¿Por qué la Palabra de Dios no da fruto en mí?
Evangelio del día
San Mateo 13,1-9
Queridos hermanos, nuestra vida es la tierra en la que siembra el sembrador. Ese sembrador es Jesucristo; y, en otro sentido, también la Iglesia, por medio de la cual nos llega la Palabra. Pero, ante todo, Cristo mismo es la Palabra que viene a nosotros y que puede dar fruto en nuestra vida.
Si esa Palabra no fructifica, no es porque haya defecto en ella. No falla Cristo, no falla la gracia, no falla la Palabra de Dios. El problema está en la disposición de la tierra. Si el alma está bien dispuesta, la gracia de Dios produce fruto con certeza. Pero Dios no fuerza nuestra libertad: no violenta nuestras disposiciones interiores.
Por eso puede suceder que una persona esté demasiado absorbida por las preocupaciones, o muy ocupada en las cosas del mundo, o excesivamente apegada a las riquezas y a los bienes de esta vida. Son advertencias que tal vez hemos oído muchas veces, pero siguen siendo verdaderas, porque el mismo Señor las señala al explicar la parábola del sembrador (cf. Mt 13, 18-23).
El Señor enseña que el maligno puede arrebatar lo sembrado en el corazón, de modo que la semilla no llegue a producir fruto. Esto ocurre cuando el hombre deja entrar el mal en su vida y se acostumbra a caminar por sendas oscuras.
También habla de la semilla que cae en terreno pedregoso: es el caso de quien recibe la Palabra con entusiasmo, pero no tiene raíz. Cuando llegan la tribulación o la persecución por causa de la Palabra, se escandaliza. Puede pensar: “¿Cómo es posible que, acercándome a Dios, las cosas se vuelvan más difíciles?”. Allí aparece la pusilanimidad: una fe buscada solo para resolver problemas inmediatos, sin hondura ni firmeza.
Y está, además, la semilla que cae entre espinos. Son las preocupaciones de este mundo, las inquietudes desordenadas, el engaño de las riquezas. Todo eso termina sofocando la Palabra y la deja sin fruto. Los espinos no siempre parecen graves al principio, pero crecen, ocupan el corazón y no dejan respirar a la vida de la gracia.
¿Qué podemos hacer, entonces? Mejorar nuestras disposiciones. Apartar de nosotros las preocupaciones mundanas que nos dominan. Desprender el corazón del apego a las riquezas. Fortalecer el espíritu mediante la práctica de las virtudes, el ayuno, la limosna y la oración. Procurar limpiar el alma con la confesión y la penitencia.
Así la tierra se vuelve fecunda. Al obrar de este modo, se arrancan los espinos, se quitan las piedras y se ablanda la dureza del corazón. Entonces la semilla puede penetrar, echar raíz y producir fruto: el treinta, el sesenta o el ciento por uno (cf. Mt 13, 23).
No permitamos que la semilla de la Palabra caiga en vano. Con las ayudas que el Señor nos da, cuidemos la tierra del alma; y veremos cómo la Palabra de Dios, recibida con fe y perseverancia, produce fruto abundante.
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