Introducción
Los Sacramentos
Las virtudes
La oración en sí misma
Los grados de oración
Como veremos ampliamente a lo largo de este curso, una de las mayores obligaciones de un cristiano, para ser verdaderamente tal, es la de aspirar seriamente al pleno desarrollo de su vida sobrenatural iniciada en el bautismo, o sea, la de aspirar a la más auténtica y genuina santidad cristiana.
Existe efectivamente un llamamiento y una verdadera vocación universal a la santidad, que afecta y recae sobre cada cristiano en particular. Consta en el mismo Evangelio y se dignó promulgar esa excelsa vocación el mismo Cristo personalmente. He aquí sus propias y terminantes palabras dirigidas a todos sus discípulos sin excepción: «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48).
Este texto en boca de Cristo es de una profundidad insondable: proponer a todos sus discípulos en el sermón de la Montaña la perfección de su Padre celestial como modelo y ejemplar que deben imitar todos los cristianos, no ponía límites ni término alguno al ideal de santidad al que deben tender con todas sus fuerzas. En definitiva esta exigencia no es sino una nueva manifestación del primer y más importante mandamiento de la ley de Dios, que nos obliga a amarle «con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas» (Mc 12,30), lo que constituye, cabalmente, la más completa y genuina santidad, como recogió en su fórmula teológica Santo Tomás de Aquino.
El llamamiento o vocación universal a la santidad consta, pues, expresamente en el Evangelio y no admite, por lo mismo, la menor duda. La Iglesia mantuvo siempre esta doctrina desde los tiempos apostólicos.
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