El culto a los santos ángeles: lo que la Iglesia enseña y lo que conviene evitar
La devoción a los ángeles es antiquísima y legítima, pero tiene reglas. El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia señala su fundamento y también sus desviaciones. Una guía breve para venerar bien a San Miguel y a los santos ángeles.
La devoción a los santos ángeles acompaña a la Iglesia desde sus orígenes. Es bíblica, es litúrgica y es popular. Pero precisamente porque toca una región del mundo invisible que no podemos verificar con los sentidos, es también una de las devociones más expuestas a deformarse: basta un paso en falso para pasar de la fe a la fantasía, y de la piedad a la superstición.
La Iglesia no ha dejado este terreno sin señalización. El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, publicado en 2002 por la entonces Congregación para el Culto Divino, dedica a los ángeles los números 213 a 217, y lo hace con un método admirable: primero el fundamento, después la práctica, y al final las desviaciones. Vale la pena recorrerlo.
1. El fundamento: una verdad de fe
El Directorio comienza por lo primero (n. 213): la existencia de seres espirituales, no corporales, que la Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. No es una opinión piadosa ni un adorno de la imaginación religiosa.
El Concilio IV de Letrán (1215) lo definió al hablar de la creación: Dios creó de la nada, desde el principio del tiempo, «utramque de nihilo condidit creaturam, spiritualem et corporalem» («creó de la nada ambas criaturas, la espiritual y la corporal»). Los ángeles son, pues, criaturas: no dioses menores, no fuerzas, no energías. El Catecismo de la Iglesia Católica recoge la doctrina en los nn. 328-336.
Santo Tomás dedica a esta materia un tratado entero de la Suma Teológica (I, qq. 50-64 y 106-114), y su punto de partida es riguroso: son espíritus puros, es decir, sustancias intelectuales sin materia. De ahí se siguen consecuencias muy prácticas, como que un ángel no tiene cuerpo, no ocupa lugar al modo de los cuerpos y no deja restos: por eso, dicho sea de paso, no existen reliquias de ángeles en el sentido propio del término.
2. La Escritura: lo que hacen los ángeles
El n. 214 del Directorio recorre la acción de los ángeles en la historia de la salvación: guardan el paraíso, acompañan al pueblo, protegen a los justos, anuncian nacimientos, alaban a Dios sin cesar, y están presentes en los momentos decisivos de la vida del Señor —la Anunciación, el Nacimiento, la agonía de Getsemaní, la Resurrección, la Ascensión—.
Un rasgo atraviesa todas esas apariciones: el ángel nunca se predica a sí mismo. Su nombre lo dice, porque ángel no designa su naturaleza sino su oficio: es el enviado, el mensajero. En el caso de San Miguel el nombre es todavía más explícito: Mi-ka-El, «¿Quién como Dios?». Su identidad entera consiste en una pregunta que remite a Otro.
3. La liturgia: el lugar propio del culto
El n. 215 recuerda que la veneración de los ángeles tiene su sitio primero en la liturgia, no en las devociones privadas. La Iglesia latina celebra:
- 29 de septiembre: fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. La fecha proviene de la dedicación de la basílica romana de San Miguel en la vía Salaria y está asociada también a la dedicación del santuario del Monte Gargano.
- 2 de octubre: memoria de los Santos Ángeles Custodios.
- En todas las Misas, el prefacio nos une al canto de los ángeles antes del Sanctus: la asamblea no canta junto a ellos por licencia poética, sino porque la liturgia terrena participa realmente de la celestial.
Antiguamente se celebraba además, el 8 de mayo, la Apparitio Sancti Michaelis, memoria de la aparición del Gargano.
4. La piedad popular: expresiones legítimas
El n. 216 reconoce y alienta la devoción popular a los ángeles: santuarios, himnos, procesiones y, de modo especial, la devoción al Ángel Custodio, que el Directorio apoya en la enseñanza de san Basilio Magno y de san Bernardo de Claraval.
Entre las prácticas sanas y probadas están:
- La oración a San Miguel compuesta por el papa León XIII, breve y de una sobriedad ejemplar.
- La Coronilla de San Miguel Arcángel, estructurada sobre los nueve coros angélicos.
- La «Cuaresma de San Miguel», práctica penitencial que va del 15 de agosto al 29 de septiembre.
- El uso de sacramentales —medallas, imágenes, bendiciones— entendidos rectamente.
5. Las desviaciones: el número clave
El n. 217 es el más útil de todo el apartado, porque nombra con precisión lo que hay que evitar. Sintetizamos sus advertencias y añadimos las que la experiencia pastoral confirma:
a) Convertir la vida cristiana en una lucha cósmica automática
El Directorio rechaza las representaciones en las que el mundo aparece como escenario de una pugna entre espíritus buenos y malos en la que el hombre queda reducido a espectador o a botín. Eso anula la responsabilidad moral del fiel. Si todo mal es «un ataque», ya nada es pecado propio; y si nada es pecado propio, sobra la conversión. La angelología mal entendida puede volverse una coartada.
b) Poner nombres a los ángeles
La Escritura da tres nombres: Miguel, Gabriel y Rafael. Nombrar a otros ángeles —los que circulan en literatura esotérica y en apócrifos— está expresamente desaconsejado. Nombrar es una forma de familiaridad, y no tenemos autoridad para establecerla donde Dios no la reveló.
c) Deslizarse hacia la magia
Es la desviación más frecuente hoy. Se reconoce por un síntoma claro: cuando el objeto, la fórmula o el número de repeticiones pasan a ser la causa del efecto. Oraciones que «no fallan», medallas que «protegen» por sí mismas, cadenas que hay que reenviar. El Catecismo lo llama por su nombre: «atribuir una eficacia mágica a ciertas prácticas, por lo demás legítimas o necesarias» (n. 2111).
d) Confundir a los ángeles con los difuntos
Los ángeles no son almas de personas fallecidas. Son un orden distinto de criaturas. La frase piadosa «ya tiene un ángel más en el cielo» es consoladora y falsa, y no conviene alimentarla.
e) Rendir a los ángeles un culto que no les corresponde
A Dios se le debe adoración (culto de latría); a los ángeles y a los santos, veneración (culto de dulía). San Pablo ya advirtió sobre un culto a los ángeles desviado (Col 2, 18). Y el Apocalipsis conserva una escena que es casi un manual: cuando Juan se postra ante el ángel, este lo levanta y le dice «Deum adora» («Adora a Dios», Ap 22, 9).
6. Un criterio de discernimiento
Si tuviéramos que reducir todo esto a una regla práctica, sería esta: una devoción angélica es sana cuando te lleva a Dios y te deja más responsable; es enferma cuando te deja tranquilo contigo mismo y dependiente de un objeto.
La primera te empuja a la confesión, a la Misa, a la caridad concreta y al examen de conciencia. La segunda te empuja a coleccionar protecciones. La primera hace más adulta la fe; la segunda la infantiliza.
San Miguel, que no tiene otra cosa que decir sino «¿Quién como Dios?», es el mejor maestro en esto. Quien lo venera de verdad termina mirando a donde él mira.
Puedes complementar esta lectura con nuestros artículos sobre el santuario del Monte Gargano y sobre la espada de San Miguel: qué es y qué no es.
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