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Pensemos un poco y veamos cuáles puedan ser las consecuencias de este no; en qué posición sitúan al joven y dónde van a desembocar, por lo común, estas «vocaciones dejadas por capricho».

Pensemos un poco y veamos cuáles puedan ser las consecuencias de este no; en qué posición sitúan al joven y dónde van a desembocar, por lo común, estas «vocaciones dejadas por capricho».

 

LAS CONSECUENCIAS DE LA NEGATIVA

1) Consecuencias para el individuo

Dios me había preparado la vida religiosa y sembró en mi camino una serie de gracias, de mociones, de ayudas que me acompañarían paso a paso, me ayudarían y finalmente conducirían a la salvación y quién sabe si a la santidad.

Yo, por mi culpa, por mi propia voluntad rehúso aquel camino y me pongo en otro. ¿Cómo me encontraré? Ciertamente, tendré aquellas gracias suficientes que Dios no niega a nadie, ni me será absolutamente imposible el salvarme, pero ¿tendré aquellas gracias eficaces, sobreabundantes, continuas que Dios me había preparado en la otra vida y sin las cuales mi pobre naturaleza, ya tan débil, probablemente no llegará a salvarse sino con mucha dificultad y con mucho esfuerzo?

¡No lo sé! Ciertamente la misericordia del Corazón de Jesús es muy grande y puede llegar aún a ese punto. Pero no lo podemos exigir como lo podríamos pretender si siguiéramos el camino que Él mismo nos ha ofrecido y preparado…¿Sería quizá exagerado decir que un joven que tiene vocación, pero que no la quiere seguir, es como un pez fuera del agua, el cual se agitará por poco tiempo, pero acabará por morir o por vivir una vida que no es vida?

Puede darse que Dios haya previsto que tú, en el mundo, te condenarás con toda seguridad, y entonces, para salvarte, te da la vocación y te aleja del mundo. En tal caso, si tú no sigues la vocación de Dios, ¿no irías derecho, por tu culpa, a una ruina segura?.

El hecho es que generalmente estos jóvenes terminan en el pecado y se realiza la confirmación más exacta y palpable del conocido proverbio: «Corruptio optimi, pessima» La corrupción de lo mejor es lo peor. Encontrándose sumergidos en un estado de continuo remordimiento, buscan ahogarlo dándose, más exageradamente que los otros, a las diversiones y «distracciones».

Con frecuencia toman la postura de los indiferentes en materia de religión. Empiezan abandonando la oración, después la Asociación y después… todo lo demás.

Y no sólo eso, sino que además serán los eternos descentrados. No sabrán ser buenos padres ni buenos maridos ni buenos cabezas de familia, porque no son hechos para aquello; su camino era otro. Más aún, muchas veces el cielo los castiga precisamente en aquello por lo cual han dejado la vocación que, casi siempre, es algún amor o el deseo del matrimonio. Se encontrarán «desafortunados» precisamente en eso: mujer displicente, enferma, con frecuencia sorprendida por una muerte prematura, hijos enfermos o demasiado díscolos, desobedientes, irrespetuosos y muchas veces impuros.

Cuántas veces se me ha ocurrido preguntar después de haber escuchado la narración de una larga serie de semejantes dolores:

— ¿Y usted, cuando era joven, tuvo vocación?

Y muchas veces me han respondido:

—Sí, Padre, ¿cómo lo ha adivinado? Más aún, ya estaba en el monasterio y después allí… Yo hice ya los votos y después me volví a casa.

Dios es bueno y liberal, pero ¡ay del que desprecia sus dones!

Un día se me presenta un joven que tendría unos veintiocho años; alto, apuesto, pero con los ojos inquietos.

Le invito a sentarse.

—Padre, ¿si uno se dispara un tiro en la espalda, tendrá tiempo de confesarse?

—Depende—respondí—, sería cuestión de ver si Dios le da la gracia de confesarse a uno que intenta suicidarse sabiendo que hace mal.

Pareció contrariado. No me dijo nada. Y después de un buen rato:

—Pero y si uno se confiesa antes de dispararse, ¿no basta?

—No, hombre; uno confiesa los pecados hechos, no los que piensa hacer; más aún, ha de tener el propósito de no hacer pecados. Pero, vamos a ver, ¿qué le pasa a usted?

—Pues… pensaba suicidarme.

Estuve con él unas dos horas. Le animé, le hice ver que no todo era negro en su vida. Le dije que confiase en Dios.

Había sufrido dos fuertes desilusiones amorosas. La primera muchacha murió de una manera trágica, dejándole en el corazón un fortísimo remordimiento; la segunda le dejó una semana antes del matrimonio, cuando ya estaba comprado el ajuar, la casa alquilada y se preparaban los últimos documentos y la fiesta.

Después de aquel coloquio largo y penoso se sintió reanimado. Le acompañé hasta la puerta, y cuando ya estaba en el umbral, se volvió para decirme:

—Padre, fuera de esta puerta todos están locos. ¡Felices ustedes que ven las cosas en su verdadera luz! Fuera es un manicomio. ¡Y pensar que cuando yo era joven fui seminarista y salí del seminario estúpidamente!

Hizo un gesto de disgusto y se fue.

Cuántas veces he tenido que oir: «Padre, tengo verdaderos deseos de ser perfecta, pero no puedo; en casa me estorban, en la oficina me tratan mal y yo no sé resistir al respeto humano; además, interiormente me parece que Dios está lejos de mi; yo estoy convencida de que siempre tendré este deseo, el cual creo que no lo llegaré a satisfacer». «Sí—suelo responder—, no sé qué decirle. Usted no está donde debiera estar porque Dios la llama a otro sitio; también creo yo que usted no podrá nunca estar tranquila y a su gusto».

En muchas de esas familias desechas por la traición de uno de los cónyuges, fácilmente encontraréis la defección de uno de ellos a la vocación divina.☐

 

Fuente: «LAS VOCACIONES. Encontrarlas, examinarlas y probarlas»

del Padre EMVIN BUSUTTIL, S.I. – Editado por Formación Católica.

 

Mons. Tihamer Toth

Mons. Tihamer Toth

Tihamér Tóth (Szolnok, 14 de enero 1889 – Budapest, 05 de mayo 1939) fue obispo de Veszprém, Hungría. Se destacó como predicador y su dedicación a la pastoral de jóvenes y estudiantes.

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