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Recitación del Vía Crucis con el Padre Miguel Martínez, meditando las bellísimas estaciones de la Iglesia de Notre-Dame-des-Champs.

El Vía Crucis, devoción antiquísima y hondamente arraigada en el alma del pueblo cristiano, surge del deseo de meditar y sentir auténticamente la pasión y muerte de Jesucristo.

En la muerte de Cristo descubren los creyentes la prueba definitiva del amor infinito del Padre hacia el mundo. He aquí la gran paradoja cristiana: A través de la pasión y muerte del del hijo de Dios nos llega la justificación de vida a todos los que éramos hijos de maldición.

Ante los sufrimientos de Jesús, el corazón del cristiano adopta necesariamente una actitud penitencial. La cruz del Señor se levanta en medio de la Iglesia como el signo por excelencia de la salvación. La fe en la cruz victoriosa es el fundamento de la esperanza y el acicate de una continua y profunda conversión interior.

Vía Crucis

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Señor mío, Jesucristo…

Exhortación:
Hermanos dispongámonos a contemplar la pasión y la muerte de nuestro Salvador para mejor comprender la grandeza del amor de Dios y la gravedad del pecado. Unamos al arrepentimiento la gratitud y el compromiso de una vida vivida en el amor.

Al principio de cada estación:

  • Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
  • Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

I Estación: Jesús es condenado a muerte

Pilato sacó afuera a Jesús y dijo a los judíos: «Ahí tenéis a vuestro rey». Pero ellos gritaron: «¡Quita, quita! ¡Crucifícale!» Entonces se lo entregó para que lo crucificaran (Mateo 27, 22-23).

«La doctrina de la cruz de Cristo es necedad para los que se pierden, pero es poder de Dios para los que se salvan» (1 Corintios 1, 18).

Dios omnipotente y eterno, que has dado como modelo a los hombres a Cristo, tu Hijo, nuestro Salvador, hecho hombre y humillado hasta la muerte de cruz; haz que tengamos siempre presente la enseñanza de su pasión para participar en la gloria de la resurrección. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

Padrenuestro.

II Estación: Jesús carga con la cruz

«Jesús, tomando la cruz, salió hacia el lugar llamado de la Calavera, que en hebreo se dice Gólgota» (Juan 19, 16-17).

Mira con amor, Padre, a esta familia tuya, por la que nuestro Señor Jesucristo no dudó en entregarse en mano de sus enemigos y padecer el suplicio de la cruz. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Padrenuestro.

III Estación: Jesús cae por primera vez

«El castigo que nos trae la salvación se ha abatido sobre él; por sus llagas hemos sido salvados» (Isaías 53, 5).

«Señor, tu mano ha bajado sobre mí. Estoy abatido y soy débil. Mi corazón palpita, me abandonan las fuerzas, se apaga la luz en mis ojos. Mis amigos están lejos: estoy a punto de caer».

Mira, Dios omnipotente, la humanidad abatida por su debilidad mortal y haz que se reavive por la pasión de tu único Hijo. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Padrenuestro.

IV Estación: Jesús encuentra a su Madre

Simeón dijo a María, la Madre de Jesús: «Él ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, signo de contradicción. Y una espada atravesará tu alma». (Lucas 2, 34-35.51)

«Los que pasáis por el camino, ¡paraos! ¡Ved si hay dolor semejante al mío!» (Lamentaciones 1,12).

¡Oh Dios!, haz que tu Iglesia, unida con María a la pasión de Cristo, participe en la gloria de la resurrección. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

Padrenuestro.

V Estación: Simón Cirineo ayuda a Jesús

Cuando salían de la ciudad, encontraron un hombre de Cirene y le mandaron llevar la cruz de Jesús (Lucas 23, 26).

«El que no toma su cruz y me sigue –dice el Señor– no es digno de mí» (Mateo 16, 24).

«Hermanos, llevad los unos el peso de los otros, así cumpliréis la ley de Cristo» (Gálatas 6, 2).

