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La vida espiritual del catequista se centra en una profunda comunión de fe y amor con la persona de Jesús que lo ha llamado y lo envía.

¿Te dedicas al apostolado de encaminar a niños y jóvenes hacia los sacramentos? ¿Enseñas la doctrina en la Capilla o Parroquia de tu barrio? ¿Sos catequista? Entonces, tenes que leer este magnífico documento titulado «Guía para los Catequistas» escrito por la Congregación para la Evangelización de los Pueblos bajo el pontificado del Papa Juan Pablo II, el cual explica la vocación y el perfil del catequista.

La Congregación para la Evangelización de los Pueblos (CEP) ha demostrado siempre una atención especial por los catequistas, convencida de que ellos constituyen – bajo la guía de los Pastores – «una fuerza de primer orden para la evangelización». 

Es importante que el candidato a catequista capte el sentido sobrenatural y eclesial de ese llamamiento, para que pueda responder con coherencia y decisión como el Verbo eterno: «He aquí que vengo» (Hb 10,7), o como el profeta: «Heme aquí, envíame» (Is 6,8).

En la realidad misionera, la vocación del catequista es específica, es decir, reservada a la catequesis, y general, para colaborar en los servicios apostólicos que sirven para la edificación de la Iglesia y para su crecimiento.

Así, la Redemptoris Missio describe a los catequistas como «agentes especializados, testigos directos, evangelizadores insustituibles, que representan la fuerza fundamental de las comunidades cristianas, especialmente en las Iglesias jóvenes». El mismo Código de Derecho Canónico trata aparte el asunto de los catequistas comprometidos en la actividad misionera propiamente dicha y los describe como «fieles laicos debidamente instruidos y que se destaquen por su vida cristiana, los cuales, bajo la dirección de un misionero, se dediquen a explicar la doctrina evangélica y a organizar los actos litúrgicos y las obras de caridad».

En el plan práctico, es útil tener presente que se puede hablar de dos categorías de catequistas: los de tiempo pleno, que dedican toda su vida a este servicio, y, en cuanto tales, son reconocidos oficialmente: y los de tiempo parcial, que ofrecen una colaboración limitada, pero siempre preciosa. La proporción entre estas dos categorías varía de zona a zona, aunque la línea de tendencia muestra que los catequistas de tiempo parcial son mucho más numerosos.

Los catequistas que tienen la función específica de la catequesis, a los que se confían en general estas actividades: la educación en la fe de jóvenes y adultos; la preparación para recibir los sacramentos de la iniciación cristiana, tanto de los candidatos, como de sus familias; la colaboración en iniciativas de apoyo a la catequesis como retiros, encuentros, entre otros. Cooperan con los ministros ordenados en cordial y estrecha obediencia. Sus tareas son múltiples: desde el anuncio a los no cristianos y la catequesis a los catecúmenos y a los bautizados, hasta la animación de la oración comunitaria.

El catequista «está llamado a la santidad y a la misión»

ESPIRITUALIDAD DEL CATEQUISTA

Es necesario que el catequista tenga una profunda espiritualidad, es decir, que viva en el Espíritu que le ayude a renovarse contínuamente en su identidad específica.

La necesidad de una espiritualidad propia del catequista se deriva de su vocación y misión. Por eso, la espiritualidad del catequista entraña, con nueva y especial exigencia, una llamada a la santidad. La feliz expresión del Sumo Pontífice Juan Pablo II: «el verdadero misionero es el santo» puede aplicarse ciertamente al catequista. Como todo fiel, el catequista «está llamado a la santidad y a la misión», es decir, a realizar su propia vocación «con el fervor de los santos».

Cuando el catequista está casado, la vida matrimonial forma parte de su espiritualidad. Como afirma justamente el Papa: «Los catequistas casados tienen la obligación de testimoniar con coherencia el valor cristiano del matrimonio, viviendo el sacramento en plena fidelidad y educando con responsabilidad a sus hijos». Esta espiritualidad correspondiente al matrimonio puede tener un impacto favorable y característico en la misma actividad del catequista, y este tratará de asociar a la esposa y a los hijos en su servicio, de manera que toda la familia llegue a ser una célula de irradiación apostólica.

La tarea del catequista compromete toda su persona. Ha de aparecer evidente que el catequista, antes de anunciar la Palabra, la hace suya y la vive. Lo que el catequista propone no ha de ser una ciencia meramente humana, ni tampoco la suma de sus opiniones personales, sino el contenido de la fe de la Iglesia, única en todo el mundo, que él ya vive, que ha experimentado y de la cual es testigo.

De aquí surge la necesidad de coherencia y autenticidad de vida en el catequista. Antes de hacer catequesis, debe ser catequista. ¡La verdad de su vida es la nota cualificante de su misión! ¡Qué disonancia habría si el catequista no viviera lo que propone, y si hablara de un Dios que ha estudiado pero que le es poco familiar!

