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La Esperanza del cielo
HOMILÍA VI Domingo de Pascua - Ciclo A
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La Esperanza del cielo

P. Jorge Miguel Martínez
13 de mayo de 2023
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Evangelio del día

San Juan 14,15-21

14,15Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos.
14,16Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito, para que esté siempre con ustedes:
14,17el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.
14,18No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes.
14,19Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán.
14,20Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes.
14,21El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él».

En estos días que van de la Pascua a la Ascensión, la liturgia de la Iglesia nos invita a poner los ojos y el corazón en el cielo, que es nuestra patria definitiva. Como dice san Agustín, «nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».[1] Y esta llamada se vuelve más apremiante a medida que se acerca el momento en que el Señor sube al Padre con su humanidad gloriosa. El Hijo nunca ha dejado de estar con el Padre, pero ahora entra en su gloria también como hombre, abriéndonos el camino.

Jesús había prometido a sus discípulos que, dentro de poco, el mundo ya no lo vería, pero ellos sí lo verían, y que se manifestaría a los suyos (cf. Jn 14, 19-21). Esa promesa se cumple y sigue cumpliéndose. Su presencia junto a los suyos no se interrumpe con la Ascensión. Por su Pasión y por su muerte nos ha preparado un lugar en la casa del Padre, donde hay muchas moradas (cf. Jn 14, 2). Y hacia esa casa caminamos ya desde ahora. Santo Tomás enseña que la Ascensión de Cristo es causa de nuestra salvación porque «por la Ascensión nuestras almas se elevan hacia Él».[2]

Por eso dice el Señor: «Vendré de nuevo y los llevaré conmigo, para que donde yo estoy estén también ustedes» (cf. Jn 14, 3). Los apóstoles estaban tristes. Habían comenzado a experimentar su propia fragilidad, y la predicción de las negaciones de Pedro les mostraba hasta qué punto era débil su amor. Sin embargo, Jesús no los deja encerrados en esa tristeza, sino que los consuela con la esperanza del cielo.

Esta venida del Señor incluye, ciertamente, su retorno glorioso al fin de los tiempos, cuando la historia llegue a su consumación. Pero también se refiere al encuentro que cada alma tendrá con Cristo al término de su vida. La muerte será, en definitiva, eso: el encuentro con Él. Será el momento en que nos lleve a la plenitud de la gloria, al encuentro del Padre celestial, que es también nuestro Padre, en ese lugar que Jesucristo mismo nos ha preparado.

Y, sin embargo, aquel a quien esperamos encontrar entonces no está lejos de nosotros ahora. Está presente en el alma por la gracia santificante. En la oración se dialoga con Él no como con alguien ausente, sino como con quien habita dentro de nosotros. «Yo estoy en ustedes» (cf. Jn 14, 20). Santo Tomás, al hablar de la inhabitación divina, afirma que Dios habita en la criatura racional «como en su templo», y que el Espíritu Santo «mora en el hombre en el mismo don de la gracia santificante».[3] De ese trato habitual con Jesús nace el deseo de encontrarse con Él plenamente.

Si se quiere llegar a amar de verdad ese encuentro, hay que aprender a tratar con Cristo cada día. Así la fe va suavizando la dureza con que muchas veces se mira la muerte. Se la teme porque suele pensarse en ella solo como separación de las cosas de este mundo, y no como encuentro con Aquel a quien se ama. Pero cuando hay trato perseverante con Jesús en la oración, la muerte empieza a aparecer bajo otra luz: ya no solo como ruptura, sino como paso; no solo como pérdida, sino como puerta abierta al encuentro definitivo con Él.

El amor a Cristo cambia por completo el sentido de ese momento final. Será el momento de encontrarse con Aquel a quien se ha buscado, amado y servido. Por eso pensar en el cielo, pensar en las cosas de arriba, pensar en Jesús, ayuda a vivir con mayor libertad frente a los bienes de este mundo. No son malos, pero no son el fin último. Hay que usarlos rectamente, sin dejar que el corazón quede atado a ellos.

Es muy agradable a Dios que se fomente esta esperanza. No se trata de una expectativa humana, como la de que las cosas salgan bien. Se trata de la esperanza teologal, que tiene a Dios por objeto. Es la esperanza de estar con Él. Santo Tomás la define diciendo que su objeto es «un bien futuro, arduo, pero posible de alcanzar», y que, en su forma más alta, esa esperanza se apoya en la ayuda divina y tiende a Dios mismo.[4] Por eso está íntimamente unida a la fe y al amor: si se cree en Cristo y se lo ama, se espera también estar con Él para siempre.

¡Cuánto se necesita esta esperanza en la hora de la tentación, en la tribulación, en el sufrimiento! Allí la esperanza cristiana sostiene el alma y le da fortaleza para perseverar. La meditación del cielo, del término hacia el cual caminamos y al que Jesús se nos ha adelantado, ha de movernos a una mayor generosidad en la lucha diaria. Vale la pena luchar por el cielo. Vale la pena ser fieles. Vale la pena perseverar, porque el Señor ha preparado una morada para quienes viven y combaten por Él en esta vida.

Pensar en ese encuentro definitivo de amor al que hemos sido llamados ayuda a vivir vigilantes, perseverantes y magnánimos; ayuda a cuidar las cosas grandes y las pequeñas, procurando que todo quede hecho por amor de Dios. Así el alma permanece dispuesta para encontrarse con el Señor cuando Él quiera. Y si fuera pronto, mejor.

______

[1] San Agustín, Confesiones, I, 1

[2] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, III, q. 57, a. 6, corpus.

[3] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 43, a. 3, corpus.

[4] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 17, a. 1, corpus; con remisión a I-II, q. 40, a. 1.

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