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Se ha propagado cada vez más la idea de que necesitamos liberar a la mujer de la presión social que la obliga a ser madre. ¿Pero sería verdaderamente una liberación? ¿O se trata, por el contrario, de una nueva esclavitud?

Se ha propagado cada vez más la idea de que necesitamos liberar a la mujer de la presión social que la obliga a ser madre. ¿Pero sería verdaderamente una liberación? ¿O se trata, por el contrario, de una nueva esclavitud?


Existe un lobby que pretende destruir  la maternidad. En toda esta discusión sobre «empoderamiento» femenino y «derechos reproductivos», se manifiesta una agenda bien decidida contra la maternidad, agenda que se presenta como una reacción a la sociedad machista, cuyo discurso sería contrario a la libertad de las mujeres. Sin embargo, lo que hemos visto es la esclavitud de las mujeres por la lógica del mercado, que las obliga a abandonar la familia y a la vocación de ser madre.

La familia es una institución naturalmente humana. Ninguna otra especie mantiene relaciones familiares tan arraigadas como la del Homo Sapiens. Todos los demás animales cohabitan tranquilamente con padres, madres, hijos, hermanos y hermanas. No hay diferencia de papeles. Para el ser humano, sin embargo, la idea del incesto es profundamente repulsiva, y la naturaleza misma de las relaciones familiares exige que se respete el papel del padre, de la madre y del hijo, tanto en términos biológicos como en espirituales.

Biológicamente, los cerebros masculinos y femeninos son notablemente diferentes, y la descendencia humana depende de los dos (padre y madre) para desarrollarse plenamente. Por otra parte, el desarrollo de los seres humanos es mucho más prolongado que el de los animales. Espiritualmente, hombre y mujer pueden formar lazos indisolubles de fidelidad y lealtad eterna para amarse y educar a sus hijos. Y, de hecho, la familia se desarrolla plenamente cuando los hijos pueden encontrar la verdad y buscar el bien gracias a la educación de los padres.

 

La madre es aquella que se dona enteramente por la vida de los hijos y de su marido.

 

La mujer tiene un papel especial en esta institución. La madre es aquella que se dona enteramente por la vida de los hijos y de su marido. Se trata de una realidad también espiritual, al punto que Santa Teresita se ha convertido en una gran madre, siendo aún muy joven.

Toda esta realidad natural cayó en descrédito en los últimos años como efecto de una ingeniería social, iniciada a mediados del siglo XX. Para controlar el crecimiento poblacional, la familia Rockefeller decidió invertir en estudios sociológicos, a través del fondo «Laura Spellman». Uno de sus investigadores, el sociólogo Kingsley Davis, desarrolló la teoría de la transición poblacional para modificar la estructura de la sociedad. Él veía que, de tiempo en tiempo, había un crecimiento y una declinación poblacional, que se debía a los modelos de sociedad. En 1967, Davis publicó, en la revista Science, un artículo llamado «Política Poblacional: Los programas actuales ¿tendrán éxito?». En ese trabajo, el sociólogo criticó los programas entonces vigentes, advirtiendo a sus idealizadores que era necesario cambiar el comportamiento femenino, para que no quisieran más ser madres. Este sería el único modo de controlar el crecimiento de la población.

Años después, una alumna de Davis, Adrienne Germain, convenció a la familia Rockefeller a invertir en grupos feministas para fomentar una nueva cultura de la mujer. A partir de ese momento, las grandes fundaciones internacionales (Rockefeller, Ford, MacArthur) pasaron a subsidiar a estos grupos y desarrollar proyectos sociales de manipulación cada vez más osados. En 1990, la Fundación Ford lanzó su informe para las estrategias de la década. En la Conferencia de Pekín, de 1995, aparecieron las primeras menciones de «género» y «derechos reproductivos». Todo se diseminó muy rápido, de modo que ahora vemos a los medios divulgar esas ideas como si fueran una novedad realmente liberadora. Sin embargo, ese cambio social no es más que una estrategia que, con la ayuda de intelectuales marxistas (Shulamith Firestone, Kate Millett, Judith Butler y Joan Scott), sirvió para dominar las conciencias femeninas.


El sistema financiero vive de prestar dinero. De ahí viene la necesidad de convencer a la mujer de que la mayor gloria de su vida es la carrera profesional.

 

En realidad, lo que las grandes fundaciones quieren no es la liberación femenina, sino sólo la ampliación del mercado de trabajo por el control de la población. El sistema financiero vive de prestar dinero. De ahí viene la necesidad de convencer a la mujer de que «la mayor gloria de su vida es la carrera profesional» , hasta el punto de que no quiera tener hijos. Se trata de la cosificación de la mujer, de transformarla en uno más de los engranajes de la gran máquina del dinero.

Esta manipulación, sin embargo, ya se ha revelado como un gran desastre, con mujeres cada vez más infelices, pues nadie ha nacido para realizarse en una pseudo carrera profesional. Por otra parte, sólo una pequeña parte de la población logra esta proeza, a un precio muy caro: el desprecio de los vínculos familiares y la soledad al final de la vida. En el fondo, ese «logro» genera más frustración que verdadera felicidad. Y las mujeres no son las únicas que sufren esto en su propia piel.

 

Extraído de padrepauloricardo.org.
Traducido y editado por Formación Católica

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