La autenticidad de vida se expresa a través de la oración, la experiencia de Dios, la fidelidad a la acción del Espíritu Santo. Ello implica una intensidad y un orden interior y exterior, aunque adaptándose a las distintas situaciones personales y familiares de cada uno. En todas las situaciones de la vida, tanto en el trabajo como en el ministerio, es posible, para todos, sacerdotes, religiosos y laicos, alcanzar una elevada comunión con Dios y un ritmo de oración ordenada y verdadera; no sólo esto, sino también crearse espacios de silencio para entrar más profundamente en la contemplación del Invisible. 

La preocupación del catequista deberá ser, precisamente, la de transmitir, a través de su enseñanza y comportamiento, la doctrina y la vida de Jesús.

FORMACIÓN

El Magisterio de la Iglesia reclama continuamente y con convicción, la necesidad de la preparación del catequista, porque cualquier actividad apostólica «que no se apoye en personas verdaderamente formadas, está condenada al fracaso».

Para realizar su vocación, los catequistas – como todo fiel laico – «han de ser formados para vivir aquella unidad con la que está marcado su mismo ser de miembros de la Iglesia y de ciudadanos de la sociedad humana». No pueden existir niveles paralelos y diferentes en la vida del catequista: el espiritual, con sus valores y exigencias; el secular con sus distintas manifestaciones, y el apostólico con sus compromisos, etc..

Por tanto, la preocupación del catequista deberá ser, precisamente, la de transmitir, a través de su enseñanza y comportamiento, la doctrina y la vida de Jesús. El ser y actuar del catequista dependen, inseparablemente, del ser y el actuar de Cristo. La unidad y la armonía del catequista se deben leer desde esa perspectiva cristocéntrica y han de construirse en base a una «familiaridad profunda con Cristo y con el Padre», en el Espíritu. Nunca se insistirá bastante en este punto, si se quiere renovar la figura del catequista en este momento decisivo para la misión de la Iglesia.

La misión de educador en la fe requiere en el catequista una intensa vida espiritual. Este es el aspecto culminante y más valioso de su personalidad y, por tanto, la dimensión preferente de su formación. El verdadero catequista es el santo.

La vida espiritual del catequista se centra en una profunda comunión de fe y amor con la persona de Jesús que lo ha llamado y lo envía. La manera más adecuada para alcanzar ese alto grado de madurez interior es una intensa vida sacramental y de oración.

De las experiencias más significativas y realistas se destaca un ideal de vida de oración:

Participación en la Eucaristía con regularidad y, donde es posible, cada día, sosteniéndose con el “pan de vida” (Jn 6,34), para formar “un solo cuerpo” con los hermanos (cf. 1Cor10,17) y ofreciéndose a sí mismo al Padre, junto con el cuerpo y la sangre del Señor.

Liturgia vivida en sus distintas dimensiones, para crecer como persona y para ayudar la comunidad.

Rezo de una parte de la Liturgia de las Horas especialmente de Laudes y de Vísperas, para unirse a la alabanza que la Iglesia ofrece al Padre “desde que sale el sol hasta el ocaso” (Sal113,3).

Meditación diaria, especialmente sobre la Palabra de Dios, en actitud de contemplación y de respuesta personal. Como la experiencia lo demuestra, la meditación regular, así como la lectio divina, hecha también por los laicos, pone orden en la vida y asegura un armonioso crecimiento espiritual.

Oración personal, que alimente la comunión con Dios durante las ocupaciones diarias, prestando especial atención a la piedad mariana.

Frecuencia del Sacramento de la Penitencia para la purificación interior y el fervor del espíritu.

Participación en retiros espirituales, para la renovación personal y comunitaria.

Sólo alimentando la vida interior con una oración abundante y bien hecha, el catequista puede lograr el grado de madurez espiritual que su cometido exige. Como la adhesión al mensaje cristiano, que en último término es fruto de la gracia y de la libertad, y no depende de la habilidad del catequista, es necesario que su actividad esté acompañada por la oración (…).

El Documento «Guía para los catequistas» culmina con las palabras que san Juan Pablo II dirigió a los catequistas de Angola durante su última visita apostólica:

«Dad gracias al Señor por el don de vuestra vocación, con la que Cristo os ha llamado y elegido de entre los otros hombres y mujeres, para ser instrumentos de su salvación. Responded con generosidad a vuestra vocación y tendréis escrito vuestro nombre en el cielo (cf. Lc 10,20)».☐

*Extracto del Documento «Guía para los catequistas», Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Jozef Card. Tomko, Prefecto. Bajo el Pontificado de Juan Pablo II.

Raquel Almada

Raquel Almada

Soy miembro agregado de la Comunidad Misionera de Jesús. Me formé en Ciencias de la Comunicación y quiero contribuir con lo que sé a la extensión del Reino de los Cielos.

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