de Nuestro Redentor. Se acercan al sepulcro nuevo donde le colocaron. ¿Qué ven, qué reconocen allí? El sepulcro abierto, la tumba vacía, los guardias puestos en fuga, los ángeles que se aparecen… ¿Qué dicen a todo esto?…

_Alucinaciones, estupideces, paranoias. Lo han robado. -Esto comentan.-
La Sinagoga, -como prueba San Justino en su «Diálogo con Trifón»- hizo circular esta calumnia. Pero ¿quién lo robó?…
_ ¡Los discípulos! -Responden.-
_ ¿Los discípulos?… ¿Los discípulos, que pocas horas antes habían huido cobardemente a esconderse, porque no se atrevían ni aún a dejarse ver por los enemigos de su Maestro? ¿Unos hombres tan tímidos, que los dispersa el miedo y que uno de ellos llamado Pedro no tuvo reparo en negarle hasta tres veces porque una mujer le preguntó si era uno de ellos? Aquellos, que confundidos con la muerte de su Maestro no sabían qué pensar de él y de sus promesas, y ni aún pueden disimular en este punto sus recelos e incertidumbres ¿habían de convertirse de repente en hombres valerosos, arrojarse al peligro de ser descubiertos en las tinieblas de la noche, atacar y dispersar a los soldados romanos?… Y si esto hubiera sido así, ¿qué hicieron entonces lo centinelas?…
_Estaban dormidos. -Contestan.-
_ Pero bueno ¿tan descuidados eran que no hubiesen dejado a alguno vigilando?… Y si hubiese sido así, ¿cómo saben lo que pasó durante su profundo sueño?
¡Qué ofuscación, qué desvarío, que incongruencia! Así misma se engañó la maldad. Isaías dejó dicho: En verdad, están locos los príncipes de Soán, los sabios consejeros de Faraón forman un estúpido consejo. (Is. 19, 11) Se cumplió la profecía de David: Aunque ellos intenten daño contra ti, aunque tramen un plan, nada podrán. Qué tú les harás volver la espalda, ajustarás tu arco contra ellos. (Sal. 21, 12-13) Es preciso afirmar con San Agustín que, «el inventor de esta fábula estuviese más dormido que los mismos testigos».

Creed por tanto este misterio de la Resurrección de Jesucristo, que San Ambrosio en su «Libro de José» señala que es «el primero y más grande fundamento de nuestra fe». Y Gregorio Nacianceno escribía que «excede a los demás de Jesucristo en gloria y esplendor, como el sol a las estrellas».

Caballeros Penitentes de Cristo Redentor, prestemos a esta Verdad la consideración debida de dogma y amor; no dudéis de esta verdad; y si acaso llega la duda de fe, vencer el falso sonrojo, que retiene acaso cautiva la Verdad. En medio de un mundo incrédulo como el nuestro, es donde debe haber valor, -dando gracias a Dios-, para no serlo. Estemos siempre atentos para evitar las seducciones de una superficial mentira y digamos con el salmista: …enmudezcan los labios mentirosos que hablan con insolencia contra el justo, con orgullo y desprecio (Sal. 31, 19).

Digan todos los Caballeros Penitentes de Cristo Redentor, como fieles hijos de la Iglesia con el entusiasmo del Rey profeta: «Mi corazón y mi sangre se alegran en Dios vivo, que verdaderamente resucitó de entre los muertos.».



Publicado originalmente en https://bit.ly/3OR6QWm

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