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Siempre sostuve que no debe ser pura casualidad que «vacaciones» rime con «tentaciones», pero esto se comprende mejor en las vacaciones de verano. Uno se sofoca de calor, pero también a veces de cansancio… como cuando tiene que detenerse a explicar de manera más o menos satisfactoria, a unas adolescentes, el por qué tienen que ir a Misa -¡no digo a la calle, sino a Misa!- simplemente, vestidas. ¿Cómo explicarlo a las adolescentes, si ya ni las adultas lo comprenden?


¿Cómo «osar» hablar del tema, cuando ni los sacerdotes hablan ya de ello? ¿Y cómo pretender una «nueva evangelización», o «evangelización de la cultura» si las verdades más sencillas, casi elementales de la moral católica, son a veces silenciadas sistemáticamente, por respeto humano? Porque convengamos que hay temas que provocan un escozor intolerable a los tolerantes.

Un sacerdote conocido no vaciló, por ejemplo, en interrogar seriamente a una joven que se atrevió a comulgar de rodillas, a ver por qué hacía «eso», pero no se le ocurre insinuar siquiera a otras, que por lo menos se vistan para ir a comulgar. ¿Decentemente? No: digo «se vistan», a secas, porque creo que suponer vestidas a personas que sólo cubren apenas unos centímetros más que la ropa interior, es tomarnos el pelo.

Hoy andamos por la calle entre gente semidesnuda, y lo peor es que los cristianos, los que debemos ser sal de la tierra y luz del mundo; los que estamos en el mundo sin ser de él; los que hemos sido enviados «como ovejas en medio de lobos», nos hemos ido acostumbrando, adormeciendo la conciencia, el sentido apostólico, y hasta el sentido común.

Porque hay que tener misericordia del pobre que extiende su mano pidiendo pan, pero en cambio parece que es una obligación «de caridad» mirar para otro lado cuando hay quienes ponen su alma a disposición para ser corregidas, enseñadas, aconsejadas (tres obras «cenicientas» de misericordia).

 


Es lastimoso que una mujer católica se confunda con el mundo en lo que éste tiene de antievangélico

 


Es lastimoso que una mujer católica se confunda con el mundo en lo que éste tiene de antievangélico, y que cuando vemos a una joven vestida habitualmente con modestia se tienda a pensar que es miembro de alguna secta. Porque eso sí: cuando algunas de ellas, hastiadas de la tibieza que hallan en ciertos ambientes católicos para cambiar su vida, apostatan insensiblemente, captados por los Testigos de Jehová o los mormones, o bien se «pasan» a alguna confesión evangélica, encuentran en seguida a unos hermanos que no vacilan en darles esa muestra de misericordia sencilla, de apostolado básico, corrigiendo su modo de vestir, para que parezca cristiano. Que es más o menos lo que hicieron los españoles en la obra de evangelización de América: civilizar, además de y para evangelizar.

Nos replicarán, con el Principito, que «lo esencial es invisible a los ojos» (ojalá que lean mejor a Saint-Exupery…), y que «el hábito no hace al monje»… Y entonces respondemos, en certamen refranístico, que «no sólo hay que ser, sino parecer».«Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). San Pablo exhorta a «abstenerse hasta de la apariencia del mal» (1Tes 5,22), «en medio de esta generación extraviada y perversa, dentro de la cual vosotros aparecéis como antorchas en el mundo, llevando en alto la Palabra de vida» (Flp 2,15-16).

¿Es esto orgullo, arrogancia, vanagloria? Todo lo contrario: no se busca el propio brillo per se, sino para servir de faro a otros, para que no tropiecen. En cambio, sí deberíamos combatir la vanagloria -sobre todo las mujeres- cuando se trata de engalanarnos como pavos reales para las fiestas, haciendo competencia «a ver quién muestra más», como si estuviéramos en un frigorífico de exposición.

Efectivamente, lo que puede parecer más superficial, más «pequeño», no debe ser despreciado si se pretende seguir subiendo escalones en la vida interior, pues para llegar a los últimos, debemos forzosamente avenirnos a transitar los primeros. Aunque la templanza -a la que se integran pudor y castidad- no sea la más alta de las virtudes, parece por lo menos incoherente, pretender sobresalir en la fe o la caridad, desdeñando a aquella. ¿Qué diríamos de un ingeniero que quita importancia al aprendizaje de las operaciones de suma y resta?

