¿Existe «el inconsciente»? Lo que la tradición católica sabía antes de Freud
No somos transparentes a nosotros mismos: eso lo sabía San Agustín mil quinientos años antes que Freud. Pero lo que actúa por debajo de la deliberación no es un «sujeto segundo» que nos gobierne, sino facultades y hábitos nuestros, sometidos al imperio indirecto de la razón. De ahí nace toda la ascética cristiana y el modo de curar esas ideas recurrentes que deforman nuestra mirada sobre los demás.
Sobre la opacidad del alma, los sentidos internos y el combate contra los pensamientos recurrentes
Hay una experiencia que todo el mundo reconoce y que casi nadie sabe nombrar bien: la de no ser transparentes a nosotros mismos. Descubrimos que una antipatía estaba ya formada antes de que la pensáramos; que una imagen vuelve sin que la llamemos; que miramos a cierta persona o a cierta situación con un cristal torcido que no elegimos poner y que tampoco sabemos quitar.
Para nombrar eso, el lenguaje corriente ofrece una sola palabra: inconsciente. Y conviene decir de entrada que esa palabra es mala mercancía. No porque el fenómeno no exista —existe, y la tradición lo describió con más precisión que nadie—, sino porque el término viene cargado con una antropología entera que, si se acepta, deshace la vida espiritual por dentro.
I. Por qué la palabra es problemática
En el uso corriente —heredado del psicoanálisis y hoy disuelto en el habla común— «el inconsciente» nombra una especie de sujeto segundo que habita dentro de mí: un depósito de impulsos reprimidos que actúa por su cuenta, con lógica propia, y del cual mi conducta consciente sería apenas el síntoma. La palabra no describe: decide de antemano qué clase de ser soy.
Las consecuencias van mucho más allá de la psicología:
Si mi conducta es el síntoma de fuerzas que no gobierno, el hombre no es dueño de sus actos sino portavoz de ellos. Y donde no hay dominio, no hay virtud, ni mérito, ni pecado, ni conversión posible.
Toda la vida cristiana descansa sobre el presupuesto contrario: que el hombre, con la gracia, puede. Por eso el término conviene retirarlo. Es una palabra prestada que nombra deprisa —y mal— algo que nuestra tradición ya sabía nombrar mejor.
II. La opacidad del alma es una doctrina antigua
Conviene decirlo con claridad, porque aquí suele haber un malentendido: la tradición católica nunca sostuvo que el hombre se conozca del todo. La profundidad oscura del alma no es un descubrimiento del siglo XX.
San Agustín lo escribió mil quinientos años antes que Freud, contemplando la inmensidad de su propia memoria:
Grande profundum est ipse homo («el hombre mismo es un abismo insondable»).
— Confesiones IV, 14, 22
Y en el libro X, sobre esa misma memoria que no logra recorrer entera:
Nec ego ipse capio totum, quod sum («ni yo mismo abarco todo lo que soy»).
— Confesiones X, 8, 15
Freud, pues, no descubrió que hay algo debajo. Lo que cambió con él no fue la constatación, sino la interpretación de qué es esa profundidad. Y ahí se juega todo.
III. Qué es esa profundidad, según Santo Tomás
Para Santo Tomás, lo que opera por debajo de la deliberación no es otro yo: son facultades y hábitos míos, parte de mi naturaleza, que funcionan por debajo de la advertencia refleja. Tres, sobre todo.
1. Los sentidos internos.
- La imaginación o fantasía, que guarda, recompone y presenta imágenes sin que yo se lo pida.
- La memoria, que conserva lo vivido con su carga afectiva.
- Y sobre todo la vis cogitativa —la «razón particular»—, que evalúa espontáneamente esta cosa concreta, esta persona concreta, como conveniente o amenazante, antes de que yo alcance a pensarlo.
Esta última es la clave. Cuando alguien entra en la habitación y algo dentro de nosotros se cierra antes de que formulemos un solo juicio, lo que actuó fue la vis cogitativa. No es un demonio interior ni un trauma soberano: es una facultad nuestra, informada por experiencias y hábitos, haciendo lo que le toca hacer.
2. Las pasiones del apetito sensible, que se disparan solas y no esperan permiso.
3. Los hábitos (habitus), buenos o malos, que inclinan la facultad antes de toda elección deliberada. Un hábito no es un recuerdo: es una disposición estable que hace que el acto salga de cierta manera sin esfuerzo y sin consulta.
Todo esto opera antes de que razonemos. Hasta ahí, Freud describió algo real. La diferencia está en lo que viene después.
IV. La diferencia decisiva: el imperio indirecto de la razón
Para la tradición, esa zona previa no está fuera del alcance de la razón y la voluntad. Está bajo lo que los escolásticos llaman su imperio indirecto (imperium indirectum).
La distinción es precisa:
| Imperio directo | Imperio indirecto | |
|---|---|---|
| Ejemplo | Mandar a la mano que se mueva | Mandar sobre imaginación, pasiones, hábitos |
| Efecto | Inmediato | Mediato, por vía de disposición |
| Modo | Orden | Elección de objeto, repetición, evitación |
No puedes mandarle a la imaginación que calle, como mandas a la mano que se levante. Pero sí puedes elegir con qué la alimentas, qué repites, a qué vuelves, qué evitas, de qué te apartas. Y como la imaginación trabajará después con el material que le diste, tu libertad no actúa sobre el acto, pero actúa sobre la materia del acto.
