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«Mujer, he ahí a tu hijo; Hijo he ahí a tu madre» y desde ese momento el discípulo acogió a María y la llevó a su casa. Por la tradición, sabemos que el discípulo amado, Juan, llevó a la Santísima Virgen María después de la Resurrección del Señor a Éfeso, en dónde vivió sus últimos días.

«Mujer, he ahí a tu hijo; Hijo he ahí a tu madre» y desde ese momento el discípulo acogió a María y la llevó a su casa. Por la tradición, sabemos que el discípulo amado, Juan, llevó a la Santísima Virgen María después de la Resurrección del Señor a Éfeso, en dónde vivió sus últimos días.


Leemos  en los Hechos de los Apóstoles, que la Virgen María permaneció con los Apóstoles hasta la venida del Espíritu Santo, en donde se separan físicamente, pero permaneciendo en un mismo espíritu, y se dirigen a evangelizar al mundo. Juan se dirige a Éfeso y la lleva consigo.

La Beata Ana Catalina Emerich nos cuenta cómo fueron sus últimos días en esta tierra después de la Resurrección de su hijo.

La Santísima Virgen en Éfeso

La morada de María estaba en una montaña que se encuentra a la izquierda según se viene de Jerusalén. Es un paraje muy solitario que tiene muchas colinas fértiles y graciosas, y limpias cuevas de roca entre pequeños llanos arenosos. Cuando Juan trajo aquí a la Santísima Virgen ya había mandado construir su casa de antemano y ya vivían en este paraje familias cristianas y algunas santas mujeres. La Santísima Virgen vivía allí con una joven, su criada, que recolectaba lo poco que necesitaban para alimentarse. Vivían con total tranquilidad y honda paz.

 

El vía crucis de María

Detrás de la casa, alejándose un poco por el camino hacia el monte, la Santísima Virgen se había preparado una especie de vía crucis. Cuando todavía vivía en Jerusalén después de la muerte del Señor, María nunca dejó de hacer allí su vía crucis con lágrimas y compartiendo la Pasión. Había medido en pasos las distancias entre los lugares del camino donde Jesús había padecido, y su amor no podía vivir sin la permanente contemplación del vía crucis. Poco después de llegar aquí la vi andar diariamente montaña arriba un trecho de camino detrás de su casa, contemplando la Pasión. Al principio iba sola midiendo en pasos, cuyo número tantas veces había contado, la distancia entre los lugares donde al Salvador le había ocurrido algo, y en cada uno de estos lugares ponía una piedra o marcaba un árbol si lo había. El camino se internaba por un bosque donde marcó el Calvario en una colina, y puso el sepulcro de Cristo en una cuevecita de otra colina.

 

«Oh, hijo mío, hijo mío»

Después del tercer año de estancia aquí, María tenía grandes ansias de ir a Jerusalén, y Juan y Pedro la llevaron allí. Visitó el Monte de los Olivos, el Calvario, el Santo Sepulcro y todos los santos lugares de los alrededores de Jerusalén. La Madre de Dios estaba tan triste y conmovida por la aflicción que apenas podía tenerse de pie, y Pedro y Juan la tenían que llevar sosteniéndola bajo los brazos. Estaba indeciblemente triste y suspiraba continuamente «Oh, hijo mío, hijo mío».

 

Muerte de la Santísima Virgen

Algún tiempo antes de la muerte de María, cuando ella supo interiormente que se acercaba el momento de reunificarse con su Dios, su Hijo y Salvador, rezó para que los apóstoles estuvieran presentes y ellos fueron avisados por ángeles en los distintos parajes del mundo en donde se encontraban, para que acudieran a Éfeso.

Al llegar, los Apóstoles habían formado un altar en el Oratorio que estaba cerca del lecho de la Santa Virgen María, pálida y silenciosa, miraba fijamente el cielo, a nadie hablaba y parecía arrobada en éxtasis. Pedro se acercó a Ella y le administró la Extremaunción y  enseguida le presentó el Santísimo Sacramento, se enderezó para recibirlo y después cayó sobre su almohada. Los Apóstoles oraron por algún tiempo, María se volvió a enderezar y recibió la sangre del Cáliz que le presentó Juan. En ese momento, vi que una luz resplandeciente entraba en Ella y que la sumergía en éxtasis profundo. El rostro de María estaba fresco y risueño como en su edad florida. Sus ojos llenos de alegría miraban al Cielo.

 

Su alma resplandeciente

Entonces vi un cuadro conmovedor; el techo de la alcoba de María había desaparecido y a través del cielo abierto, vi la Jerusalén Celestial. De allí bajaban dos nubes brillantes en la que se veían innumerables ángeles, entre los cuales llegaban hasta la Sma. Virgen una vía luminosa. La Santa Virgen extendió los brazos hacia ella con un deseo inmenso, y su cuerpo elevado en el aire, se mecía sobre la cama de manera que se divisaba espacio entre el cuerpo y el lecho. Desde María vi algo como una montaña esplendorosa elevarse hasta la Jerusalén Celestial; creo que era su Alma porque vi más claro entonces una figura brillante infinitamente pura que salía de su cuerpo y se elevaba por la Vía Luminosa que iba hasta el Cielo. Los dos coros de ángeles que estaban en las nubes, se reunieron más abajo de su Alma y la separaron de su cuerpo, el cual en el momento de la separación, cayó sobre la cama con los brazos cruzados sobre el pecho.

Efectivamente, la Virgen Santísima había muerto, pero coincidiendo con los relatos de la Tradición, Ana Catalina relata su gloriosa Asunción, dogma que siempre fue creído en toda la iglesia en todos los tiempos.

 

La Asunción

Por la noche muchos Apóstoles y santas mujeres, oraban y cantaban cánticos en el jardincito delante de la tumba. Entonces vi que una muy ancha vía luminosa bajaba del cielo hacia el sepulcro y que allí se movía un resplandor formado de tres esferas llenas de ángeles y de almas bienaventuradas que rodeaban a Nuestro Señor y el Alma resplandeciente de María. Entonces el Alma de la Santísima Virgen que seguía a Jesús, descendió a la tumba a través de la roca y luego uniéndose a su Cuerpo que se había transfigurado, clara y brillante se elevó María acompañado de su Divino Hijo y el coro de los Espíritus Bienaventurados hacia la Celestial Jerusalén. Toda esa Luz se perdió allí, ya no vi sobre la Tierra más que la bóveda silenciosa del estrellado Cielo.

Las indicaciones de Emmerich llevaron a la casa de la Virgen

La beata Ana Catalina Emmerich (1774-1824) fue una religiosa alemana cuyas visiones asombraron a una época. Uno de los episodios más extraordinarios es precisamente el que se narra aquí sobre la estancia de la Virgen en Éfeso (Turquía) junto al Apóstol San Juan. La beata describió con tanto detalle aquel lugar, que a dos sacerdotes franceses les resultó muy sencillo en 1891 encontrar las ruinas de una casa que daba la impresión de haber sido utilizada como capilla y que correspondía perfectamente a la descripción de Ana Catalina Emmerich.

En palabras del Cardenal Antonio Cañizares, prefecto de la Congregación para el Culto Divino, «las visiones de la beata Ana Catalina no son el credo ni los evangelios, pero robustecen nuestra fe, estimulan nuestro amor y fortalecen nuestra esperanza».

 

 

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