También nos dirán que hay tantos problemas graves para tratar, como para ocuparnos de éste… y sin embargo, vemos en la Historia de la Iglesia, en la primera irradiación del Evangelio:

«Es un hecho hasta cierto punto desconcertante, pero muy cierto, que los Padres, obispos y teólogos, estando enfrentados con gravísimos problemas filosóficos, dogmáticos y disciplinares; más aún, viendo cada día al pueblo cristiano amenazado en su misma supervivencia a causa de persecuciones muy violentas, se ocuparon, sin embargo, una y otra vez en sus escritos -también los que eran maestros de la más alta especulación teórica y mística- de cuestiones bien concretas referentes al pudor, la castidad conyugal e individual, la virginidad, los espectáculos, etc. (…) El Evangelio, en efecto, teniéndolo todo en contra, vence al mundo y crea en todos esos valores una nueva civilización.

En la literatura de los Padres quedan huellas frecuentes de este asombro que en los paganos causaba el pudor de las mujeres cristianas, y la admiración que en muchos casos suscitaba la belleza de la castidad. No parece excesivo afirmar que el testimonio cristiano de la castidad y del pudor fue una de las causas más eficaces de la evangelización del mundo grecoromano, que en gran medida ignoraba esas virtudes». (Iraburu, J.M. Elogio del Pudor, F Gratis Date).

 

Cuando una persona se convierte sinceramente, siendo adulto, vemos muy rápidamente el despertar de una delicadeza de conciencia en sus costumbres

 

Y hay un «dato experimental» que a mí no me deja de maravillar: cuando una persona se convierte sinceramente, siendo adulto, vemos muy rápidamente el despertar de una delicadeza de conciencia en sus costumbres «visibles», como es el vestido, las palabras, las diversiones, a menudo sin que medien muchas explicaciones: el Espíritu Santo obra de modo suave y firme  a la vez, dándoles una espontaneidad y convicción asombrosa que irradia luz a su alrededor.

Vemos en cambio que algunos católicos de toda la vida, que tal vez nunca se han cuestionado la fe, viven con buena conciencia una autorizada «mundanidad» en sus hábitos de un modo bastante escandaloso -siendo literalmente causa de tropiezo para otros- , es decir, anti-testimonial. Pero como tienen ya «carnet» de intachables, no se los puede cuestionar, claro. Y asistimos así a una multitud de higueras estériles, porque quién sabe con qué tipo de agua están regando sus raíces…

El grado de esclavitud que provoca la moda en ciertos aspectos, en su aspecto de «mundo», es insospechable. Conozco a más de una joven que se suma a cuanta marcha provida hay disponible, incluso a recibir algún tortazo de las abortistas hasta con rosario en mano, pero…si le piden que descarte definitivamente de su ropero los jeans que parecen cosidos al cuerpo, las remeras con prominente escote o «cortitas», retrocedería espantada diciendo «¡Pero yo no soy monja!» Y bien: el mundo las tiene presas a las pobres, y no se atreven a pisotearlo por amor a Cristo Rey.

Por el contrario, como recordaba el p. Guillermo Morado, ésta «defiende a la persona; se opone a todo lo que la pueda lesionar, herir, instrumentalizar, degradar. La castidad ayuda a ser libres.» Y el pudor es a su vez, el custodio de la castidad.

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No es mi intención aquí dar extensos fundamentos teóricos, sino compartir algunas reflexiones entre hermanos como mujer, madre y esposa, y sobre todo como hija de la Iglesia.  Si alguien, por otra parte, quisiera bibliografía, les aseguro que todavía la pueden encontrar, en ediciones post-conciliares y todo, para los que ya empiecen a fruncir el ceño.

El padre Iraburu se ha ocupado extensa y fundadamente del tema en su preciosa obrita Elogio del Pudor (Fund. Gratis Date, Pamplona), muy oportuna para jóvenes y adultos de ambos sexos, y en tres artículos de su blog Reforma o apostasía.