Eso es, íntegramente, la ascética cristiana: no un control mágico sobre lo involuntario, sino un gobierno paciente y oblicuo, de largo plazo, sobre aquello que lo involuntario tendrá a mano.
V. Por qué las jaculatorias no son «mecanización»
Se objeta a veces que repetir fórmulas es mecanizar la oración, vaciarla, volverla rutina. Hay un sentido en que eso puede ocurrir. Pero hay otro, mucho más importante, en que la repetición es exactamente lo contrario:
La repetición no es mecanización: es siembra deliberada.
Cuando repites mil veces Deus, in adiutorium meum intende («Dios mío, ven en mi auxilio»), no estás produciendo un automatismo vacío: estás poblando de Dios el material con el que después va a trabajar tu mente sin que se lo pidas. Estás interviniendo, por la única vía disponible, sobre aquello que no puedes mandar directamente.
Y no es casual que sea esa fórmula y no otra. Casiano la propone precisamente así, como jaculatoria perpetua del monje, versículo que debe acompañar al alma en toda circunstancia (Collationes X, 10). La Iglesia la puso después al comienzo de cada hora del Oficio divino. Veinte siglos de pedagogía sobrenatural saben lo que hacen.
VI. Cuatro reglas para las ideas recurrentes
Aplicado al caso más frecuente: las ideas que vuelven, que con los años han abierto un surco, y que nos muestran a una persona o a una situación con un cristal que no es el que Dios quiere.
Primera: el primer movimiento no es todavía pecado
La tradición distingue con toda nitidez entre el pensamiento que llega —los Padres del desierto los llamaban logismoi, y llegan solos, sin pedir permiso— y el consentimiento que le doy. El primer movimiento no es culpable. El pensamiento se vuelve mío cuando me instalo en él, lo rumio, lo alimento, lo trabajo.
Muchas almas buenas se atormentan confundiendo una cosa con la otra, y esa confusión hace más daño que el pensamiento mismo: convierte la vida espiritual en un tribunal permanente donde nunca hay absolución. Distinguir aquí es el comienzo de la paz.
Segunda: no lo combatas de frente
Pelear cara a cara con una imagen es fijarla más. La atención que le das para expulsarla es atención de todos modos, y la imagen se alimenta de atención.
Scupoli es clarísimo en esto: la respuesta no es el forcejeo, sino la antirrhesis de los antiguos —contradecir el pensamiento y volverse a Dios de inmediato—. La jaculatoria sirve exactamente para eso:
No discute: desplaza. Se trata de cambiar de objeto, no de ganar una discusión interior.
Quien ha intentado lo contrario lo sabe: las discusiones interiores no se ganan nunca.
Tercera: el «cristal» se corrige con actos contrarios, repetidos
Si lo que se ha formado es un hábito —y un vicio es precisamente eso—, entonces se deshace como se hizo: por actos repetidos. Es el viejo principio médico que la ascética hizo suyo:
Contraria contrariis curantur («los contrarios se curan con los contrarios»).
En concreto, y sin sofisticaciones:
- Reza por esa persona por su nombre, todos los días, aunque sea sin ganas.
- Recuerda deliberadamente hechos buenos suyos —no en general: hechos, concretos, con fecha si es posible.
- Habla bien de ella cuando puedas y sea verdad.
Al principio será pura voluntad y sabrá a falso. No importa: es medicina, no sentimiento. Nadie espera que un remedio sea sabroso para que funcione. El afecto vendrá después, o no vendrá; lo que se está reparando es el hábito, no el gusto.
Cuarta: en la duda, la caridad manda interpretar bien
Aquí la cuestión deja de ser psicológica y pasa a ser de justicia. Santo Tomás enseña que juzgar mal de alguien por indicios leves es de suyo injusto, y que en lo dudoso hay obligación de inclinarse a la interpretación mejor (Summa Theologiae II-II, q. 60, aa. 3-4).
Esto no es ingenuidad ni buenismo: al otro se le debe su buena fama mientras no conste lo contrario, exactamente como se le debe su dinero. El cristal torcido suele ser, sencillamente, un juicio temerario que se hizo costumbre: una injusticia que, por repetida, dejó de parecerlo.
VII. Llevar cautivo, no suprimir
San Pablo lo dice mejor que cualquier tratado:
«...llevando cautivo todo pensamiento para que obedezca a Cristo» (2 Co 10, 5).
Nótese el verbo. No dice «suprimiendo»: dice llevando cautivo. Es la imagen de un general que conduce prisioneros, lentamente, camino abajo: no los aniquila, los somete y los lleva. Se trata de conducir, pacientemente, lo que no se puede mandar de golpe.
Ésa es toda la respuesta. No hay dentro de nosotros un sujeto segundo que nos gobierne. Hay facultades nuestras, más rápidas que la deliberación, que llevan la huella de todo lo que hemos vivido, mirado y repetido. Son nuestras. Responden lento, pero responden.
Y una última cosa, para quien lleva ya muchos años de camino y descubre que este trabajo todavía le queda por hacer: eso no es retroceso. Es la parte fina del combate, la que Dios reserva para cuando el alma ya es capaz de hacerlo.
Formación Católica — formacioncatolica.org
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