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Visitar la reliquia de un santo

Culto y Espiritualidad · Doctrina

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Visitar la reliquia de un santo

Cuando una reliquia llega a una parroquia se forman filas que sorprenden. Y con ellas vuelve siempre la misma pregunta: ¿no hay algo de superstición en besar un relicario? Qué es exactamente una reliquia, qué culto se le da y cómo visitarla bien, a la luz de la Escritura, los Padres, Santo Tomás y el Magisterio.

P. Jorge Miguel Martínez
17 de septiembre de 2026

Qué veneramos cuando nos arrodillamos ante unos huesos

Cuando una reliquia llega a una parroquia, se forman filas que sorprenden incluso a quienes conocen bien a su comunidad. Se acercan los devotos de siempre, pero también gente que hace años que no pisa una iglesia. Y junto a esa afluencia aparece siempre la misma pregunta, formulada con desconfianza o con verdadero deseo de entender: ¿no hay algo de superstición en besar un relicario?

La pregunta merece una respuesta seria, porque la Iglesia nunca ha pedido a nadie que venere lo que no comprende.


1. Qué es exactamente una reliquia

La norma vigente es la Instrucción Las reliquias en la Iglesia: autenticidad y conservación (Congregación para las Causas de los Santos, 8 de diciembre de 2017), que distingue dos categorías:

CategoríaQué comprende
Reliquias insignesEl cuerpo de los beatos y santos, partes considerables de él, o el volumen completo de las cenizas de su cremación.
Reliquias no insignesPequeños fragmentos del cuerpo, u objetos que estuvieron en contacto directo con la persona del santo.

Esta división binaria es la que la Iglesia ha usado siempre en su derecho. El Código de 1917 llegaba a detallarla:

«Insignes Sanctorum vel Beatorum reliquiae sunt corpus, caput, brachium, antibrachium, cor, lingua, manus, crus aut illa pars corporis in qua passus est martyr, dummodo sit integra et non parva.» (Son reliquias insignes de los santos o beatos el cuerpo, la cabeza, el brazo, el antebrazo, el corazón, la lengua, la mano, la pierna, o aquella parte del cuerpo en que padeció el mártir, con tal que esté íntegra y no sea pequeña.)

— CIC 1917, c. 1281 §2

En el lenguaje corriente oirás hablar, en cambio, de reliquias de primera, segunda y tercera clase —el cuerpo, los objetos usados en vida, los objetos tocados a una reliquia mayor—. Es una clasificación de uso muy extendido en la práctica pastoral y en formularios diocesanos, pero conviene que sepas que no procede de la legislación de la Iglesia: ni el Código de 1917, ni el de 1983, ni la Instrucción de 2017 emplean la división en clases. Las auténticas romanas, por su parte, describen la reliquia por su materia: ex ossibus (de los huesos), ex cineribus (de las cenizas), ex indumentis (de las vestiduras), ex velo (del velo).

Y las dos clasificaciones no se superponen: para la norma vigente, un objeto usado por el santo y un pequeño fragmento óseo son igualmente reliquias no insignes.

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Para la veneración pública, la Iglesia exige siempre un certificado de autenticidad expedido por la autoridad competente. Sin él, la reliquia no debe exponerse al culto de los fieles. Esta exigencia no es burocracia: es la forma concreta que toma la honestidad de la Iglesia con quien se arrodilla.


2. El fundamento: la Encarnación toma en serio la materia

Toda la dificultad con las reliquias nace de una espiritualidad secretamente desencarnada, que supone que lo santo debe ser invisible. El cristianismo afirma lo contrario desde su primera página: el Verbo se hizo carne (Jn 1,14). Dios eligió salvarnos mediante un cuerpo, una madera, unos clavos, agua, pan y vino.

Sobre esa lógica descansa el culto a las reliquias. El cuerpo del santo no fue el envoltorio desechable de un alma; fue el instrumento de su santidad —las manos que dieron limosna, las rodillas gastadas de oración, la carne que sostuvo el martirio— y, más aún, fue templo del Espíritu Santo:

«¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros?» (1 Co 6,19)

Ese cuerpo, además, tiene futuro. No es un resto arqueológico sino una semilla: Cristo «transfigurará nuestro cuerpo humilde, conformándolo a su cuerpo glorioso» (Flp 3,21). Honrar unos huesos es, en el fondo, un acto de fe en la resurrección de la carne.