El p. Trevijano también aludía el concepto con ciertas puntualizaciones muy convenientes, como que el pudor no es mojigatería ni pudibundez, y que en definitiva debe considerarse como una salvaguarda de la dignidad del hombre y del amor auténtico.

Ni qué hablar de la luminosa Teología del Cuerpo, desarrollada por el beato Juan Pablo II.

Si se revisa el Catecismo posee también bellísimos textos sobre esta materia, sobre todo entre los números 2514-2533, al tratar el noveno mandamiento. Una perla sobre lo que venimos diciendo:

2525 La pureza cristiana exige una purificación del clima social. Obliga a los medios de comunicación social a una información cuidadosa del respeto y de la discreción. La pureza de corazón libera del erotismo difuso y aparta de los espectáculos que favorecen el exhibicionismo y las imágenes indecorosas.

2526 Lo que se llama permisividad de las costumbres se basa en una concepción errónea de la libertad humana; para llegar a su madurez, esta necesita dejarse educar previamente por la ley moral. Conviene pedir a los responsables de la educación que impartan a la juventud una enseñanza respetuosa de la verdad, de las cualidades del corazón y de la dignidad moral y espiritual del hombre.

No temamos, pues, en afirmar contundentemente que el pudor sigue siendo una virtud, y de gran importancia, y teniendo en cuenta las consecuencias que acarrea su descuido.

Pero lo que nos debe preocupar  no es que el mundo ya no la considere así, sino que esto haya que explicarlo a gente pretendidamente católica.

Y no sólo a los «progresistas»; no seamos hipócritas. Porque resulta que cuando se trata de buscar la quinta pata al gato de lo que dijo el Cardenal X, somos todos «tomistas» y gente «bien formada», pero cuando vamos de vacaciones, Santo Tomás se guarda bajo llave hasta el regreso, y en la playa somos todos ángeles, el pecado original es pura teoría, y el naturalismo nos ganó de un zarpazo. Y por supuesto, si vamos «en familia», ya no hay nada que objetar: asunto cerrado y bendecido.

Y no.  Perdonen, pero una persona en ropa interior, aunque tenga 11 años y esté jugando  con su mamá, sigue estando en ropa interior, aunque le digan a eso «traje de baño» y le tiren un balde de agua bendita encima. Y un hombre más o menos normal, si no es de plástico ni tiene inclinaciones homosexuales, rodeado de mujeres semidesnudas, por favor explíquenme cómo hace para cuidar la castidad con un mediano sentido común católico.

«-¡Pero es que estamos de vacaciones!» ¿Y a qué persona en su sano juicio se le ocurriría argumentar esto para robar o para mentir, como si un tiempo u ocasión de alegría dispensara necesariamente del cumplimiento de algunos mandamientos? Sí…pensándolo bien, he oído argumentos igual de ridículos para defender la borrachera y algo más, con el pretexto de fiestas sociales determinadas, que también parecen ser de obligada «transgresión». Y los que no lo comprendemos, somos los atrasados, los «puritanos», etc. etc.

Ya sé que como siempre, saltarán algunos echando toda la culpa a los sacerdotes y obispos –que por supuesto, no niego su responsabilidad-, pero yo digo: ¿cuánta gente que ve claro este tema, se atreve a mantenerlo «a tiempo y a destiempo», haciendo ver su necesidad al prójimo, y sin claudicar, empezando por las propias familias?

Un ejemplo concreto: se organiza una reunión familiar en una casa con parque o piscina, y resulta que la mayoría lleva lista su bikini: ¿qué hacemos con el ejemplo ante los más chicos, cuando durante todo el año hemos estado predicando la modestia? ¿les decimos que era un chiste, o que en realidad no está tan mal si se trata de la tía, o que «por esta vez solamente»?…  ¿Y si la casa es nuestra, podemos permitir que de un plumazo, en aras de la «pacífica convivencia», se borre todo lo que sostenemos en el fondo de nuestra conciencia?

