El saludo cristiano
Evangelio del día
San Juan 14,27-31
El Señor, en la intimidad de la última cena, dejó a sus discípulos una de
sus promesas más consoladoras: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy
como la da el mundo» (cf. Jn 14, 27). Y añadió también: «En el mundo tendrán
tribulación, pero confíen: yo he vencido al mundo». No se trata, por tanto, de
una paz superficial o meramente exterior, sino de un don que brota de su
victoria y de su unión con el Padre.
Después de la resurrección, cuando Jesús se presenta ante los suyos, sus
primeras palabras son precisamente un saludo de paz: «La paz sea con ustedes»
(Jn 20, 19). Ese saludo no es una fórmula vacía. En él se disipan los temores,
se cura la vergüenza de la traición, y se restaura la amistad. Cristo no
reprocha; ofrece su paz. Y con ella, recrea el vínculo con sus discípulos.
En el mundo bíblico, desear la paz era el modo habitual de saludo. No era
una simple cortesía, sino una invocación cargada de sentido espiritual. Los
apóstoles continuaron esta práctica, como vemos en sus cartas, y la Iglesia la
ha conservado en su liturgia. Antes de la comunión, por ejemplo, el sacerdote
desea a los fieles la paz del Señor, como disposición para participar
dignamente en la Eucaristía.
A lo largo de los siglos, los cristianos supieron impregnar sus saludos de
un profundo sentido sobrenatural. No eran meras palabras, sino expresiones de
fe, signos visibles de un corazón vuelto hacia Dios. Sin embargo, en nuestro
tiempo, ese sentido cristiano se ha ido debilitando. Las fórmulas habituales
han perdido, en gran medida, su referencia a Dios.
Por eso, conviene recuperar —con sencillez y sin afectación— el valor
espiritual del saludo. No se trata de adoptar fórmulas extrañas, sino de
redescubrir que también en los gestos cotidianos puede manifestarse la fe. Un
saludo puede ser ocasión para elevar el alma, para reconocer en el otro a un
hermano, para invocar sobre él la bendición de Dios.
No siempre resulta fácil. A veces pesa la costumbre; otras, cierta
vergüenza. Pero esa vergüenza no debería tener lugar en quien sabe que está del
lado de Cristo, vencedor del mundo. Si vivimos con mayor conciencia de la
presencia de Dios —esa certeza de que Él está siempre con nosotros—, nuestro
trato con los demás se verá naturalmente transformado.
Decía san Gregorio Nacianceno que debería avergonzarnos prescindir del
saludo de paz que el Señor nos dejó. Y, en efecto, cada encuentro humano puede
convertirse en una ocasión de gracia. Somos hermanos en la fe, bautizados en
una misma agua, redimidos por un mismo Señor, llamados a participar de una
misma mesa.
El Evangelio nos ofrece una imagen elocuente: cuando María saluda a Isabel,
el niño salta de alegría en su seno (cf. Lc 1, 44). Ese sobresalto de gozo
revela la fuerza espiritual que puede contener un simple saludo cuando nace de
un corazón lleno de Dios.
Cuántas veces una palabra amable, una sonrisa sincera, un gesto de cercanía
pueden disipar la oscuridad de la soledad, del sufrimiento o de la tentación.
No subestimemos el bien que puede hacer un saludo auténticamente cristiano.
Puede ser, para quien lo recibe, un rayo de luz en medio de la oscuridad.
Que el Señor nos conceda vivir con esa paz que Él nos da, y saber
comunicarla también en lo pequeño, en lo cotidiano, en el encuentro sencillo
con los demás.

Comentarios (0)
Sé el primero en comentar.