¡Oh Dios!, que unes la Iglesia a los sufrimientos de Cristo, concede a quien sufre a causa de tu nombre el espíritu de paciencia y de amor. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

Padrenuestro.

VI Estación: La Verónica limpia el rostro de Jesús

De ti ha dicho mi corazón: «Buscad su rostro; yo busco tu rostro, Señor. No me escondas tu rostro» (Salmos 26, 8-9) 

«Muchos se asustaron de Él, estaba tan desfigurado… No tiene parecer ni belleza para atraer nuestras miradas. Despreciado y desecho de los hombres, varón de dolores que conoce bien el dolor, como uno ante quien se vuelve el rostro» (Isaías 53, 2-3) .

¡Oh Dios!, renuévanos a semejanza de tu Hijo; y así como llevamos en nosotros, por nuestro nacimiento, la imagen del hombre terreno, haz que por la acción de tu Espíritu llevemos la imagen del hombre celeste. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

Padrenuestro.

VII Estación: Jesús cae por segunda vez

«El Señor hizo recaer sobre Él nuestra iniquidad. Maltratado, se dejó humillar y no abrió su boca; era como un cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los esquiladores» (Isaías 53, 6-7).

«¡Sálvame, oh Dios!; estoy en el fango y no tengo ayuda: he caído. Por ti soporto el insulto, y la vergüenza me cubre el rostro» (Salmo 69,  2-3 .8).

Mira con bondad paternal, Dios omnipotente, la debilidad de tus hijos, y extiende tu brazo invencible para protegernos y defendernos. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

Padrenuestro.

VIII Estación: Jesús y las mujeres de Jerusalén

«Le seguía una gran muchedumbre del pueblo y de mujeres que se herían y se lamentaban por Él. Vuelto a ellas, Jesús dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos, porque días vendrán en que se dirá: Dichosas las estéril y los vientres que no engendraron, y los pechos que no amamantaron. Entonces dirán a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Ocultadnos, porque si esto se hace con el leño verde, en el seco, ¿qué será?”» (Lucas 23, 28-31).

¡Oh Dios!, que prefieres ser misericordioso con los que esperan en Ti; concédenos llorar como se debe los pecados cometidos y merecer la gracia de tu gloria. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

Padrenuestro.

IX Estación: Tercera caída

«Se alegran de mi caída, se reúnen contra mí para golpearme. Me laceran sin cesar. me ponen a prueba, escarnio sobre escarnio, rechinan sus dientes contra mí».
«Nosotros que somos fuertes tenemos el deber de soportar la falta de firmeza de los débiles, sin complacernos. Que cada uno de nosotros intente complacer al prójimo con el bien, para edificarlo»
(Romanos 15, 1-2).

Perdona nuestros pecados, Señor, y en tu misericordia rompe las cadenas que nos tienen prisioneros a causa de nuestras culpas, y condúcenos a la libertad que Cristo nos ha conquistado. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Padrenuestro.

X Estación: Jesús, despojado de sus vestidos

«Los soldados cogieron sus vestidos e hicieron cuatro partes: una para cada uno de los soldados. Después cogieron la túnica, pero como era sin costuras, toda tejida de una vez, se dijeron: “No las rasguemos, sino echemos a suerte a ver a quién toca”. A fin de que se cumpliese la Escritura que dice: “Se dividieron mis vestidos y echaron suerte sobre mi túnica”» (Juan 19, 23).

«También vosotros habéis sido despojados del hombre viejo y os habéis revestido del hombre nuevo» (Efesios 4,22-23).

Señor, te damos gracias porque en la pasión redentora de tu Hijo renuevas el universo y das al hombre el verdadero sentido de tu gloria; en el poder misterioso de la cruz juzgas al mundo y haces brillar el poder real de Cristo crucificado. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Padrenuestro.