 

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«Podrás tú no mirar a nadie con ojos deshonestos, pero otros te mirarán a ti. No afeas tus ojos con vergonzoso deleite, pero causando placer a otros tú misma te afeas»

 

A quienes objetan la inocencia de las más jóvenes («son sólo unas nenas»), conviene recordarles las palabras de San Cirpriano: «Podrás tú no mirar a nadie con ojos deshonestos, pero otros te mirarán a ti. No afeas tus ojos con vergonzoso deleite, pero causando placer a otros tú misma te afeas» . Y aquí aludimos a otro tópico que también brilla por su ausencia, como es la necesidad de evitar las ocasiones de pecado, no sólo para uno mismo sino para el prójimo. «El pudor es modestia; inspira la elección de la vestimenta. Mantiene silencio o reserva donde se adivina el riesgo de una curiosidad malsana; se convierte en discreción.» (Catecismo, 2522)

Sea vuestro lenguaje sí-sí, no-no, que lo que pasa de esto, viene del maligno (Mt.5, 33-37 ). 

Hace unos años la moda consagró aquí unas remeras cortísimas, mostrando no sólo la cintura -y los tatuajes…- y resulta que en las misas veraniegas, uno no podía evitar enterarse del color de las prendas íntimas de las mujeres sentadas delante suyo. Luego se «naturalizaron» las calzas. Actualmente hacen «furor» los mini-shorts, y desde los deshilachados hasta los de lentejuelas, casi no hay adolescente ni joven ni señora que no los vista.

¿Y nadie repara en que al desparpajo reinante de infidelidades, pornografía, homosexuales exhibicionistas, prostitutas, abortistas y demás yerbas, no se llega de un día para el otro, si el terreno no está convenientemente preparado con esta progresiva desinhibición cultural con la que nos han imbecilizado?

Porque ahí está el asunto: en el acostumbramiento. Cuando se ha roto la voluntad de defensa, de reacción, y la conciencia general ha sido anestesiada partiendo del núcleo de las propias familias, por más que juntemos miles de firmas para que retiren el portal de corrupción de menores que es «Chau tabú», tenemos ya el enemigo dentro de las murallas.

A las consideraciones morales, deberíamos también sumar las consideraciones estéticas: ¿realmente se cree que todo este clima «suma» en belleza a la sociedad? Porque es deber decir que el cristiano no sólo debe servir al Bien y a la Verdad, sino también a la Belleza, y es innegable que el pudor y modestia en las costumbres sirven en grado sumo a ésta, contribuyendo no poco al bienestar y armonía de la sociedad civil.

Digamos entonces que los sacerdotes no son magos, y necesitan también apoyarse en una grey con un mínimo de coherencia para animarlo a una prédica consistente, sobre todo ante los más jóvenes.  No es tampoco muy lógico que la gente se «disfrace» de decente para ir a Misa, si todo el día anda muy tranquila vestida indecentemente por la calle. Si no se «cura» la vida diaria, el habitus, entonces a lo sumo, irá a Misa con algo un poquito menos impúdico, pero sin llegar a comprender el fondo de la cuestión.

Cuando volvamos a andar completamente desnudos -hacia eso vamos, claro- , entonces iríamos a Misa en bikini creyendo que estamos recatadas, y seguiremos viviendo en un tire y afloje, de mero formalismo cuantitativo.

De cualquier modo, es innegable que «el espectáculo que algunas jovencitas cristianas y sus acompañantes dan a veces, concretamente, en las celebraciones parroquiales de la confirmación y del matrimonio, es hoy con frecuencia una gran vergüenza para la Iglesia, y hace pensar si la palabra sacramento no se habrá cambiado en sacrilegio» (Iraburu, Reforma o apostasía, el pudor III), y en este sentido, claro, los párrocos deberían ser más firmes en el «derecho de admisión», mirando un poco el bien común espiritual de toda la feligresía.

Y siempre, sin cansarnos, el recurso asiduo a los santos. Cuando comencé a escribir estas líneas, no había reparado en la fecha, y al ver que era la fiesta de Santa Inés decidí encomendárselas, como patrona de la pureza y de las jóvenes. La Beata Laura Vicuña, que también ofreció su vida por la salvación del alma de su madre, que vivía en concubinato. Tras ellas, todas las que defendieron con su vida la pureza, nos iluminen a todos, para que no dejemos nunca de llamar al pecado por su nombre, y siendo fieles en lo pequeño, recibamos la gracia de serlo siempre, y definitivamente.

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María Virginia Olivera de Gristelli

Editor

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