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Los padres de Santa Teresita son un testimonio clarísimo de familia cristiana según el Evangelio.

Celia Guérin, Madre de Santa Teresita del Niño Jesús, fue una mujer normal y corriente que supo encontrar en su vocación de esposa y de madre la palanca para elevarse a una verdadera santidad. A través de sus cartas supo trasmitir a sus seres queridos su amor incondicional y su mayor anhelo: que todos sus seres queridos gocen de las eternas moradas.


Los que nacimos en una familia medianamente católica, nos acostumbramos a escuchar de nuestra madre que ir a Misa los domingos es «primordial e importante», que debemos «llevar siempre con nosotros algún objeto de piedad» para que nos proteja y, las veces que se pueda, debemos «rezar el Santo Rosario en familia».

Las madres son por antonomasia las educadoras del hogar y las que trasmiten de una manera singular la fe católica a sus hijos; pero una cosa poco común de escuchar en nuestro cotidiano andar, son las expresiones que en su tiempo utilizó Celia Guérin; una santa mujer francesa que nació a finales del siglo XIX, quien junto a su esposo Luis Martin, conformó un hogar donde se vivió de forma íntegra las virtudes cristianas en todos los aspectos.  

En sus escritos se puede apreciar su vida de piedad y de profunda devoción. En una de sus cartas dice a sus hijas: «Tengo que ir, queridas hijas, a las vísperas, para orar por nuestros queridos familiares difuntos. Llegará un día cuando seréis vosotras las que recéis por mí, pero tengo que asegurarme para no tener demasiada necesidad de vuestras oraciones. Quiero ser una santa, no será fácil, hay que trabajarlo y la madera es dura como una piedra. Hubiera sido mejor hacerlo antes, cuando era menos difícil, pero en fin “más vale tarde que nunca”».

Santa Teresita definió a sus progenitores como «padres sin igual, dignos del cielo, tierra santa, impregnada de un perfume virginal»

 

Y no era para menos, porque Celia supo lidiar con los vaivenes de la vida de una manera santa, educando a una familia numerosa, a través de pruebas, muertes y sufrimientos, todo sin desfallecer. «Lo mejor es ponerlo todo en manos de Dios y esperar los acontecimientos con serenidad y abandonándonos a su entera voluntad. Voy a esforzarme por hacerlo» dijo a su cuñada en una de sus cartas.

Cuando Celia recibió de la superiora de las Hijas de la Caridad, un rotundo no como respuesta a su petición de ingreso, señalándole que «no era ésa la voluntad de Dios» la joven dijo «Dios mío, accederé al estado de matrimonio para cumplir con tu santa voluntad. Te ruego, pues, que me concedas muchos hijos y que se consagren a ti».

Efectivamente, la santidad de esta mujer era el suave perfume que la envolvía y la hacía diferente. Años después, revelará a su hija Paulina el motor que la impulsa a vivir su estado de vida de una manera plena: «Cuando tuvimos hijos, nuestras ideas cambiaron un poco. No vivimos más que para ellos, constituían toda nuestra felicidad y sólo en ellos la encontrábamos. Nada nos resultaba ya penoso y el mundo ya no nos era una carga. Para mí, eran la gran compensación y por eso quería tener muchos, para criarlos para el cielo. Cuatro de ellos están ya bien colocados, y los otros, sí, los otros irán también a ese reino celestial, cargados de más méritos, pues habrán luchado más tiempo. (…) ».

Celia y Luis llevaron una vida matrimonial ejemplar: Misa diaria, oración personal y comunitaria, confesión frecuente, participación en la vida parroquial. De su unión nacieron nueve hijos, cuatro de los cuales murieron prematuramente.

Pero no todo fue color de rosas a la hora de criar a la pequeña flor del Carmelo y a sus demás hermanas, ya que Leonida y Teresita sobresalían por sus desmedidos comportamientos. Celia quería lo mejor para sus hijas y se sentía decepcionada cuando el comportamiento que percibía en ellas era menos que santo.

En medio de tantas dificultades, Celia mantuvo un espíritu de esperanza y oración y trabajaba diariamente por la salvación de sus hijas. Quería que fueran santas.

 

Con el tiempo, su esfuerzo dio fruto, ya que todas sus hijas, las cinco, entraron a la vida religiosa. Inesperadamente, las dos hijas por las que Celia se preocupaba más (Teresa y Leonida) fueron reconocidas por sus vidas heroicas y virtuosas. Teresita fue canonizada como santa en 1925 y Leonida fue declarada Sierva de Dios en 2015.

Que todos los hijos podamos decir de nuestra madre lo que Santa Teresita dijo de la suya:  «De mamá me gustaba la sonrisa, la mirada profunda que parecía decir: La eternidad me llena de alegría y me atrae. Quiero ir al cielo a ver a Dios».

 

 

Raquel Almada

Raquel Almada

Soy miembro agregado de la Comunidad Misionera de Jesús. Me formé en Ciencias de la Comunicación y quiero contribuir con lo que sé a la extensión del Reino de los Cielos.

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