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Don Bosco solía decir que alrededor de cada sacerdote gravita un cierto número de almas confiadas a él desde toda la eternidad y que él tiene que salvarlas.

Pensemos un poco y veamos cuáles puedan ser las consecuencias de este no a la vocación; en qué posición sitúan al joven y dónde van a desembocar, por lo común, estas «vocaciones dejadas por capricho».

Consecuencias para la Iglesia y para el mundo

Si San Patricio no hubiera dicho sí a los catorce años, cuando sintió el llamamiento de Dios, ¿sería hoy católica Irlanda? Si San Francisco Javier, que bautizó centenares de miles de paganos, no hubiese respondido a su vocación, ¿dónde hubieran ido a parar todas aquellas almas?.

Y si Don Bosco, Don Orión, San Ignacio de Loyola, San Francisco de Asís y tantos otros Santos hubiesen dicho no a Jesús, ¿dónde estaría hoy todo el bien que han hecho sus instituciones y su santidad?

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San Juan Bosco solía decir que alrededor de cada sacerdote gravita un cierto número de almas confiadas a él desde toda la eternidad y que él tiene que salvarlas. Si él no corresponde, esas almas se quedarán sin pastor. Serán llamados otros jóvenes, es verdad, pero éstos tendrán que salvar «sus» almas.

Hagamos ver al joven cuánto bien dependerá de su SI generoso y leal, y al contrario, cuánta destrucción irreparable puede provenir de un NO egoísta.

Pero la vocación ha de ser probada. ¿Y quién la ha de probar? ¿El director espiritual? No siempre. Ya están las pruebas ordinarias que con gusto llamo «naturales»; si éstas faltan, ha de suplirlas el Padre espiritual.

a) El tiempo

El tiempo no sólo es un gran rastrillo que iguala a todos, sino que además es una de las mejores escribas de las cosas humanas. Pasados los primeros fervores de entusiasmo, pasado el tiempo de la elección y de los frecuentes coloquios, el joven vuelve a su vida ordinaria y poco a poco empieza a ver las cosas según todos los puntos de vista.

Es necesario dar al joven un año desde la elección hasta su entrada en el Noviciado. En este año sucederán muchas cosas: estudios, exámenes, vacaciones, amistades nuevas, tentaciones, sucesos, lecturas; cosas todas que darán un nuevo sentido a su vocación, quizá la harán más sólida, le obligarán a examinarla desde otros puntos de vista, le confirmarán más resueltamente en su propósito; puede ocurrir lo contrario, a saber: que de todo el conjunto el joven empiece a preocuparse, tener miedo, temer que el paso dado en su decisión esté equivocado, y entonces multiplicará de nuevo los coloquios con el Padre espiritual y examinará nuevamente su decisión.

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Todo este complejo de acontecimientos y experiencias internas conseguirán que el joven se dé perfecta cuenta y con calma de lo que hace y de lo que libremente ha escogido. Inútil es decir que en todo este tiempo hemos de asistir continuamente al joven.

La conclusión será que, si la vocación es verdadera, quedará mejor fundada, más amada, más comprendida y más fuerte, y con tal seguridad que el joven no volverá ya atrás ni ahora ni nunca. Si, por el contrario, todo fue un momento de fervor y no era verdadera vocación, el joven lo verá así y con toda paz se quedará en su casa.

Convenzámonos de que es muy difícil mantener una vocación en el mundo.

Generalmente es suficiente un año. Con todo, para las vocaciones tardías, o sea, para aquellos que son ya algo mayores y por ende más maduros y serios, podrán bastar unos seis meses. Lo que es preciso evitar a toda costa son las prisas. No se mande a nadie al Noviciado apenas haya tomado su decisión, sino háganse las cosas con calma.

Convenzámonos de que es muy difícil mantener una vocación en el mundo. El joven, que desde un cierto tiempo tiene vocación, se convierte casi en un alma religiosa: delicado, tendiendo a la perfección y a la santidad.

