¿Es pecado estar enojado?

¿Siempre es pecado sentir rabia?

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «A menos que vuestra justicia exceda la justicia de los maestros de la Ley y de los fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos. Habéis oído lo que se dijo a los antiguos: ‘¡No matarás! El que mate será condenado por el tribunal. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano será reo de juicio; el que le diga a su hermano: ¡imbécil!, será condenado por el tribunal; cualquiera que llame ‘necio’ a su hermano será condenado al fuego del infierno.

Por tanto, cuando lleves tu ofrenda al altar, y allí te acuerdes de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano. Sólo entonces presentarás tu ofrenda.

Busca reconciliarte con tu adversario, mientras camina contigo a la corte. De lo contrario, el adversario os entregará al juez, el juez os entregará al alguacil y seréis echados en la cárcel. De cierto os digo que no saldréis de allí hasta que paguéis el último céntimo».

Sin tu ayuda no podremos seguir. Donar ahora.

En este evangelio, Jesús nos enseña a contener la ira en nuestros corazones: «Habéis oído que se dijo: No matarás. Pero yo os digo que cualquiera que le diga a su hermano: Necio, necio, será reo de juicio». ¿Qué quiere decir Jesús con todo esto? Bueno, antes que nada, tenemos que entender que hay en nosotros, como don de Dios, la facultad de la  irascibilidad. Nos enfadamos, y esto es algo que está presente en el mundo animal. Es decir: tenemos deseos; nuestros deseos, sin embargo, pueden encontrar algo que los impida, un obstáculo para alcanzarlo, entonces, allí se despierta la ira.

Cuando consciente y deliberadamente le deseo el mal a mi hermano, ahí estoy cometiendo un pecado grave, un pecado mortal.

Si te das cuenta de que pierdes los estribos fácilmente, que siempre estás enojado, pregúntate cuál es tu deseo. Muchas veces no logran ver, pero es importante que miremos en nuestro interior y observemos que dentro de nosotros existe como una especie de «niño mimado» que dice: «Hágase mi voluntad en la tierra como en el cielo», es decir, lo que yo deseo. Pero lo que deseo no siempre es justo, y aunque lo fuera, no siempre es posible alcanzarlo. Así que tenemos que refrenar nuestra ira. ¿Por qué? Porque esa ira que se esconde dentro de nosotros, en realidad, es un desorden por el cual pretendemos ser Dios: «Hágase nuestra voluntad».

Pero, además, la ira se vuelve aún más grave cuando tiene como objeto a nuestro hermano, es decir, cuando empezamos a desearle el mal. Esa es la realidad de la malevolencia, es decir, quiero el mal, deseo el mal. Entonces, cuando consciente y deliberadamente le deseo el mal a mi hermano, ahí estoy cometiendo un pecado grave, un pecado mortal. Si simplemente me irrito y pierdo los estribos, es un desorden o tal vez, a lo sumo, un pecado venial. Pero si quiero y deseo el mal a una persona, entonces estoy cometiendo un pecado mortal, y contra eso es a lo que Jesús se opone.

Así también, a veces podemos usar palabras duras y fuertes para despertar a las personas que se están perdiendo; pero tiene que ser por caridad, por amor, y no por odio.

Aquí viene la pregunta: «¿Entonces Jesús está diciendo que si digo una mala palabra contra mi hermano, iré al infierno?» San Juan Crisóstomo dice que es evidente que no. Esta no es la intención de Nuestro Señor, porque Él también usó palabras fuertes y duras cuando dijo a los fariseos que eran una «raza de víboras», o cuando dijo a los discípulos de Emaús que eran «tardos de corazón», es decir, son insensatos y les cuesta creer, son lentos. San Pablo, por ejemplo, llamó «tontos» a los gálatas. Entonces, ¿eso significa que San Pablo está en la Gehena? No. Solo que debemos entender que a veces es posible, sí, usar palabras fuertes cuando estas palabras fuertes se dirigen al hermano por caridad, es decir, para despertarlo.

Imaginemos a un niño sonámbulo que camina hacia un abismo; el padre trata de despertarlo, pero el hijo no se despierta en absoluto, por lo que le da una bofetada en la cara. Pero no es por odio; es por pura caridad, para despertarlo, para que no caiga al abismo. Así también, a veces podemos usar palabras duras y fuertes para despertar a las personas que se están perdiendo; pero tiene que ser por caridad, por amor, y no por odio. Sufrirá juicio y será arrojado al infierno quien, cometiendo pecado mortal, desea el mal para su hermano simplemente por maldad; pero el que quiere, por caridad, que su hermano pase por alguna tribulación para que se despierte, para que se convierta, éste en realidad tiene el corazón configurado con Dios, que es lento para la ira, pero cuando realiza algún acto de ira, lo hace por su infinita misericordia, porque la ira es también una demostración de su amor.

Tomado de Padrepauloricardo.org
Traducido y adaptado por: Formación Católica.

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