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El evangelista San Lucas es el verdadero artista de la Santísima Virgen María. A este doctor de profesión, cuyo sentido de los detalles estaba bien afinado, debemos estar agradecidos porque nos ha delineado la fisionomía más sobria y bella de nuestra Señora, transmitiéndonos episodios importantísimos que echan luz sobre el misterio inefable de la Encarnación.

El evangelista San Lucas es el verdadero artista de la Santísima Virgen María. A este doctor de profesión, cuyo sentido de los detalles estaba bien afinado, debemos estar agradecidos porque nos ha delineado la fisionomía más sobria y bella de nuestra Señora, transmitiéndonos episodios importantísimos que echan luz sobre el misterio inefable de la Encarnación.


Pero ¿cuál ha sido la fuente de las noticias contenidas en los primeros dos capítulos del Evangelio de San Lucas? La respuesta es esta: solo María santísima era la única protagonista y depositaria de los acontecimientos narrados en los «Evangelios de la infancia». La Santísima Virgen María, es pues, la fuente de los relatos narrados en los primeros dos capítulos de los Evangelios de San Lucas y San Mateo. Ella, única testigo de la Anunciación y principal protagonista de los otros acontecimientos por venir.

Dentro del magnífico diálogo entre la Virgen y el Arcángel San Gabriel nos encontramos delante de una respuesta que contiene en sí la respuesta para las dudas y dificultades de nuestro mundo actual; la respuesta de María no se puede traducir de otro modo que el de hacer y aceptar la voluntad de Dios. Existe de forma generalizada un gran rechazo a la voluntad de Dios, a sus mandamientos y a su Iglesia. Dios encuentra una joven judía deseosa de hacer la voluntad de su Dios a toda costa, y esa joven virgen, empieza a orientar toda su vida para el cumplimiento de esa voluntad y no teme las consecuencias. En la respuesta de la Virgen está oculta la fuerza del amor, de la creatura a su creador, de una hija a su padre.

«Entonces María dijo: he aquí la sierva del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho». La expresión usada por María, «Sierva del Señor» nos recuerda de cerca el célebre pasaje de Isaías sobre la misión del Mesías «Siervo de Yahvé».

Esta semejanza nos dice dos cosas importantes: antes que nada la estrecha unión de la Sierva del Señor con el Siervo de Yahvé en la única obra de la salvación; además la comunión en los acontecimientos dolorosos del Siervo sufriente, inmolado para la redención de los hombres (Is. 53). María virgen, al usar aquella expresión no sólo aceptó, sino que se entregó toda ella a la obra de la redención como madre corredentora, como humilde asociada al varón de dolores… herido por nuestros delitos, aplastado por nuestras iniquidades (Is. 53, 3-4).

Ella dice una palabra y recibe al que es la Palabra, pronuncia su palabra humana y concibe al que es la Palabra divina, profiere una palabra transitoria y recibe en su seno al que es la Palabra eterna

 

María santísima dio un consentimiento no con resignación, sino con plena decisión para que se realizase rápidamente el designio salvífico de Dios. Ella dice «una palabra y recibe al que es la Palabra, pronuncia su palabra humana y concibe al que es la Palabra divina, profiere una palabra transitoria y recibe en su seno al que es la Palabra eterna». La maternidad se distingue de la mera generación o procreación que sucede en todo reino animal por el carácter racional y voluntario que diferencia al hombre del animal, que es propio y específico de la naturaleza humana.

Donde no hay conciencia o voluntariedad no hay verdadera maternidad, ni paternidad, ni filiación. María no adoptó a Jesús, es verdadera madre de Dios; lo que significa que María acoge con plena conciencia y voluntad la Encarnación, en su seno virginal, de la segunda persona de la Santísima Trinidad.

Ese consentimiento dado por María expresa la participación libre del hombre, de la humanidad, en la obra de la salvación. En la libertad de María, en aquel instante, estaban contenidas todas las voluntades, las ansias y las expectativas del hombre necesitado de Redención. «Virgen llena de bondad, te lo pide el desconsolado Adán, arrojado del paraíso con toda su descendencia. Te lo pide Abraham, te lo pide David. También te lo piden ardientemente los otros patriarcas, tus antepasados, que habitan en la región de la sombra de la muerte. Lo espera todo el mundo, postrado a tus pies» (San Bernardo de Claraval). Y la nueva Eva dijo su «sí» pleno y total al Ángel de la luz, así como la primera Eva había dicho su «sí» al Ángel de las tinieblas.

Esa respuesta dada por María al Ángel expresa también, además del consentimiento, una dedicación humilde e incondicional al plan de Dios a ella confiado. Tal dedicación revela la inigualable fe de María, que provocará la inspirada proclamación de Isabel y ofrece el modelo perfecto de la obediencia animada por la Caridad más grande, para la salvación de los demás.

Así la del Nuevo Testamento se inaugura en el instante en el cual María pronuncia el «Fíat»

 

La última palabra es de María, como un acto de obediencia, pero sobre todo de fe en la palabra de Dios. Como la economía de la promesa se inicia con el acto de fe de Abraham, así la del Nuevo Testamento se inaugura en el instante en el cual María pronuncia el «Fíat» (hágase) y concibe a Jesús que recapitula un «sí» a toda la humanidad y el universo. No es improbable la posibilidad de que Lucas, expresando el «sí» de María con el mismo verbo usado para expresar el mandato creador de Dios, haya querido sugerir que es el momento de una nueva creación.

Meditando el episodio evangélico de la anunciación, llegamos a ser siempre más conscientes de esta realidad: que María Virgen ha captado mejor que todos que su hijo es hijo de Dios, que su Padre es Dios Padre, que este hijo de María ha venido sobre la tierra en forma humana por obra del Espíritu Santo para sufrir y morir sobre la Cruz y salvar así a su pueblo del pecado.

El misterio de la Anunciación y el de la Encarnación misma son misterios que solo la fe, ayudada por el don de Sabiduría, alcanza a ver y abrazar. Y María fue la que mejor alcanzó a verlo, ella, en palabras de San Bernardo, abre su corazón a la Fe, sus labios al consentimiento y su seno al Creador, de modo que creyó profundamente y lo conservó en su corazón, al punto de sacar del mismo Jesucristo el conocido elogio: «felices más bien los que escuchan la palabra de Dios y la conservan»; en efecto, la grandeza de María viene ante todo de escuchar la Palabra de Dios y guardarla en su corazón.«Si María no hubiera escuchado y observado la Palabra de Dios, su maternidad corporal no la habría hecho bienaventurada» (San Juan Crisóstomo).

La fe de Abraham lo hizo padre de una multitud, la Fe de María nos hizo hijos del Dios altísimo. Aprendamos, acudiendo a la Santísima Virgen María, modelo de fe para la humanidad entera a adherirnos a la Palabra Divina de modo que alcancemos por ella la salvación.

 

 

Hno. Rodrigo Gomes Carezolli, CMJ

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