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Cerramos el ciclo sobre las Vocaciones del Padre Emvin Busuttil. En este último apartado el autor dejar una importante mensaje a los Sacerdotes y a los Superiores Religiosos: «Nosotros solemos preparar a los jóvenes para que escuchen atentamente la voz de Dios, pero ¿hemos pensado que los padres también tienen necesidad de ser preparados?»


Está introducida entre nosotros la costumbre y aún quizá la regla de no aceptar en la religión a los que las leyes civiles consideran como menores si no tienen el permiso de sus padres o del que hace sus veces. Y con esto, sucede bastante frecuentemente que jóvenes provistos de verdadera vocación, prontos, por su parte, a cualquier sacrificio, aún el de abandonarlo todo de una manera enérgica, son frenados por nosotros por causa de ese obstáculo insuperable: el permiso de los padres. El joven batalla, lucha, a veces se supera a sí mismo, pero todo es inútil: el papá no cede, la mamá es insensible.

¿Y entonces qué? Pues… ¡ha de esperar! ¿Y luego, después de un año?, ¡esperar!, ¿y más tarde? ¡Esperar todavía! La mayoría de las veces la voluntad del joven, antes tan fuerte y llena de entusiasmo, empieza a debilitarse frente a la desilusión del fracaso y ante la seguridad de que sus padres no cederán nunca. De parte de los superiores no recibe ningún aliento; ve cómo entran sus compañeros; mientras para él falta todavía algo que «es necesario».

Los pocos que resisten llegan al Noviciado disgustados, cansados de aquella lucha enervante, sin entusiasmo y muchas veces son propensos a enfermedades nerviosas causadas por la tensión que han tenido que sostener durante meses o años de su juventud.

La mayoría después de algún año de lucha, se consideran como engañados por los superiores que no buscan realmente su bien sino que quieren antes que nada ahorrarse fastidios y ponerse a seguro de la oposición de los padres.

Y sin embargo, se trata de vocaciones verdaderas y con mucha frecuencia magníficas. Se trata de jóvenes volitivos, capaces de defender el propio ideal aún en una lucha ruda y dolorosísima en su corazón de hijos.

Y ¿os parece justo todo esto? ¿Os parece justo que, en definitiva, el joven haya de depender del permiso de sus padres para poder realizar su vocación?.

En el Evangelio aparece claro que este permiso no se exige por parte de Dios:

1) Al joven, Jesús le dice sin más: «Si quieres». Y no añade: «y te lo permiten tus padres».
2) Él mismo, menor de edad, se quedó en el templo, sin pedir el permiso de los suyos.
3) Uno quería ir a enterrar a su padre, lo cual quizás significa que quería quedarse en su casa con su padre hasta que éste muriese, pero Jesús no se lo permitió.
4) Otro quería ir a saludar a los suyos y avisarles que iba a irse con Jesús, y el Maestro le responde: «Ninguno que vuelve la cabeza atrás después de haber puesto la mano en el arado es apto para el reino de los cielos».
5) En todos los llamamientos de los Apóstoles y de los discípulos no encontramos ni siquiera una indicación a sus padres. Para ninguno de ellos el permiso de los padres se consideró como un requisito, ni la falta de éste un obstáculo a su llamamiento. Además vemos cómo muchos Santos han obrado puramente y según el espíritu del Evangelio. Santa Rosalía se escapó de su casa y fue a vivir en una gruta sobre el monte Pellegrino (Palermo); San Estanislao de Kostka ni siquiera pidió permiso… porque sabía que hubiera sido inútil discutir con los suyos; San Luis Gonzaga probó una vez a quedarse en el colegio de los Padres jesuitas sin el permiso de su progenitor, pero el Padre Rector, temiendo que el Señor Marqués se vengase contra la Orden, le mandó atrás y le obligó a emprender una lucha dolorosísima. Y a los tres años obtuvo finalmente el tan suspirado permiso.

