Jesús te puede perjudicar
HOMILÍA Miércoles de la 13ª semana del Tiempo Ordinario - Año II
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Jesús te puede perjudicar

P. Jorge Miguel Martínez
Actualizado el 01 de julio de 2026
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Evangelio del día

San Mateo 8,28-34

8,28Cuando Jesús llegó a la otra orilla, a la región de los gadarenos, fueron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros. Eran tan feroces, que nadie podía pasar por ese camino.
8,29Y comenzaron a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?».
8,30A cierta distancia había una gran piara de cerdos paciendo.
8,31Los demonios suplicaron a Jesús: «Si vas a expulsarnos, envíanos a esa piara».
8,32Él les dijo: «Vayan». Ellos salieron y entraron en los cerdos: estos se precipitaron al mar desde lo alto del acantilado, y se ahogaron.
8,33Los cuidadores huyeron y fueron a la ciudad para llevar la noticia de todo lo que había sucedido con los endemoniados.
8,34Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio.

El caso de aquel pueblo que acababa de contemplar un prodigio —la liberación de unos hombres poseídos— y, sin embargo, rechazó a nuestro Redentor por las pérdidas materiales sufridas o por las que temía sufrir en adelante, es un ejemplo claro de cómo a veces no aceptamos plenamente a Jesucristo sino en la medida en que no nos perjudique, especialmente en el plano material.

El Evangelio puede traer, ciertamente, consecuencias concretas y exigentes. Muchas veces nos obliga a elegir entre Dios y el dinero. Si elegimos a Dios, el dinero queda en su lugar; pero si servimos al dinero, no podemos servir a Dios (cf. Mt 6, 24). Aquellos hombres, después de haber visto la liberación de los endemoniados, no eligieron a Dios, sino sus bienes. Temieron perder otras posesiones y por eso pidieron al Señor que se retirara de su territorio (cf. Mt 8, 34).

¡Cuántas gracias se habrán perdido aquel día! ¡Cuántas oportunidades de encontrar la verdad, de recuperar la salud del cuerpo o del alma, de recibir la luz de la conversión! Todo eso quedó cerrado porque vieron antes la inconveniencia económica de la presencia de Cristo que la visita misericordiosa de Dios.

También a nosotros puede sucedernos algo semejante. Muchas veces no aceptamos del todo el mensaje del Evangelio, o ni siquiera nos acercamos a él, porque sabemos que el Señor nos pedirá algo. Nos pedirá una renuncia, una decisión, una conversión concreta. Y es verdad: no hay que ocultarlo. Con toda seguridad el Señor nos pedirá que dejemos algo. Pero, al mismo tiempo, Él se dará a nosotros.

Aquel pueblo quizá logró conservar sus bienes y evitar nuevas pérdidas. Pero perdió a Jesucristo. Que nosotros prefiramos perderlo todo antes que perder a Cristo.

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