Segundo: Ahora bien, la Tierra, el Sol, la Luna, las estrellas, recorren continuamente órbitas inmensas sin chocar jamás unas con otras. La Tierra es una esfera colosal, de 40.000 km. de circunferencia, que realiza una rotación completa sobre sí misma durante cada 24 horas, moviéndose los puntos situados sobre el ecuador con la velocidad de 28 km. por minuto. En 365 días da una vuelta completa alrededor del Sol, marchando a una velocidad de unos 30 km. por segundo. Todos los demás planetas realizan movimientos análogos. Y si miramos a nuestra Tierra, vemos que en ella todo es movimiento: los vientos, los ríos, las mareas, la germinación de las plantas....
Tercero: Todo movimiento supone un motor; y como no se puede suponer una serie infinita de motores que se comuniquen el movimiento unos a otros, puesto que tan imposible un número concreto infinito como un bastón sin extremos, hemos de llegar necesariamente a un primer ser que comunique el movimiento sin haberlo recibido: hemos de llegar a un primer motor que no sea movido. Ahora bien, este primer ser, esta primera causa del movimiento, es Dios, a quien justamente podemos llamar el primer motor del universo.
¿Prueba la existencia de Dios el orden que reina en el universo?
Sí, todo lo que se hace con orden, supone una inteligencia ordenadora; y cuanto más grandiosa es la obra y más perfecto es el orden, tanto mayor y más poderosa es esa inteligencia.
Ahora bien, en todo el universo y en sus menores detalles existe un orden sorprendente. Luego podemos deducir que existe un supremo ordenador y una suprema inteligencia, a quien llamamos Dios.
Primero: No se da efecto sin causa, ni orden sin una inteligencia ordenadora. Si arrojamos sobre el suelo un montón de letras mezcladas, ¿acaso podrán producir un libro si no hay una inteligencia que las ordene? De ninguna manera. Juntemos en una caja todas las piezas de un reloj; ¿acaso llegarán a colocarse por sí solas en el sitio que les corresponde, para iniciar el movimiento y marcar las horas? ¡Jamás!
Segundo: El orden que reina en el universo es perfecto: a cada cosa corresponde un lugar. El día sucede a la noche, y la noche al día; las estaciones se suceden unas a otras. La Tierra, los cielos, las estrellas, los diversos elementos del universo, todo se encadena, todo concurre a la armonía maravillosa del conjunto. La consecuencia es esta: este orden tan admirable supone un ordenador.
Algunos dicen: este orden del mundo, sus combinaciones tan complicadas, esta armonía que admiramos son efectos de la casualidad. Nada más absurdo y falto de razón. La casualidad no es más que una palabra, hija de la ignorancia, con que se pretende explicar aquello cuya causa se desconoce. Otros dicen que ello se da por consecuencia de las fuerzas o leyes naturales. Eso es correcto, pero, precisamente, la existencia de esas leyes, suponen la existencia de Dios, pues no hay ley si no existe un legislador. ¿Quién ha dictado esas leyes?... ¿Quién las mantiene?... ¿Quién las dirige?... La materia es, de suyo, inerte; luego existe un ser distinto que la mueve. La materia es ciega; luego existe un ser inteligente que la guíe, ya que todo marcha en un orden perfecto.
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