Séanos lícito preguntar ¿el método actual nuestro de exigir por fuerza el permiso de los padres es propiamente según el espíritu del Evangelio y según la libertad que Dios quiere dar a los jóvenes respecto de su vocación? No quiero decir que todos hayan de irse sin el permiso de sus padres, pero quizá sea necesario ser menos rígidos en la posición tomada y dar a algunos la posibilidad de renovar los heroísmos de los Santos que honraron la Iglesia con los ejemplos de su fortaleza.

No es mi intención dar una solución; dejo ésta a alguien más prudente que yo y más versado en cuestiones de derecho y de ética. Solamente he querido hacer oír un grito de angustia en nombre de miles de jóvenes que han perdido la vocación o que prevén que la perderán por causa de nuestro proceder.

Nosotros solemos preparar a los jóvenes para que escuchen atentamente la voz de Dios, pero ¿hemos pensado que los padres también tienen necesidad de ser preparados?

 

Si no por otra cosa, tratemos de ayudar al joven más eficazmente que con decirle simplemente: «¡Has de rogar y esperar!». Casi nunca hacemos nada, no porque no nos parezca Voluntad de Dios el insistir, sino porque no tenemos valor para atraernos una odiosidad o sufrir la humillación de una derrota.

Alguno dirá: «¡Los jóvenes que entran en la religión sin el permiso de sus padres no perseveran!». ¡Falso! Muchos perseveran y llegan a ser sacerdotes valerosos que hacen observar las leyes emanadas por los Obispos y saben hablar claro cuando explican el Evangelio. Pero ¿cuántos de los que entran en religión con todos los permisos y consentimientos no perseveran?; y hecha la proporción, ¿en qué categoría se lamenta mayor el número de defecciones?

Termino dando un consejo… innocuo. Nosotros muchas veces hablamos de vocación a los jóvenes (¡cuando hablamos!) ¿Por qué no hablamos también al pueblo, a los padres? Si hablásemos más, poco a poco iría desapareciendo ese terror que tienen muchos padres de ver a sus hijos religiosos. Nosotros solemos preparar a los jóvenes para que escuchen atentamente la voz de Dios, pero ¿hemos pensado que los padres también tienen necesidad de ser preparados?

Si hablásemos con más frecuencia, muchas dificultades e incomprensiones desaparecerían y los jóvenes serían más ayudados para hacerse religiosos, sin necesidad de ser odiados, desheredados o echados de casa como si fuesen traidores sin corazón.

¡Por lo menos deberíamos hacer esto! Pero podemos hacer muchísimo más.

 

ALGUNOS LIBROS SOBRE VOCACIONES

* SU SANTIDAD PÍO XII, Encíclica Sacra Virginitas.
* SANTO TOMÁS DE AQUINO, El ingreso en la vida religiosa.
* SAN JUAN CRISOSTOMO, Los seis libros sobre el sacerdocio.
* SAN FRANCISCO DE SALES, Directorio de religiosas.
* SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, Avisos sobre la vocación religiosa.
* SAN ANTONIO MARÍA CLARET, La vocación de los niños. Cómo se ha de educar e instruir.
* LUIS DE LA PUENTE, Tratado de la perfección en todos los estados .Estado religioso y estado eclesiástico.
* MARTÍN LARRAYOZ, La vocación al sacerdocio según la doctrina del Beato Juan de Ávila.
* JACQUES LECLERCQ (Pbro.), La vocación religiosa. Examen amplio y moderno.
* ENRIQUE BARAGLI, S.I., ¡Bifurcación! Reglas para la elección de estado y exposición del ideal religioso.
* GUILLERMO DOYLE, S.I. , Ven sígueme. Visión certera del llamamiento divino.

¿Seré yo sacerdote? Orientaciones para quien fluctue en tema de tanta trascendencia.

 

«Las Vocaciones. Encontrarlas, Examinarlas y Probarlas»
Del Padre Emvin Busuttil, S.I. Editado por Formación Católica

 

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