XI Estación: Jesús clavado en la cruz

«Crucificaron a Jesús en el lugar llamado de la Calavera. Jesús decía: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. Encima de la cruz pusieron escrito el motivo de la condena: “Este es Jesús, el Rey de los judíos”. Los que pasaban, los sumos sacerdotes con los escribas y los que habían sido crucificados con Él lo insultaban. Al mediodía, la tierra se oscureció, hasta las tres de la tarde» (Lucas 23, 34-38. 44) .

¡Oh Padre misericordioso!, que has querido que tu Hijo sufriese por nosotros el suplicio de la cruz para librar del poder del enemigo; concédenos llegar a la gloria de la resurrección. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

Padrenuestro.

XII Estación: Jesús muere en la cruz

«El velo del templo se rasgó en dos. Jesús, gritando con gran voz,dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Dicho esto, expiró. Entonces el centurión que estaba delante, al verle expirar de aquel modo, dijo: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”» (Lucas 23, 44-47).

«Dios demuestra su amor hacia nosotros porque, mientras éramos aún pecadores, Cristo ha muerto por nosotros. Con mayor razón, ahora, justificados por su sangre, seremos salvados de la ira por Él» (Romanos 5, 8).

¡Oh Padre!, que has querido salvar a los hombres con la muerte en la cruz de Cristo, tu Hijo; concédenos, a los que hemos conocido en la tierra su misterio de amor, gozar los frutos de la redención en el cielo. Por el mismo Cristo, nuestro Señor. Amén.

Padrenuestro.

XIII Estación: Jesús en brazos de su Madre

«Estaban junto a la cruz de Jesús su Madre, y la hermana de su Madre, María la de Cleofás y María Magdalena. Vinieron, pues, los soldados, pero llegando a Jesús, como le vieron ya muerto, uno de ellos le atravesó con su lanza, y al instante salió sangre y agua. Después de esto rogó a Pilato, José de Arimatea, que le permitiese tomar el cuerpo de Jesús, y Pilato se lo permitió. Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo fajaron con vendas y aromas según es costumbre sepultar entre los judíos». (Juan 19, 25. 33-34. 38)

¡Oh Dios!, que has renovado el mundo con la gloriosa pasión de tu Hijo, conserva en nosotros la obra de tu misericordia, para que el continuo recuerdo de este gran misterio nos consagre siempre a tu servicio. Por Cristo, Señor nuestro. Amén.

Padrenuestro.

XIV Estación: Entierro de Jesús

«José de Arimatea tomó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana y lo colocó en el sepulcro nuevo, excavado en la piedra. Después corrió la piedra y se marchó. Pero junto al sepulcro estaban María Magdalena y la otra María, sentadas delante del sepulcro»  (Mateo 27, 59-61).

«¿No sabéis que cuantos han sido bautizados en Cristo Jesús, han sido bautizados en su muerte? Por medio del bautismo hemos sido sepultados junto con Él en la muerte, para que lo mismo que Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros podamos caminar en una vida nueva» (Romanos 6, 3-4).

Dios omnipotente y eterno, tu único Hijo bajó hasta las profundidades de la tierra y subió a los cielos; concédenos a nosotros, tus hijos, que en el bautismo hemos sido bautizados por Él en la muerte, alcanzar junto con Él la vida eterna. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Padrenuestro.

Oración Final

Descienda, Señor, tu bendición sobre este pueblo que ha conmemorado la muerte de tu Hijo en la esperanza de resucitar con Él; que vengan el perdón y el consuelo, crezca la fe y se refuerce la certeza de la redención eterna. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

Padre Miguel Martínez

Sacerdote. De la Comunidad Misionera de Jesús en la Diócesis de Ciudad del Este. Mi apostolado principal ha sido la formación de la juventud y de los laicos en general. Mis áreas de interés en el estudio son la Filosofía, la Liturgia y las Sagradas Escrituras.

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Padre Miguel Martínez

Sacerdote. De la Comunidad Misionera de Jesús en la Diócesis de Ciudad del Este. Mi apostolado principal ha sido la formación de la juventud y de los laicos en general. Mis áreas de interés en el estudio son la Filosofía, la Liturgia y las Sagradas Escrituras.