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Hay vocaciones que de ellas depende su salvación, así como la de los fieles. Por ello, es necesario considerar cómo Dios, muchas veces, hace pagar terriblemente este no, dicho en el tono y forma del pequeño rebelde que tira y desprecia una gracia de predilección que se le ofrece como una señal de inmenso amor por parte de su Redentor.

Hay vocaciones que de ellas depende su salvación, así como la de los fieles. Por ello, es necesario considerar cómo Dios, muchas veces, hace pagar terriblemente este no, dicho en el tono y forma del pequeño rebelde que tira y desprecia una gracia de predilección que se le ofrece como una señal de inmenso amor por parte de su Redentor.

¿Es posible que no hagan mal y no cometan pecado desechando de esa manera la gracia de la vocación aquellos que han decidido abandonarla? Es verdad que, en teoría y según los principios racionales, se llega a que de suyo no hay obligación, bajo pena de pecado mortal, de seguir la vocación porque no es un mandamiento ni un precepto sino sólo una invitación para seguir a Jesús más de cerca viviendo los consejos evangélicos; pero en los casos particulares, en la práctica, puede haber circunstancias tales que puedan convertir la repulsa en gravemente pecaminosa y causa de la ruina completa y, aún quizá, eterna del joven.

Cometería pecado mortal si estuviese persuadido de que el único medio que le queda para conseguir la vida eterna fuese el de huir de los peligros del mundo haciéndose religioso.

* Tenía, pues, razón el P. Iorio en su Compendium Theologiae Moralis de expresarse sobre este particular de una forma bastante seria:

«Se pregunta si peca y cómo peca el que se siente llamado a la vida religiosa y no sigue la vocación divina».

Respondo:

1) Por sí y rigurosamente hablando no peca en ninguna forma porque los consejos divinos de suyo no imponen ninguna obligación dado que precisamente en esto se diferencian de los preceptos.

Respondo:

2) Sin embargo, a duras penas se puede excusar de algún pecado por el peligro en que se pone de perderse eternamente. Más aún, cometería pecado mortal si estuviese persuadido de que el único medio que le queda para conseguir la vida eterna fuese el de huir de los peligros del mundo haciéndose religioso.

¿Están, tal vez, también en una mala posición los que, ciertos de la vocación divina a la vida religiosa, tratan de persuadirse de que pueden salvarse igualmente permaneciendo en el siglo o volviendo a él (si, por ejemplo, están ya en el Noviciado)?

No parece que se pueda dudar de que éstos se exponen a un grave peligro de perderse porque permaneciendo en el siglo contra la vocación divina se privan de las ayudas especiales que la providencia de Dios les tiene preparadas en la religión y por eso difícilmente resistirán a las tentaciones del mundo.

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«San Alfonso María de Ligorio, con todo, no osa emitir un juicio cierto sobre este punto».

* Ej. 1 P. Ferreres, sin embargo, se expresa con más energía «¿La vocación al sacerdocio obliga al individuo a seguirla bajo pena de pecado mortal?»

A algunos les parece que tienen que responder afirmativamente cuando existen señales ciertas de vocación y esto por gravísimos peligros de perderse en los que se encontrará el que, despreciada la vocación divina, por propia iniciativa abraza cualquier otro estado en el mundo.

Si Dios castiga, quiere decir que aquel «no» no le es una cosa indiferente.

«Por eso San Alfonso María de Ligorio dice que esta vocación es de tanta importancia que de ella depende la salvación del llamado y también la de muchos fieles». Y luego, con letra más pequeña, después de haber emitido esta sentencia que es como suya, el P. Ferreres continúa:

Con todo, otros distinguen entre vocación imperativa, con la que Dios impone una obligación de obedecer, y vocación invitativa, por medio de la cual Dios invita al estado clerical, pero no impone una estrecha obligación. Estos dicen que la primera especie de vocación obliga sub gravi, mientras la segunda no…

Y esta manera de hablar de los teólogos no nos maravillará si consideramos cómo en la práctica Dios, muchas veces, hace pagar terriblemente este no , dicho en el tono y forma del pequeño rebelde que tira y desprecia una gracia de predilección que se le ofrece como una señal de inmenso amor por parte de su Redentor, y todo esto… por capricho… o por el secreto deseo de gozar de la vida, o porque no se quiere lo que parece es un sacrificio.

Si Dios castiga, quiere decir que aquel no , no le es una cosa indiferente.

