La Gracia y la Vida Eterna
Evangelio del día
San Juan 15,1-8
El Señor se presenta hoy con una imagen de gran hondura espiritual: Él es la vid verdadera, y nosotros, los sarmientos (cf. Jn 15, 1.5). Con esta comparación, nos enseña que la vida cristiana no consiste simplemente en una pertenencia exterior, sino en estar verdaderamente unidos a Él, recibiendo de su plenitud la vida misma de Dios. Como explica san Agustín, el sarmiento no le aporta vida a la vid, sino que la recibe de ella; separado de la raíz, no puede vivir.[1]
Ya en las Escrituras, el pueblo elegido había sido comparado con una viña. Se esperaba de ella buen fruto, pero muchas veces respondió con ingratitud e infidelidad. Ahora, en cambio, Cristo da a esta imagen un sentido nuevo y definitivo: Él mismo es la vid verdadera que comunica su savia a los sarmientos. Esa savia es la gracia, la vida divina que brota de Cristo y llega a los miembros de su Cuerpo, que es la Iglesia. Santo Tomás enseña que la gracia es «una participación de la naturaleza divina», y que por eso supera toda capacidad de la pura naturaleza creada.[2]
Separados de Cristo no podemos dar fruto alguno (cf. Jn 15, 5). Sin esa vida que viene de Él, el alma se seca. Toda fecundidad sobrenatural nace de esta unión viva con el Señor. San Agustín lo dice con gran fuerza al comentar este pasaje: el Señor no dijo «sin mí podéis hacer poco», sino «sin mí no podéis hacer nada».[1]
Y esa vida tiene un precio inmenso: Cristo la ha querido para nosotros hasta derramar por ella toda su sangre. Todo lo que el Señor ha dicho y hecho, sus palabras, sus milagros, su entrega, nos introduce en esta vida nueva. Nos enseña cómo nace en el alma, cómo crece, cómo puede perderse y cómo puede ser recuperada por la misericordia de Dios. Por eso dice también: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10).
Permanecer en Cristo es vivir unidos a su amor. La gracia no nos convierte en simples adherentes ni en miembros externos de una institución. Nos hace partícipes de la vida de Dios. En este sentido, santo Tomás afirma que lo principal de la Ley Nueva es precisamente «la gracia del Espíritu Santo», dada a los que creen en Cristo.[3]
En el bautismo, el hombre es transformado en lo más profundo de su ser. Comienza en él una vida nueva. Se convierte en hijo de Dios, hermano de Cristo, miembro vivo de la Iglesia. No se trata de un cambio superficial, sino de un verdadero nacimiento sobrenatural. Santo Tomás llama al bautismo «regeneración espiritual», porque por este sacramento el hombre recibe una vida nueva.[4]
Por eso san León Magno exhorta: «Cristiano, reconoce tu dignidad», y añade que hemos llegado a ser «partícipes de la naturaleza divina»; de ahí que no debamos volver, por una vida indigna, a la antigua miseria.[5]
Y esta vida que recibimos no es pasajera. Es vida eterna. Si no se la pierde por el pecado mortal, permanece en el alma para siempre. La muerte ya no tiene dominio definitivo sobre quien vive de esta vida, porque aun muriendo, vivirá (cf. Jn 11, 25). Está llamado a morar un día para siempre en el cielo. Cristo quiere comunicar a los suyos aquello que Él posee en plenitud: la vida eterna. Por eso san Juan puede decir: «Os escribo esto para que sepáis que tenéis vida eterna» (1 Jn 5, 13).
No perdamos, entonces, por el pecado, un don tan grande. Antes bien, conservemos esta vida divina con vigilancia, gratitud y fidelidad, hasta el día en que podamos ver al Señor cara a cara.
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[1] San Agustín, In Ioannis Evangelium Tractatus 81, 1–3.
[2] Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, I-II, q. 112, a. 1.
[3] Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, I-II, q. 106, a. 1.
[4] Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, III, q. 69, a. 1.
[5] San León Magno, Sermón 21, 3.

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