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San Alfonso había hecho votos de no perder ni un minuto de su tiempo. Y aprovechaba este tesoro hasta lo máximo.

En la vida de muchos santos, su relación con la Santa Madre de Dios ha sido muy intensa y devota, entre ellos ciertamente tenemos que poner a San Alfonso. Él creía que, porque Dios nos ha dado a Jesús por medio de María, para nosotros el camino más seguro para llegar al Señor es por medio de la Santísima Virgen. De hecho, San Alfonso es plenamente «mariano» porque es plenamente «cristológico».


Alfonso nació en Marianella, una ciudad del entonces Reino de Nápoles, el 27 de septiembre de 1696, en el seno de una familia de la nobleza napolitana. Sus padres fueron Don José, Marqués de Ligorio y Capitán de la Armada naval, y Doña Ana Cabalieri. Nuestro santo fue el primogénito de siete hermanos, cuatro varones y tres niñas. Siendo aún niño fue visitado por San Francisco Jerónimo el cual lo bendijo y anunció: «Este chiquitín vivirá 90 años, será obispo y hará mucho bien».

Muy tempranamente dio señales de poseer una inteligencia asombrosa: ya a los 12 años había cumplido con sus estudios primarios y secundarios. En 1708, después de aprobar examen con Giambattista Vicco, famoso jurista y filósofo, ingresó a la Facultad de Derecho de la Universidad de Nápoles, en la que se graduó como doctor en Derecho Civil y en Derecho canónico con la siguiente calificación: Summo cum honore maximisque laudibus et admiratione. Tenía sólo 16 años.

A San Alfonso le enseñaron a rezar ante las imágenes de la Virgen María, y especialmente a rezar el Santo Rosario. Al obtener el doctorado en 1713 en la universidad Nápoles, hizo el «voto de sangre», el voto de defender el privilegio de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Para él esto no fue una simple formalidad. Años después renovó el juramento que había hecho tan solemnemente a los 16 años y en las Glorias de María explicó su significado.

Todo esto no lo dejaba satisfecho, por el gran peligro que en el mundo existe de ofender a Dios.

 

Su padre, que deseaba hacer de él un brillante político, lo hizo estudiar varios idiomas modernos, aprender música, artes y detalles de la vida caballeresca. Y en su profesión de abogado iba obteniendo resaltantes triunfos. Pero todo esto no lo dejaba satisfecho, por el gran peligro que en el mundo existe de ofender a Dios. A sus compañeros les repetía: «Amigos, en el mundo corremos peligro de condenarnos».

Su padre quería casarlo con alguna joven de familia muy distinguida para que formara un hogar de alta clase social. Pero cada vez que le preparaban algún noviazgo, la novia tenía que exclamar: «Muy noble, muy culto, muy atento, pero… ¡Vive más en lo espiritual que en lo material!».

En 1723 tomó un caso que enfrentaba a dos poderosos personajes, en relación con la pertenencia de una propiedad feudal (Amatrice). Por una parte, estaba el Gran Duque de La Toscana y por otra un «gran magnate», que muchos identifican con un miembro de la poderosa familia Orsini. Alfonso tomó la defensa de este último y después de estudiar por más de un mes todos los antecedentes de la causa tuvo la seguridad de que era justa y además de que ganaría sin problemas antes los jueces del Tribunal de Nápoles. Su exposición fue maravillosa, brillante. Sumamente aplaudida. Creía haber obtenido el triunfo para su defendido. Pero apenas terminada su intervención, se le acerca el jefe de la parte contraria, le alarga un papel y le dice: «Todo lo que nos ha dicho con tanta elocuencia cae de su base ante este documento (un documento esencial que daba la razón al Duque)». Alfonso lo lee, y exclama: «Señores, me he equivocado», y sale de la sala diciendo en su interior: «Mundo traidor, ya te he conocido. En adelante no te serviré ni un minuto más».

Todo esto, no sólo lo hizo desconfiar de las vanaglorias del éxito profesional, sino que lo puso en disposición de escuchar que Dios lo llamaba por otro camino, que hasta entonces no había considerado.

 

«Alfonso, apártate del mundo y dedícate sólo a servirme a mí»

 

Años más tarde se dedica a visitar enfermos, y un día en un hospital de incurables le parece que Jesús le dice: «Alfonso, apártate del mundo y dedícate sólo a servirme a mí». Emocionado le responde: «Señor, ¿qué queréis que yo haga?».