3. El testimonio de la Escritura

La veneración de restos santos no es una invención medieval. La Escritura la documenta con naturalidad:

  • José hace jurar a sus hermanos que llevarán sus huesos a la tierra prometida, y Moisés los transporta durante el éxodo (Ex 13,19).
  • El manto de Elías divide las aguas del Jordán en manos de Eliseo (2 R 2,13-14).
  • Un cadáver arrojado de prisa a la fosa de Eliseo revive al tocar sus huesos (2 R 13,20-21).
  • El Eclesiástico desea de los doce profetas que «sus huesos reflorezcan desde su tumba» (Eclo 49,10).
  • La hemorroísa queda curada al tocar la orla del manto de Jesús (Mt 9,20-22).
  • La sombra de Pedro al pasar sana a los enfermos (Hch 5,15).
  • Se llevaban a los enfermos pañuelos y delantales que habían tocado a Pablo (Hch 19,11-12).

Nótese el patrón: en ningún caso la materia obra por sí misma. Obra Dios, que quiere asociar a su acción la carne de quienes le pertenecen.

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4. La Iglesia antigua y el altar

El testimonio más antiguo fuera de la Escritura es el Martirio de san Policarpo (c. 155). Tras la ejecución del obispo de Esmirna, los cristianos recogen sus restos, «más valiosos que piedras preciosas y más estimados que el oro», y los depositan para celebrar allí el aniversario de su nacimiento al cielo.

Los Padres fijaron enseguida el límite doctrinal. San Agustín lo formula sin ambigüedad:

No levantamos a nuestros mártires templos como a dioses, sino memorias como a hombres muertos cuyos espíritus viven junto a Dios.

De civitate Dei XXII, 10

San Jerónimo, respondiendo a Vigilancio, que acusaba a los católicos de idolatría, precisa la finalidad del gesto: veneramos las reliquias de los mártires «ut eum cuius sunt martyres adoremus» (para adorar a aquel de quien son mártires) (Contra Vigilantium, 6).

De esta convicción nace una costumbre que sigue viva: bajo el altar de tu parroquia probablemente reposan reliquias de mártires, según la visión del Apocalipsis: «vi debajo del altar las almas de los degollados por causa de la Palabra de Dios» (Ap 6,9). El altar donde se ofrece el sacrificio de la Cabeza descansa sobre el testimonio de los miembros.


5. Qué culto se les da: la distinción decisiva

Aquí se resuelve la objeción de fondo. La teología distingue tres realidades que el lenguaje corriente confunde:

  • Latría (adoratio): el culto de adoración, debido sólo a Dios. Darlo a una criatura es idolatría.
  • Dulía: la veneración que se tributa a los santos como amigos de Dios.
  • Hiperdulía: la veneración eminente que corresponde a la Virgen María.

Santo Tomás lo explica con precisión en la Suma Teológica (III, q. 25, a. 6): honramos las reliquias porque honramos a la persona del santo, cuyo cuerpo fue templo del Espíritu y será glorificado; y honramos al santo porque en él honramos a Dios, que es la fuente de su santidad. El culto a la reliquia es relativo: no se detiene en el objeto, sino que pasa a través de él hasta Dios. Quien besa un relicario no adora un hueso, del mismo modo que quien besa la fotografía de su madre no venera un papel.

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El Concilio de Trento, en su sesión XXV (1563), recogió esta doctrina frente a los errores de la Reforma Protestante: los fieles deben venerar los santos cuerpos de los mártires y de los demás que viven con Cristo, «que fueron miembros vivos del mismo Cristo y templos del Espíritu Santo», destinados a resucitar gloriosos, y por los cuales Dios concede beneficios a los hombres.


6. Dónde empieza la superstición

La Iglesia no ha sido ingenua respecto a los abusos. Los ha condenado con más dureza que sus críticos.

