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«Jesucristo es el Rey de los reyes y el Señor de los Señores, esta es la verdad de nuestra fe. Jesucristo Dios Encarnado y Salvador del mundo es verdaderamente Rey» así iniciaba Mons Athanasius Schneider una conferencia dictada en Argentina a un grupo de Católicos y que llevó por título: «El reinado universal y social de Nuestro Señor Jesucristo» compartimos a continuación parte del la citada conferencia tomado del blog Caritas in Veritate.


Ya sea los hombres -caídos en el pecado-, ya sea las sociedades, frecuentemente no escogen a Cristo como a su rey sino a otros reyes. Los seres humanos y las sociedades humanas no pueden existir sin sujetarse a un rey o a un gobernador. Cuando los hombres o las sociedades se rehúsan a sujetarse a Cristo como a su rey, necesariamente se sujetan, quiéranlo o no, a otro rey que no es Cristo. (…)  Frecuentemente el hombre y las sociedades humanas hablan este lenguaje rebelde e ignorante, instigados (o inspirados) en última instancia por Satanás, el adversario de Cristo: «No queremos que Cristo sea nuestro rey!».

Todo ser humano y toda sociedad humana han sido creados con el propósito de aceptar a Cristo como rey. En cambio el hombre pecador y la sociedad humano-política descreída, de la misma manera que lo hicieran los jueces judíos y los fariseos delante de Pilatos, proclaman: «No tenemos otro rey que César» (Jn.19, 15).

Podemos admirar las siguientes afirmaciones del Cardenal Pie que revelan el verdadero espíritu de los Apóstoles y de la Iglesia de todos los tiempos y que, por lo tanto, son también válidas para nuestro tiempo:

«Jesucristo es la piedra angular de todo el edificio social. Sin Él todo se estremece, todo está dividido y todo está perdido» (Cardinal Pie, Oeuvres. V, 133).

«La respuesta dada por San Gregorio Magno, comentando el capítulo del Evangelio donde se relata la adoración de los Magos. Explicando el misterio de los dones ofrecidos a Jesús por los representantes de los gentiles, así se expresaba el santo doctor: “Los Magos reconocieron en Jesús la triple calidad de Dios, de hombre y de rey. Ofrecieron oro al rey, incienso al Dios y mirra al hombre. Bien –agrega el Papa– existen algunos herejes -sunt vero nonnulli haeretici-, que creen que Jesús es Dios, y que igualmente creen que Jesús es hombre, pero rechazan absolutamente que su reino se extienda por todas partes: sunt vero nonnulli haeretici, qui hunc Deum credunt, sed ubique regnare nequaquan credunt. “Tú dices, hermano, que tienes una conciencia en paz aceptando, como aceptas, el programa del Catolicismo liberal, puesto que pretendes permanecer ortodoxo, contando con el hecho de que permaneces firmemente creyente en la divinidad y humanidad de Cristo. Esto sería suficiente para una Catolicidad incuestionable. Termina de engañarte a ti mismo! Desde los tiempos de San Gregorio ya había “algunos herejes” que compartían contigo estos dos puntos; y la herejía en ellos estaba en no querer reconocer que el Reino de Dios se extiende a todos los lugares y a todos los hombres» (Op. cit. t. VIII, p. 62 and 63).

 

Cuando en nuestros días individuos y sociedades civiles enteras rechazan y vilipendian a Cristo en cuanto Rey, nosotros estamos llamados a confesarlo y a ofrecerle expiación y reparación.


El Cardenal Pie agregaba:

«El destronamiento de Dios de la tierra es un crimen al que no nos debemos resignar jamás. No dejemos nunca de protestar ante él». «Presten atención a las últimas palabras dichas por Nuestro Señor a Sus Apóstoles antes de ascender a los Cielos: “Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra. Id y enseñad a todas las naciones”. Fíjense que Nuestro Señor Jesucristo no dice “a todos los hombres”, “a todos los individuos”, “a todas las familias”, sino que dice “a todas las naciones”. (…) la misión que confiere a los Apóstoles comprende todo aquello, pero comprende más que eso, ya que tiene un carácter público y social. Jesucristo es el Rey de los pueblos y de las naciones». (op. cit. pp. 24, 25). 

