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La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno"

Vivimos el triste espectáculo de un mundo que ya no cree en la existencia del infierno; que ya no cree en un Dios que juzgará a un hombre a quien ha dado la plena libertad de aceptarlo como Dios o darle la espalda y rechazar su amor al final de su vida y que el único lugar posible dentro de la justicia divina para aquel que ha rechazado a Dios es el Infierno, el sufrimiento eterno y la no visión de su inefable creador.

¿El infierno existe?

El infierno no es un cuento que la Iglesia ha creado para infundir temor a los cristianos y hacer que vivan sin libertad la fe en Cristo y cumplan los mandamientos; con un «cuento»  como ese no hubieran podido nacer las órdenes contemplativas que surgieron por el deseo de huir del mundo y hacer penitencia para librarse de las penas del infierno; no se hubieran hecho santos muchos de los que hoy están en los altares y que dedicaron grandes penitencias y ayunos para purgar por sus pecados y los de los demás; no se hubieran llenado volúmenes y volúmenes de textos, homilías y exhortaciones para que los cristianos se esfuercen en amar a Dios y llegar al cielo, y no ser contados entre los que insultan a Dios entre las llamas inextinguibles de la gehena.

Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno”

El infierno existe, y no podemos dudar de ello, lo asegura la Iglesia en el Catecismo; leemos en el número 1033: «Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno”». Y en el 1035: «La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno”».

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También lo asegura el Evangelio, pues son varios los pasajes donde el mismo Cristo habla del infierno, por ejemplo, en Mt. 5, 22: «Pero Yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, será condenado por el tribunal. Y todo aquel que lo insulta, será castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, será condenado a la Gehena de fuego». En Mt. 13, 42: «Y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes». En Mt. 10, 28 «No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena». En Mc. 9, 43: «Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la Vida manco, que ir con tus dos manos a la Gehena, al fuego inextinguible». En Mt. 25, 41 «Luego dirá a los de la izquierda: “Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles”».

Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela

Así mismo lo aseguran los Documentos de la Iglesia, entre ellos Lumen Gentium en su parágrafo 48: «Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Para que así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra mereceremos entrar con Él en la boda y ser contados entre los santos y no nos manden ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde “habrá llanto y rechinar de dientes”».   

Y lo atestiguan innumerables santos y aun otros que no los son. Orígenes decía: «Cada pecador enciende en sí la flama de su propio fuego; no es sumergido en un fuego encendido por otros que existieron antes que él. La materia que alimenta este fuego son nuestros pecados». De Santa Faustina leemos: «La mayor parte de las almas que allí están son las que no creían que el infierno existe». San Pío exclamaba: «Los incrédulos creerán en el infierno cuando lleguen allí». Y de C. S. Lewis extraemos estas elocuentes palabras: «A la larga, la respuesta a todos aquellos que objetan la doctrina del infierno, se reduce en su sola pregunta. ¿Qué le está usted pidiendo a Dios que haga? Lavar a toda costa sus antiguos pecados, darle la oportunidad de comenzar de nuevo, aminorar toda dificultad y ofrecerle una ayuda milagrosa… Pues eso es lo que Él ya ha hecho en el Calvario. ¿Cuál es entonces el problema? ¿Perdonarlos? Ellos no quieren ser perdonados. ¿Abandonarlos? ¡Ay, mucho me temo que eso es lo que Él hace!».

¿Conviene hablar del infierno?

Así como a primera pregunta es de cierto modo una pregunta absurda para los católicos, pues la existencia del infierno es un dogma de fe; es decir, que los cristianos han tenido fe de eso a lo largo de los siglos, en todas partes, y preguntarse sobre la necesidad de la predicación del infierno también es una pregunta absurda, porque el mismo Jesucristo como lo hemos visto habló en diversas ocasiones sobre él, los santos hablaron a ejemplo de Jesucristo otro tanto en las diferentes épocas de la Iglesia y la mismísima Madre de Dios no solo habló del infierno sino que mostró a los tres pastorcitos en Fátima ese lugar de tormento. ¿Quiénes somos nosotros para objetar la pedagogía de Jesús, de la Virgen o de los santos?

Conviene que se hable del infierno principalmente por dos motivos; para crear un temor a las privaciones del infierno y como un acto de caridad para con el prójimo. El temor al infierno es el primer peldaño para evitarlo, pero quizás no sea suficiente; al infierno van las almas que ofendieron a Dios, por lo que el siguiente peldaño es el temor -no a las penas del infierno-, sino el temor de ofender a un Dios «tan bueno y tan grande», un Dios que tanto nos ama, «que entregó a su único hijo». El temor de un hijo que teme pasar toda la eternidad sin la más mínima posibilidad de ver el rostro de su padre, ese es el temor que nos tiene que mover a rechazar el pecado para evitar el infierno. Un famoso soneto de autoría controversial canta al respecto:

«No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera».

Y finalmente, hablar del infierno es una obra de gran caridad, porque hablando del infierno puedo ayudar a que mi hermano se libre de ese estado eterno de condenación; Lucía de Fátima decía que ninguna palabra de la Virgen hizo tan bien a las almas de los niños de Fátima que la contemplación del infierno.

El infierno existe, y puede ser nuestro destino eterno; porque en nuestra libertad podemos decir no a la voluntad de Dios; que Él no permita que por nuestros pecados escuchemos al final de nuestra vida, cuando en el Juicio nos sentemos ante el Tribunal eterno aquellas terribles palabras: «Váyanse, malditos, al fuego eterno».☐

Hno. Cristian Alfonso

Hno. Cristian Alfonso

Religioso. Miembro Permanente de la Comunidad Misionera de Jesús. La música y la literatura mueven el mundo, para bien o para mal. Por eso procuro ahondar en estas dos artes, para mover al mundo hacia las altas alturas de la belleza.

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