La reliquia no es un amuleto. La superstición consiste en atribuir eficacia al objeto mismo, o al gesto realizado de un modo determinado, con independencia de la fe y la conversión de quien lo hace. Es una forma de magia disfrazada de devoción, y el Catecismo la reprueba (CIC 2111).

La reliquia no es mercancía. El Código de Derecho Canónico es terminante:

«Es ilícito vender las reliquias sagradas».

— c. 1190 §1

Y añade que las reliquias insignes, o aquellas que gozan de gran veneración popular, no pueden enajenarse ni trasladarse definitivamente sin licencia de la Sede Apostólica (c. 1190 §2). La Instrucción de 2017 insiste en que las reliquias han de conservarse y honrarse «evitando cualquier forma de superstición y de comercialización». La compraventa de reliquias en subastas y plataformas de internet es, sencillamente, un sacrilegio.

La reliquia no sustituye a los sacramentos. El Catecismo sitúa la veneración de reliquias entre las expresiones de la religiosidad popular que «prolongan la vida litúrgica de la Iglesia, pero no la sustituyen» (CIC 1674-1675). Una peregrinación fervorosa que deja intacta la vida sacramental de quien la hace ha errado el camino.

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7. Cómo visitar bien una reliquia

Unas orientaciones prácticas, para que la visita sea lo que debe ser:

  1. Llega sabiendo a quién visitas. Lee antes la vida del santo. La veneración que no conoce a su destinatario se queda en emoción.
  2. Reza ante ella, no a ella. La fórmula clásica de la oración de los santos es per y no ad: pides al santo que interceda ante Dios por ti.
  3. Pide lo que conviene pedir. La conversión propia antes que el favor material; y si pides una gracia concreta, pídela con la libertad de quien sabe que Dios responde como Padre.
  4. Confiésate y comulga. La visita a una reliquia encuentra su centro natural en la Eucaristía, donde no tocas los restos de un amigo de Dios, sino el Cuerpo vivo del Señor.
  5. Sal cambiado, no sólo conmovido. La pregunta que deja una reliquia bien venerada no es «¿qué he sentido?», sino «¿en qué me parezco a este hombre o a esta mujer, y en qué no?».

Conclusión

Una reliquia es una predicación muda. Dice que la santidad no es una idea, sino algo que ocurrió en un cuerpo concreto, en un lugar y una fecha; que la gracia de Dios llega hasta la carne y allí la transfigura; y que ese cuerpo, ahora reducido a un fragmento tras un cristal, está destinado a resucitar.

Por eso el gesto más adecuado ante un relicario no es la emoción, sino el asombro: lo que tienes delante no es el recuerdo de un muerto, sino la prenda de un viviente.


Fuentes

  • Concilio de Trento, sesión XXV, Decreto sobre la invocación, veneración y reliquias de los santos, y sobre las sagradas imágenes (1563).
  • Congregación para las Causas de los Santos, Instrucción Las reliquias en la Iglesia: autenticidad y conservación (8 de diciembre de 2017).
  • Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1674-1675 y 2111.
  • Código de Derecho Canónico (1983), c. 1190; Código de Derecho Canónico (1917), c. 1281.
  • Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae III, q. 25, a. 6.

Preguntas frecuentes

Al besar una reliquia veneras la santidad de la persona y la obra de Dios en su carne, no el objeto en sí. Es un acto de respeto hacia el cuerpo que fue templo del Espíritu Santo y una profesión de fe en la resurrección futura de la carne.
La Instrucción de 2017 distingue reliquias insignes (el cuerpo entero, partes considerables o cenizas completas) de las no insignes (pequeños fragmentos del cuerpo u objetos en contacto directo con el santo). Esa distinción regula su clasificación y tratamiento para la veneración pública.
No. La veneración de reliquias parte de la Encarnación: Dios se sirve de la materia. La Iglesia enseña que la materia no obra por sí misma; es Dios quien actúa. Besar una reliquia es un gesto de fe y recuerdo, no práctica supersticiosa ni adoración del objeto.
Para la veneración pública la Iglesia exige un certificado de autenticidad expedido por la autoridad competente, según la normativa vigente. Sin ese certificado la reliquia no debe exponerse al culto, lo que expresa la honestidad de la Iglesia hacia quien se acerca a venerarla.

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