fbpx
El drama actual de la sexualidad está en que cuando el cuerpo se separa de su Creador, se rebela contra el hombre y pierde su capacidad de expresar la comunión. «La castidad nos recompone; nos devuelve a la unidad que habíamos perdido al habernos dispersado» (San Agustín).

El drama actual de la sexualidad está en que cuando el cuerpo se separa de su Creador, se rebela contra el hombre y pierde su capacidad de expresar la comunión. «La castidad nos recompone; nos devuelve a la unidad que habíamos perdido al habernos dispersado» (San Agustín).

El catecismo de la Iglesia Católica nos explica lo siguiente acerca de esta virtud, que junto con la pureza, es tan desestimada e incluso repudiada por la sociedad de hoy, en cambio tan estimada y agradable a Dios nuestro Padre, pues nos colma de bendiciones y nos asemeja a los ángeles:

 

La virtud de la castidad forma parte de la virtud cardinal de la templanza, que tiende a impregnar de racionalidad las pasiones y los apetitos de la sensibilidad humana. (2341)

 

La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí (obra que dura toda la vida, pues nunca se la considerará adquirida de una vez para siempre), que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado (cf Si 1, 22).

Para hacernos comprender la estima en que hemos de tener esa incomparable virtud, para darnos ahora la descripción de su hermosura, hacer que apreciemos su valor ante el mismo Dios, sería necesario que nos hable, no un hombre mortal, sino un ángel del cielo. Al oírle, diremos admirados: ¿Cómo es posible que no estén todos los hombres prestos a sacrificarlo todo antes que perder una virtud que de una manera tan íntima nos une con Dios? Dicha virtud viene de lo alto, hace bajar a Jesucristo sobre la tierra, y eleva al hombre hasta el cielo por la semejanza que le comunica con los ángeles y con el mismo Jesucristo. Según esto, ¿no merece tal virtud el título de preciosa? ¿No es ella digna de toda estima y de que hagamos todos los sacrificios para conservarla?

Dice San Ambrosio que la pureza nos eleva hasta el cielo y nos hace dejar la tierra en cuanto le es posible hacerlo a una criatura. Nos levanta por encima de la criatura corrompida, y, por los sentimientos y deseos que inspira, nos hace vivir la vida de los ángeles. Según San Juan Crisóstomo, la castidad de un alma es de mayor precio a los ojos de Dios que la de los ángeles, ya que los cristianos sólo pueden adquirir esta virtud luchando, mientras que los ángeles la tienen por naturaleza; los ángeles no deben luchar para conservarla, al paso que el cristiano se ve obligado a mantener consigo mismo una guerra constante. Y San Cipriano añade que, no solamente la castidad nos hace semejantes a los Ángeles, sino que además nos da un rasgo de semejanza con el mismo Jesucristo. Sí, nos dice aquel gran Santo, el alma casta es una viva imagen de Dios en la tierra.

 

Los diversos regímenes de la castidad

Todo bautizado es llamado a la castidad. El cristiano se ha «revestido de Cristo»(Ga 3, 27), modelo de toda castidad. Todos los fieles de Cristo son llamados a una vida casta según su estado de vida particular. En el momento de su Bautismo, el cristiano se compromete a dirigir su afectividad en la castidad. (2348)

La castidad «debe calificar a las personas según los diferentes estados de vida: a unas, en la virginidad o en el celibato consagrado, manera eminente de dedicarse más fácilmente a Dios solo con corazón indiviso; a otras, de la manera que determina para ellas la ley moral, según sean casadas o célibes» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Persona humana, 11). Las personas casadas son llamadas a vivir la castidad conyugal; las otras practican la castidad en la continencia. (2349)

Ante las distorsiones del entendimiento del cuerpo que ha generado el desorden de la sexualidad actual, «Dios ofrece al hombre un camino de redención del cuerpo, cuyo lenguaje es preservado en la familia» y es en ella «donde se entrelazan la teología del cuerpo y la teología del amor. Aquí se vive el don de sí en una sola carne, en la caridad conyugal que une a los esposos». «Aquí se experimenta la fecundidad del amor y la vida se une a la de otras generaciones. En la familia, el hombre descubre su capacidad de relacionarse, no como un individuo autónomo que se auto-realiza, sino como hijo, esposo, padre, cuya identidad se basa en el ser llamado al amor, a recibirse de otros y a darse a los demás».

 

Un ejemplo vivo de esta virtud

Santa Cecilia, nacida en Roma de padres muy ricos, estaba perfectamente instruida en la religión cristiana, y, siguiendo las inspiraciones de Dios, le consagró su virginidad. Ignorándolo sus padres, la prometieron en matrimonio a Valeriano, hijo de un senador de la ciudad. A los ojos del mundo era, pues, aquel matrimonio un gran partido. No obstante, ella pidió a sus padres tiempo para reflexionar. Pasó muchos días ayunando, orando y llorando, para obtener de Dios la gracia de no perder la flor de aquella virtud a la que amaba más que a su propia vida. Díjole el Señor que nada temiese, y que obedeciese a sus padres; pues no solamente no perdería aquella virtud, sino que aun obtendría algo más. Consintió, pues, en el matrimonio. El día de las bodas, al hallarse en compañía de Valeriano, le dijo ella:

«Querido Valeriano, tengo un secreto que comunicarte. He consagrado a Dios mi virginidad, por lo cual jamás hombre alguno podrá acercarse a mí, pues tengo un ángel que protege mi pureza; si te acercases, hallarías la muerte».

Valeriano quedó muy sorprendido al oír todo aquello, pues, pagano como era, no entendía aquel lenguaje.

Y contestó así: «Muéstrame el ángel que te protege».

Replicó la Santa: «Tú no lo puedes ver, porque eres pagano. Ve de mi parte a hablar al Papa Urbano, pídele el bautismo, y al momento verás el ángel».

Partió Valeriano al momento. Una vez bautizado por el Papa Urbano, fue otra vez al encuentro de su esposa. Al entrar en la habitación vió efectivamente al ángel custodiando a Santa Cecilia; lo halló tan bello y radiante de gloria, que quedó prendado de su hermosura; y no solamente permitió a su esposa permanecer consagrada a Dios, sino que hizo él mismo voto de virginidad. Uno y otro alcanzaron pronto la dicha de morir mártires.

Pidamos frecuentemente a Dios, por intercesión de nuestra Santísima Madre, que nos de un alma y un corazón puros y un cuerpo casto; y así tendremos la dicha de agradar a Dios en esta vida, y poder glorificarle durante la eternidad.☐

Hna. Noelia Gimenez

Hna. Noelia Gimenez

Religiosa. Miembro permanente de la Comunidad Misionera de Jesús.

Ver todas las entradas

Comentar

You have to agree to the comment policy.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.