Es una verdadera agonía. Si no tuviese vocación, pasaría por encima de muchas cosas. pero con ese ideal ha de renunciar a muchas cosas que se le ponen al alcance de la mano, no ha de traicionarse, no puede bromear con la naturaleza, no encuentra a otros de su mismo ideal… Se necesita haber pasado por ello. El  que esto escribe estuvo en esta agonía durante cinco años antes de alcanzar el puerto de la religión.

Y aquellos que de nosotros juegan con las vocaciones y hacen esperar el tan suspirado día de la admisión, son quizá los que no han sufrido, los que, apenas estuvieron prontos y decididos enseguida entraron en la casa religiosa. ¿Os imagináis a un novicio obligado a vivir en el mundo?.

b) El demonio

¡Figuraos si estará sin hacer nada para impedir una vocación! Empezarán las tentaciones contra la vocación, se verá todo negro, insoportable, vendrán los temores de si se ha elegido bien o no, y al mismo tiempo sin encontrar razones serias para decir que la elección no estuvo bien hecha, se empezará a sentir un verdadero pánico del paso que se va a dar, arrepentimiento de haber sido demasiado bueno, el mundo aparecerá mucho más encantador que antes y ejercerá una fascinación completamente nueva, nacerá cualquier simpatía impertinente y otras mil tentaciones.

A un joven le asaltaron tales tentaciones que una semana antes de empezar el Noviciado estaba aún lleno de temor. Lloraba y se entristecía.

—Pero, ¿estás seguro de que Dios no te quiere?

—No.

— ¿Quieres volverte atrás?

— ¡De ninguna manera! Me haré religioso, cueste lo que cueste. Pero tengo miedo… ¿y si no tengo vocación?

—Está tranquilo. Esas mismas tentaciones son prueba de que tienes verdadera vocación.

La verdad es que, si el diablo viese que uno se hace religioso sin tener verdadera vocación, sería feliz y más bien le animaría a ello. Si tienta y obstaculiza, quiere decir que sabe y ve que se trata de una vocación verdadera.

Todavía otro testimonio. Se trata de un joven zarandeado por el demonio. Veamos lo que escribe:

“Hace dos días una negra nube de tristeza invadió mi corazón. Pero esta vez, gracias al Sagrado Corazón, estaba preparado para el ataque. Me fortifique bien por medio de la oración y vencí. El Corazón de Jesús estaba conmigo y ahora estoy contentísimo por haber logrado esta gran victoria sobre el feo diablo y de haberle mandado de un puntapié a las llamas eternas del infierno.

«Ahora soy feliz y desde nuestra última entrevista después de aquel día que pasé con ustedes en la casa de vacaciones, he empezado a preparar el ajuar, el cual ya lo tengo casi todo. El venturoso día de la partida se acerca. La felicidad me espera…»

Estas tentaciones, pues, te deben alegrar. Pero, ¡atención! El diablo es más ladino de lo que creemos. Se dará cuenta de que probablemente no podrá vencerte por ahora, porque todavía estás demasiado entusiasmado con tu vocación, y entonces, en vez de tentarte directamente contra la vocación, se contentará con sugerirte «espera aún otro año; así estarás más maduro, conocerás mejor el mundo»

Si Dios llama no se le ha de hacer esperar.

¡Atención! Nunca has de ser tú el que tomes tal decisión. Si te lo dice el Padre espiritual.

No aflojar. El único fin del demonio y sus satélites es el de hacerte estar otro año en el mundo a merced de tentaciones y seducciones. En un año podrán sucederle muchas cosas favorables y además podrá tenerte bajo su control con toda atención y cuidado.

Si Dios llama no se le ha de hacer esperar. Acuérdate: lo que no te ha sucedido en dieciséis años te puede suceder en dos minutos. ¡Cuántos han perdido su vocación porque quisieron ser prudentes!.

El  diablo los debilitó poco a poco y finalmente les dio el golpe de gracia… ¡Y la vocación se esfumó para siempre!

Fuente: «Las vocaciones. Encontrarlas, examinarlas y probarlas»
del Padre Erwin Busuttil, S.I.
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