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San Juan Crisóstomo fue educado en el amor a Dios desde su más tierna infancia, y eso le hizo un gran bien. Por eso escribe: «Cría un atleta para Cristo y, permaneciendo en el mundo, enséñale a ser piadoso desde la primera infancia» (n. 19). Si en un alma todavía tierna se imprimen las buenas enseñanzas, nadie podrá borrarlas cuando se queden duras como marcas, igual que pasa con la cera (…). «Si tienes un hijo virtuoso, tú eres el primero que goza con sus buenas cualidades y luego Dios. Para ti mismo te afanas» (n. 20).

Educar es un arte que pide dedicación, reflexión y una atenta observación de los hijos. Dice San Juan: «Cada uno de vosotros, padres y madres, igual que vemos a los pintores trabajar sus pinturas y sus estatuas con gran minuciosidad, ocupémonos así de estas admirables estatuas (…). Examinadlas cada día, qué cualidades naturales tienen, para hacerlas crecer, qué defectos naturales, para suprimirlos. Y con gran meticulosidad desterrad de ellos, en primer lugar, lo que esté relacionado con la intemperancia, pues esta pasión perturba especialmente las almas de los jóvenes. O mejor, antes de que la haya experimentado, enséñale a ser sobrio, a estar despierto –vigilante ante las pasiones-, a velar en oración» (n. 22).

El santo pone el acento en la poca dedicación de algunos padres de familia, a la educación de sus hijos. Escribe: «Ya os he dicho que de ahí viene que el vicio sea difícil de extirpar, que nadie se preocupe por sus hijos, que nadie les hable de la virginidad, nadie de la templanza, nadie del desprecio a las riquezas y a la gloria, nadie de los preceptos que vienen en las Escrituras».

Aconseja que se seleccionen bien los profesores que darán lecciones a los niños: «Ciertamente, cuando desde la primera infancia los niños carecen de maestros, ¿qué será de ellos? Pues si algunos, educados e instruidos desde el seno materno y hasta la vejez, aún se tuercen, quienes desde los comienzos de su vida se han acostumbrado a oír este tipo de cosas –se refiere al amor a las riquezas y a las cosas vanas-, ¿qué malas acciones no llegará a cometer?» (n. 18).

Juan Crisóstomo habla de educar a los niños a través de enseñarles a dominar los cinco sentidos, que son como las puertas de la ciudad, que somos nosotros mismos.

Juan Crisóstomo habla de educar a los niños a través de enseñarles a dominar los cinco sentidos, que son como las puertas de la ciudad, que somos nosotros mismos. Y esa ciudad la va a habitar el Rey del universo cuando esté dispuesta. Dice entonces que la  lengua es muy amiga de relacionarse. Y antes de cualquier otra cosa, equipémosla con puertas y trancas, no de madera ni de hierro, sino de oro. Pues de oro es, verdaderamente, la ciudad que vamos construyendo (…). Cuando hayas construido así las puertas, macizas y de oro, preparemos también dignos ciudadanos. ¿Cuáles son éstos? Son las palabras santas y piadosas que enseñamos al niño a pronunciar» (n. 28).

Luego explica San Juan que hay que ser exigentes con los niños, que su disposición es muy favorable pues no luchan por las riquezas ni por la gloria, ni por la mujer o los hijos. Recomienda ponerles una ley: «No injuriar a nadie, no hablar mal de nadie, no jurar, ser pacífico» (n. 30). Pedía a las madres enseñar a sus hijos a ser amables. «Si ves que se muestra insolente con el acólito –esclavo que acompañaba al niño al colegio para llevar sus enseres escolares— no hagas la vista gorda, castiga, más bien, al libre» (n. 31). El pueblo le escuchaba emocionado y de pronto estallaba en calurosos aplausos, o en estrepitoso llanto el cual se volvía colectivo e incontenible. Los frutos de conversión eran visibles.

«Vayamos ahora a otra puerta. ¿Cuál? Una que está cerca y tiene un gran parentesco con ella: el oído. Aquélla tiene ciudadanos que van del interior al exterior y nadie entra por ella; los de ésta, sin embargo, van del exterior al interior y nadie sale a través de ella (…). Así, pues, que los niños no oigan nada inconveniente ni de los criados ni del pedagogo ni de las nodrizas. Sino que, igual que las plantas necesitan de un mayor cuidado precisamente cuando están tiernas, así también los niños. De manera que preocupémonos por tener buenas nodrizas para, desde la base, echarles buenos cimientos y, en una palabra, para que desde el principio no reciban ninguna mala influencia. Que no oigan, por tanto, necias historias de viejas. «Fulano, dice, ama a mengano». «El hijo del rey y la hija menor han hecho tales cosas». Que no oigan nada de eso (…). No a todos los criados ha de estarles permitido mezclarse con los niños, antes bien, deben ser sobresalientes» (nn. 36-38).

Luego explica que los niños sienten veneración por sus padres y preferirían  recibir mil azotes antes que oír una maldición de su boca. Sugiere que se le enseñe a no avergonzarse por la escasez de medios, a soportar con nobleza los avatares de la fortuna y todo lo demás.

San Juan Crisóstomo compara el alma del niño a una ciudad recién fundada y organizada; una ciudad que tiene ciudadanos sin experiencia; a este tipo de gente es fácil educarla. Establece para esta ciudad y para sus ciudadanos, dice, leyes severas. Escribe: «Piensa que eres un rey que tiene una ciudad bajo su dominio: el alma de tu hijo, porque una ciudad es, realmente, el alma. Y como en la ciudad unos roban, otros practican la justicia, otros trabajan, otros simplemente hacen todo de cualquier manera, así también la inteligencia y los pensamientos del alma (…). Unos hablan de impudicias, como los libertinos, otros de cosas santas, como los castos; unos son afeminados, como las mujeres entre nosotros; otros tienen una conversación ininteligible, como los niños (…). Así pues, necesitamos leyes para desterrar a los malos, seleccionar a los buenos y no dejar que los malos se subleven contra los buenos» (n. 23).

 

San Juan Crisóstomo, Sobre la vanagloria, la educación de los hijos y el matrimonio
Recopilado por buenanueva.es

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