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  • Comencemos por notar que para bastantes autores «es sin duda difícil sostener que la vocación, hablando estrictamente, sea un deber que obligue gravemente» (Greganti 312-313). Cristo invita al joven rico a dejarlo todo y seguirle: «Si quieres»… (Mt 19,21). Pero es sólo un consejo, no un mandato.

    Doctores tan autorizados como San Alfonso Mª de Ligorio afirman que no seguir la vocación religiosa «per se no es pecado: los consejos divinos per se no obligan bajo culpa». Esta doctrina sorprendente, se ve notablemente matizada en seguida cuando añade: «Sin embargo, en razón de que el llamado pone en peligro su salvación eterna, al elegir su estado no según el beneplácito divino, no podrá estar exento de alguna culpa» (Theologia Moralis IV,78). Y el mismo autor en otra ocasión dice: «El que no obedece a la vocación divina, será difícil -más bien moralmente imposible- que se salve» (Respuesta a un joven: +Petrosino 234).))

    Es cierto que el Señor, como hemos dicho, suele llamar gradualmente, por una serie de gracias (Jn 1,39; Mt 4,21; 10,2), y es indudable que el cristiano puede romper ese proceso vocacional con muy poca culpa, incluso sin darse cuenta. Pero supuesto que haya conciencia clara de lo que Dios quiere, entendemos que hay obligación moral grave de seguir la vocación divina. Expresa ésta una voluntad divina -Jesús «llamó a los que quiso» (Mc 3,13)-, manifestada en términos inequívocamente imperativos: «Sígueme». En efecto, Cristo dispone de cada uno de los miembros de su Cuerpo, y nosotros en caridad debemos hacer nuestro su designio. Y esto tanto por el amor que le debemos, como incluso en justicia, pues realmente no nos pertenecemos, sino que él nos ha adquirido al precio de su sangre (1 Cor 6,19-20; 7,23; 1 Pe 1,18-19). ¿Con qué derecho podemos rechazar sin culpa grave la llamada de Cristo si la captamos con certeza?

    Especial gravedad tiene rechazar la vocación apostólica, por ser esta una gracia tan grande para la persona y para la Iglesia. Por ella el Señor hace del cristiano un compañero y un colaborador suyo (Mc 3,14). Pues bien, si Cristo nos llama a ser compañeros suyos, a entrar a convivir con él, ¿cómo podremos rechazar tal gracia sin ofenderle gravemente? Si Cristo nos llama para que seamos colaboradores suyos en la salvación del mundo, ¿cómo podremos negarnos sin grave culpa? Jesús miró al joven rico con especial amor (Mc 10,21), y le invitó a seguirle, pero él no quiso: «Se oscureció su semblante, y se fue triste, pues tenía muchas posesiones» (10,22). ¿No es esa la tristeza del pecado, la tristeza de una gracia divina rechazada?

    Si «la voluntad del padre» es que vayamos a trabajar su viña (Mt 21,31), nosotros debemos obedecerla. ¿Qué será de nuestra vida si la dirigimos por un camino distinto de aquel que el Padre quería darnos con todo amor? ¿Y qué será de los hermanos que en la providencia de Dios habían de recibir nuestra ayuda?

    Por otra parte, cuando un padre llama a un hijo para enviarlo en ayuda de otros hijos gravemente necesitados, ¿será tal llamada sólo un consejo, o será más bien un mandato?… También la Iglesia Madre llama al ministerio apostólico. Pues bien, cuando la patria está en peligro y llama a sus hijos, éstos se saben obligados en conciencia a acudir, aun en el caso de que no sientan ninguna inclinación por el servicio de las armas, y dejándolo todo, acuden, con riesgo de sus vidas. Igualmente, cuando la Iglesia llama con urgencia a personas para que le sirvan y procuren la salvación de los hombres, es preciso acudir. Y el que, sabiéndose llamado, no acude, es un mal hijo que pone en perigro su salvación eterna, pues «el que busca guardar su vida, la perderá, y el que la perdiere, la conservará» (Lc 17,33).

    Cuando tratamos de la respuesta pronta que debe darse a la llamada a la santidad, citábamos un texto de Santo Tomás que conviene recordar también ahora: «Nadie debe resistirse a la locución interior con la que el Espíritu Santo inspira la mente. Definitivamente, se la debe obedecer sin lugar a dudas» (Contra doctrinam retrahentium a religionis ingressu cp.9).

    (Síntesis de Espiritualidad Católica)

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