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Es una cosa muy santa y muy útil hacer todas las mañanas una oración para pedir a Dios la gracia de cumplir bien con todas las obligaciones de tu estado.

Todos los estados de la vida son otros tantos caminos que, según el orden de la divina Providencia, nos guían y nos llevan a nuestro último fin. Es una tentación imaginarnos que obraríamos mejor en otro estado que en el que hemos abrazado. ¡Qué error no ocupar la imaginación sino en lo que se haría si se estuviera en otro puesto, y no cuidar de cumplir con las obligaciones del empleo que se tiene!

Hay pocos artificios que le salgan mejor al enemigo de la salvación que esta inquietud. Dios no te quiere al presente sino en el estado en que estás: no pienses sino en cumplir con las obligaciones de él. Mira como una ilusión perniciosa todas aquellas inconstancias del corazón y del espíritu, que consumen el alma en vanos pesares y en frívolos deseos. Después de haber elegido un estado de vida no pienses sino en cumplir con puntualidad con todas las obligaciones del estado que abrazaste.

Considera que, además de los medios comunes a todos los fieles, encuentra cada uno en su condición y en su estado medios particulares para hacerse santo. La divina Providencia ha dispuesto de tal modo todas las cosas, y arreglado tan bien todas las condiciones, que todos son caminos para llegar seguramente a nuestro último fin. No envidiemos el retiro de los unos, ni la tranquilidad de los otros; nosotros podemos, cada uno en su propio fondo, hallar los mismos frutos, o a lo menos equivalentes. No seamos siervos ociosos, ni obreros inútiles, pocas tierras hay que no pudiesen dar el céntuplo; pocos talentos que no se multiplicasen al duplo, si se tuviese cuidado de hacerlos valer.

No hay estado, no hay condición sobre la tierra, no hay edad en la vida que no haya tenido grandes santos, y estos santos de la misma edad, y en el mismo estado que nosotros, no han ido a buscar en otra parte otros medios para hacerse santos, que los que nuestra edad y nuestra condición nos proporcionan; aún tenemos nosotros más que ellos, pues tenemos el auxilio de sus buenos ejemplos.

No hay estado sin cruz ni tampoco rosas sin espinas

Considera particularmente hoy cuáles son estas obligaciones y cuáles son con las que menos cumples. Mira si te sirves de todos los medios que tienes en tu estado para santificarte. No hay estado sin cruz ni tampoco rosas sin espinas: las dulzuras de una fortuna floreciente, las amarguras de una familia cargada de deudas, las dificultades de una condición llena de ocupaciones, los cuidados de la casa, las alegrías y los llantos de esta vida: todo puede servir para la salvación. Examina cómo has usado hasta aquí de todo esto.

¡Qué poco me he aprovechado, mi dulce Jesús, de los medios que tengo para hacerme santo; y qué mal he correspondido a todas vuestras gracias! Yo admiro todos los días lo que los santos han hecho para hacerse santos, y no me aprovecho de sus ejemplos. Continuadme, Señor, los auxilios de vuestra gracia, y desde este momento voy a poner fin a mis infidelidades. 

Es una cosa muy santa y muy útil hacer todas las mañanas una oración para pedir a Dios la gracia de cumplir bien con todas las obligaciones de tu estado. La que se sigue es de Santo Tomás; apenas se podrá hacer otra mejor:

Concédeme, misericordioso Dios, que conozca verdaderamente, que desee ardientemente, que investigue con prudencia y que cumpla perfectamente todo lo que fuere de vuestro agrado, y siempre para mayor honra y gloria vuestra. Arregla todas las cosas en el estado a que me has llamado y hazme conocer lo que quieres que haga. Haz que conozca todas mis obligaciones y que las cumpla con puntualidad y con fruto. Concédeme, Señor y Dios mío, la gracia de no desagradarte jamás en los diversos incidentes de la vida: haz que sea humilde en la prosperidad y que las adversidades no abatan mi confianza; que no sienta otro dolor ni otra alegría que el de apartarme de ti o la de unirme contigo; que sólo desee agradarte y que nada tema tanto como desagradarte; que no me mueva todo lo que pasa; que sólo ame lo que viene de ti -por amor a ti-, y a ti más que a todas las cosas; que todo gozo en que tú no tienes parte me sea amargo y que no halle gusto sino en lo que es de tu agrado. Finalmente, concédeme Señor que de tal suerte use de tus beneficios durante esta vida, que tenga la dicha de poseerte y de gozar de la eterna felicidad en la Patria celestial. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Padre J. Croisset, Año cristiano

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