01 Qué y para qué es la oración

Lección 1: La Naturaleza de la Oración

Introducción

En esta primera lección del curso El Camino de la Oración nos detendremos a considerar lo más fundamental: ¿Qué es la oración? Para abordar este tema, seguiremos principalmente la enseñanza de dos grandes maestros dominicos: el P. Réginald Garrigou-Lagrange y el P. Antonio Royo Marín, a través de la síntesis presentada por los padres José María Iraburu y José Rivera en su obra Síntesis de espiritualidad católica.

1. Jesús, modelo de oración

El punto de partida de toda reflexión cristiana sobre la oración es la vida de Jesús. Siendo el Hijo de Dios, Él mismo oró y nos dejó el ejemplo supremo de cómo debe orar un cristiano. Si Cristo, siendo Dios, sintió la necesidad de la oración, ¡cuánto más nosotros, que somos simples criaturas!

La oración de Jesús es ante todo una manifestación de su deseo más profundo: la glorificación del Padre por parte de los hombres. Cristo quiere que los hombres reconozcan a Dios y le rindan homenaje, no sólo con palabras sino con toda su inteligencia y voluntad, entregándose libremente a Él. Por eso, la oración no es algo accesorio: es el modo privilegiado por el cual el hombre se relaciona con Dios.

2. Orar es orientar la vida hacia Dios

Toda la vida de Cristo estuvo orientada al Padre, y Él nos invita a seguir sus huellas. Así, la oración cristiana no es una mera repetición de fórmulas, sino el acto más propio de nuestra naturaleza creada: tratar con el Creador.

La oración cristiana es siempre una participación en la oración de Cristo. Él mismo nos dice: “Os he dado ejemplo, para que, como yo he hecho con vosotros, así hagáis también vosotros” (Jn 13,15). Así como Cristo, Sacerdote eterno, ofreció toda su vida al Padre, el cristiano está llamado a ofrecer toda su vida y actividades a Dios mediante la oración.

3. La Iglesia, comunidad orante

La Iglesia tiene como fin principal el culto a Dios, que se realiza de modo eminente a través de la oración, sobre todo en la liturgia y los sacramentos. Toda predicación, toda acción apostólica de la Iglesia, está necesariamente unida a la oración. Se predica para que los hombres oren, para que se relacionen con Dios. Y la oración es fruto y culminación de la vida eclesial.

Por el bautismo, todos los fieles participan, de alguna manera, del sacerdocio de Cristo, y por eso están llamados a hacer de la oración el centro y el sentido de sus vidas.

4. La primacía de la vida interior

Una actividad no puede considerarse plenamente cristiana si no conduce a la contemplación. Las obras de caridad, tan importantes en la vida cristiana, son en realidad la superabundancia de la vida interior. Si las obras de caridad no nacen de la unión con Dios y no conducen a ella, se vuelven mera filantropía, indistinguible de cualquier otra acción buena que pueda hacer una persona sin fe.

La verdadera novedad del cristianismo no es sólo hacer el bien, sino hacerlo como consecuencia de una unión viva y personal con Dios, alcanzada y profundizada por la oración.

5. El fin último: conocer, amar y servir a Dios

El sentido último de nuestra vida es conocer, amar y servir a Dios. Esto comienza aquí en la tierra, pero culminará en el cielo. La oración es una condición indispensable para alcanzar ese fin. Incluso el ladrón arrepentido en la cruz encontró la salvación a través de una oración humilde: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino” (Lc 23,42).

6. La oración: una relación personal, filial e inmediata

La oración cristiana no es un simple sentimiento ni una introspección. Es una relación real y viva entre dos personas: el cristiano y Dios. Por el bautismo, esta relación es de filiación: hablamos con Dios como con un Padre, sabiendo que somos amados y que Él nos escucha.

Esta relación, además, es inmediata: el cristiano puede dirigirse a Dios sin intermediarios, directamente, con toda confianza. Incluso cuando recurrimos a la intercesión de los santos, la oración siempre es dirigida a Dios, que obra en sus amigos y escucha a sus hijos.

7. Oración y vida virtuosa

La oración no está separada de la práctica de las virtudes. Sería incoherente pretender orar y no esforzarse en vivir según Dios. La oración, como trato con Dios, lleva necesariamente al deseo de parecernos a Él. Como Dios nos ha dado modelos en los santos y en Jesucristo, toda oración verdadera lleva al crecimiento en la virtud y a la imitación de Cristo.

Santa Teresa de Jesús define la oración como “tratar de amistad, estando muchas veces a solas con quien sabemos que nos ama”. La oración cristiana es, pues, ante todo, un trato de amor con Dios.

8. Superar una visión superficial de la oración

No podemos reducir la oración a un simple cumplimiento de ritos o fórmulas. Orar no es “cumplir” con Dios, sino entrar en una relación viva, personal y filial. La oración es hablar, escuchar, desear, buscar, amar y dejarse amar por Dios.

9. Conclusión

A lo largo de este curso profundizaremos en otros aspectos esenciales de la oración, a menudo olvidados o poco comprendidos, que nos ayudarán a crecer en el trato con Dios y a hacer de la oración el eje de nuestra vida cristiana.


Para reflexionar:

  • ¿Cómo comprendo la oración en mi vida?
  • ¿Vivo mi oración como un trato personal con Dios Padre?
  • ¿Qué lugar ocupa la oración en mis actividades diarias y en mi relación con los demás?
1 comentario
Ana Laura Avila 06.04.2025 a las 14:10

Pues es sin duda la única forma de tratar con. DIOS. Cerrando la puerta de la habitación y hablamos con El Padre. Directo y sin escalas, la mayoría de las personas esperamos lo espiritual como algo extraordinario, en cambio Dios hace de lo ordinario lo extraordinario, nosotros debemos estar atentos a su voz en lo ordinario, si hay comunicación con El, nos hablara en su Palabra, y con las personas de nuestro entorno, es estar abiertos a la disposición de su Espíritu.

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