En agosto de 1723, el «año de su conversión», después de perder el pleito de Amatrice, y después de haber participado en la novena y en la octava de la Asunción, decidió abandonar el «mundo» y consagrar su vida a Dios, dejando su espada, señal de nobleza, en el altar en la iglesia de nuestra Señora de la Merced. Años más tarde, mirando una imagen de la Virgen de la Merced dijo: «fue ella la que me sacó del mundo y me hizo abrazar el estado clerical».

Él tuvo que sostener una gran lucha espiritual para convencer a su padre, el cual cifraba en este hijo suyo, brillantísimo abogado, toda la esperanza del futuro de su familia. «Fonso mío – le decía llorando – ¿Cómo vas a dejar tu familia? – y él respondía: Padre, el único negocio que ahora me interesa es el de salvar almas». Al fin, a los 30 años de edad logra ser ordenado sacerdote.

Es admirable como a San Alfonso le alcanzaba el tiempo para hacer tantas cosas. Predicaba, confesaba, preparaba misiones y escribía. Hay una explicación: Había hecho votos de no perder ni un minuto de su tiempo. Y aprovechaba este tesoro hasta lo máximo. Al morir deja 111 libros y opúsculos impresos y 2 mil manuscritos. Durante su vida vio 402 ediciones de sus obras. Para su libro más famoso, Las Glorias de María, empezó San Alfonso a recoger materiales cuando tenía 38 años de edad, y terminó de escribirlo a los 54 años, en 1750. Su redacción duró 16 años.

 

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Títulos preferidos por San Alfonso para María

Virgen María y San Alfonso
Su vida estuvo siempre marcada por la constante presencia de la Santísima Virgen María.

Madre

Por encima de todo San Alfonso se refiere a María como «Madre». Sabía muy bien que cuando Jesús desde la cruz confió María al discípulo amado, estaba ante todo confiando el discípulo a su madre. San Alfonso comprendió que Jesucristo estaba enviando a María con una misión: la de ser madre de todos los creyentes. María es misionera. Y es su cuidado maternal lo que proporciona el marco para toda devoción mariana.

Madre de Misericordia

Después del nombre de «Madre» e íntimamente unido a él, Alfonso invoca a María como «Madre de misericordia». Este título se encuentra a todo lo largo de sus escritos, prácticamente en cada página de Las Glorias de María y en muchos de sus sermones y oraciones. Siendo madre, María no puede ser más que «Madre de misericordia». Como alguien ha escrito comentando a Alfonso, en María la justicia de Dios y su compasión/misericordia se encuentran.

 

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Inmaculada Concepción

San Alfonso escogió a la Inmaculada Concepción como patrona de su nuevo instituto (los Redentoristas). Estaba convencido de este único privilegio de Maria, concedido para prepararla para ser un digno templo del Espíritu Santo y Madre de Dios. Pero también creía que este privilegio fue concedido a María como señal de esperanza para nosotros – lo que ella recibió desde el principio es lo que también nosotros esperamos recibir – copiosa redemptio – abundante redención. A María la gracia de la redención la libró de caer. A nosotros la gracia de la redención puede levantarnos después de haber caído.

 

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Alfonso y la práctica pastoral con la Virgen María

En San Alfonso toda su vida de oración, su vida de escritor, su piedad, toda su actividad es esencialmente misionera. Por eso, no es de extrañar que considere a María como la primera y la más grande misionera que debe acompañar a los Redentoristas en todas sus misiones. Está convencido de que la Santísima Virgen María tiene el poder de atraer a los más endurecidos pecadores a Dios y a su divina misericordia. También la compara a Rut, que recoge en el campo las espigas que los segadores habían dejado. Está convencido de que para la Virgen María nadie puede ser pasado por alto por muy pecador que sea, humilde, pobre, abandonado, sin educación o desagradable.

No puede caber duda del amor que San Alfonso sentía por María, la Madre de Jesús. Su vida estuvo siempre marcada por su constante presencia. La sentía como su propia madre. Si se piden más pruebas de esta relación madre-hijo, basta ver sus escritos sobre la Virgen, sus oraciones, los cuadros que pintó, las canciones que le dedicó.

San Alfonso quiere que sus escritos y oraciones a María aumenten la confianza que sus lectores tienen en la copiosa redención, que su amor y su devoción a la Madre de Jesús sean más profundos; quiere corregir los errores y exageraciones de los jansenistas y rigoristas y ofrecer a los predicadores consideraciones útiles para ayudarles no sólo a hablar de María sino también a hablar con ella y así mover a otros a un mayor amor y confianza en ella.

 

Hna. Noelia Gimenez

Religiosa. Miembro permanente de la Comunidad Misionera de Jesús.

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