La enseñanza del Cardenal Pie refleja auténticamente aquella de los Apóstoles y la enseñanza constante de los Doctores de la Iglesia. Esta misma enseñanza la encontramos en las encíclicas y pronunciamientos magisteriales de un gran número de Papas.

En su primera encíclica del 1939 el Papa Pio XII trasmitió la misma doctrina, siempre válida, sobre el reino social y universal de Cristo:

«No hay necesidad más urgente, venerables hermanos, que la de dar a conocer las inconmensurables riquezas de Cristo (Ef 3,8) a los hombres de nuestra época.(…) Todo el que pertenece a la milicia de Cristo, sea clérigo o seglar, ¿por qué no ha de sentirse excitado a una mayor vigilancia, a una defensa más enérgica de nuestra causa viendo como ve crecer temerosamente sin cesar la turba de los enemigos de Cristo y viendo a los pregoneros de una doctrina engañosa que, de la misma manera que niegan la eficacia y la saludable verdad de la fe cristiana o impiden que ésta se lleve a la práctica, parecen romper con impiedad suma las tablas de los mandamientos de Dios, para sustituirlas con otras normas de las que están desterrados los principios morales de la revelación del Sinaí y el divino espíritu que ha brotado del sermón de la montaña y de la Cruz de Cristo?« (Pio XII, Encyclical Summi Pontificatus)

Cuando en nuestros días individuos y sociedades civiles enteras rechazan y vilipendian a Cristo en cuanto Rey, nosotros estamos llamados a confesarlo y a ofrecerle expiación y reparación.

Cuando en nuestros días Cristo es negado y revertido en su exacto contrario, incluso por parte de algunos clérigos dentro de la Iglesia, estamos llamados a confesar con coraje la inmutable y liberadora divina verdad de Cristo.

Ya en el 1888 el Papa León XIII nos dejó esta lúcida y valida enseñanza:

«No es lícito de ninguna manera pedir, defender, conceder la libertad de pensamiento, de prensa, de enseñanza, ni tampoco la de cultos, como otros tantos derechos correspondientes al hombre por naturaleza. Porque, si fuesen tales, habría derecho para no reconocer el imperio de Dios y la libertad del hombre no podría ser moderada por ley alguna». (Encíclica Libertas, 42).

Vivimos una época en la que los diez Mandamientos de la Ley de Dios son negados en la teoría y en la práctica y desvergonzadamente revertidos en su exacto contrario. Hablemos aquí, por ejemplo, del primer Mandamiento. El primer Mandamiento dice: «No tendrás otro Dios fuera de Mi».  «Mí» significa: Yo que soy Dios, la Santísima Trinidad. Cuando no hay culto a la Santísima Trinidad y, en concreto, culto a Cristo Rey de reyes, no hay verdadero culto a Dios ni salvación, ya que todas las otras formas de culto no corresponden a la voluntad de Dios y al primer Mandamiento. El primer Mandamiento no permite la más mínima ambigüedad o vaguedad.  Un católico puede admitir sólo el culto de la Santísima Trinidad y de Cristo Dios encarnado y Rey.

Por lo tanto, un católico no puede participar siquiera indirectamente en otro culto religioso. Un católico no puede quemar el más pequeño grano de incienso ante las imágenes de nuevos ídolos como, por ejemplo, el ídolo de una religión standard, el ídolo de la opinión pública, del políticamente correcto. 

Puedan los católicos de nuestros días, desde el papa hasta el más humilde y débil miembro de la Iglesia, esforzarse vigorosamente en sus palabras, hechos, oraciones y sufrimientos en la instauración del Reinado social y universal de Cristo: Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat.

 

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