El combate contra la acedia o flojera espiritual
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El combate contra la acedia o flojera espiritual

La acedia es la flojera o la pereza en el plano espiritual y religioso. ¿Cómo vencer ese vicio?

FormacionCatolica.org
Actualizado el 25 de agosto de 2026
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La acedia es la flojera o la pereza en el plano espiritual y religioso. ¿Cómo vencer ese vicio?

En la clase de hoy, hablaremos sobre este vicio, las formas cómo se presenta y los medios para poder combatirlo y vencerlo.

La acedia es la flojera o la pereza en el plano espiritual y religioso. Oímos la Palabra del Señor, no obstante nos da cansancio cumplirla. Esta acedia, algunas veces se acompaña de una cierta tristeza, que nos confunde y nos pone lento para los ejercicios que necesita el espíritu y por general, culpamos a la fatiga corporal. En todo caso, no deja de ser negligencia y en muchos casos indolencia, por tanto nos aleja de la virtud de la caridad con nuestros hermanos, a quienes les dejamos de lado por la acedia.

El Catecismo de la Iglesia Católica dice lo siguiente sobre la acedia: «Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios. La indiferencia descuida o rechaza la consideración de la caridad divina; desprecia su acción preveniente y niega su fuerza. La ingratitud omite o se niega a reconocer la caridad divina y devolverle amor por amor. La tibieza es una vacilación o negligencia en responder al amor divino; puede implicar la negación a entregarse al movimiento de la caridad. La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino. El odio a Dios tiene su origen en el orgullo; se opone al amor de Dios cuya bondad niega y lo maldice porque condena el pecado e inflige penas» (CIC 2094). En síntesis, es un pecado contra el amor de Dios y, por ende, contra el Primer Mandamiento.

De la acedia se originan los seis pecados siguientes:

- Malicia propiamente dicha. El término designa, «indignación y odio contra los mismos bienes espirituales». Es un punto probablemente no querido ni sospechado por el acidioso, pero en el que lógicamente puede desembocar el resentimiento y animadversión que experimenta (cuando no es combatido) por los bienes espirituales o las personas que con ellos nos relacionan: se empieza por «amar menos», se sigue por «preferir» otra cosa a los bienes espirituales; puede terminar por odiar aquello que ya desistimos de conseguir o buscar.

- Rencor o amargura. Santo Tomás entiende esta expresión como «indignación contra las personas que nos obligan contra nuestra voluntad a los bienes espirituales que nos contristan». Es decir, los superiores en la vida religiosa, y, para los perezosos en general, los virtuosos. Los primeros porque tienen autoridad para exigirnos el cumplimiento de la virtud. Los segundos porque el virtuoso, como el santo, «acusa» con su virtud eminente la desidia de los flojos.

- Pusilanimidad. La acedia engendra la «pusilanimidad y cobardía de corazón para acometer cosas grandes y arduas empresas". El tedio a la dificultad que comporta la virtud (al menos en los comienzos de la vida austera) engendra miedo al trabajo y a la perseverancia en las buenas obras y consecuentemente el ánimo se achica o se viene abajo.

- Desesperación. Ha de entenderse como el natural fastidio y consecuente huida de aquella obra difícil que produce tristeza. El fastidio y el aburrimiento no combatidos (al menos mediante la perseverancia y firmeza en no abandonar la obra comenzada o el deber contraído) pueden terminar en el abandono, en la desesperación de no poder llevar adelante tales obligaciones.

- Incumplimiento de los preceptos. Primero voluntariamente (ociosidad y somnolencia voluntarias ante los deberes de estado o simplemente ante los mandamientos divinos), y a la postre como una imposibilidad de obrar el deber fruto de la indiferencia adquirida.

Remedios contra la Acedia

- Hay que meditar valorar como bienes reales para nosotros los dones sobrenaturales con que Dios nos agracia.  Dice Santo Tomás: «Cuando pensamos más en los bienes espirituales, más nos agradan, y más de prisa desaparece el tedio que el conocerlos superficialmente provocaba».
- La acedia es pecado contra la caridad; se vence pues haciendo crecer la caridad hacia Dios y los dones por los que Dios se nos participa: la gracia, los dones del Espíritu Santo, los mandamientos divinos, los consejos evangélicos.
- Como la tentación de la acedia puede ser parte de las desolaciones con que Dios purifica el alma, conviene también considerar todos los motivos por los cuales la desolación nos es provechosa: como purificación de nuestros pecados, para que experimentemos realmente lo que es de Dios en nosotros y los límites que tiene nuestra acción sin la ayuda y consuelo de Dios, para reparar nuestras negligencia y lentitudes, y para hacernos crecer en la humildad.
- Como la acedia es un modo de pereza, valen para ella los remedios generales para este defecto: la firmeza de propósitos; el combate decidido contra el ocio obrando por medio de la lectura espiritual, la Salmodia, el trabajo manual, la oración y las obras buenas de todo género.
- Siendo también una forma de sensualidad se la combate también con la mortificación, especialmente mortificando aquello que es más propio de la acedia: la constante movilidad, la curiosidad, la verbosidad, etc.
-Pero fundamentalmente la acidia se purifica en la «noche pasiva del sentido» es decir, en las purificaciones a las que Dios sujeta al alma. Se trata de una gracia purificadora a la que el alma debe responder por medio de su docilidad y paciencia. 



Aula En Vivo emitida el 14 de marzo de 2022.

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