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La vocación ha de ser probada. ¿Y quién la ha de probar? ¿El director espiritual? No siempre. Para ello están las pruebas ordinarias que el Padre Erwin llama «naturales»

La vocación ha de ser probada. ¿Y quién la ha de probar? ¿El director espiritual? No siempre. Para ello están las pruebas ordinarias que el Padre Erwin llama «naturales» de los cuales ya nos referimos a dos de ellas en el capítulo pasado: El tiempo y el demonio. En esta nueva entrega, hablaremos de la  familia, Dios y el sacerdote.

c) La Familia

He aquí otra terrible fuente de pruebas para el joven que tiene vocación.

Éste no debe decir en seguida a su familia que tiene vocación, sino solamente unos tres meses antes de su entrada en el Noviciado, y esto por varias razones.

1) Sus familiares no son los más apropiados para ayudarle, porque no saben qué cosa es la

vocación y el afecto no les permite considerar el lado espiritual y, por lo tanto, su verdadero significado. Por eso, en general, se puede decir que tenderán a separarle acremente de sus ideas, le harán la vida imposible con continuas lamentaciones, riñas, lloros, escenas y vejaciones. Si habla demasiado pronto, pueden llegar las cosas a tal punto que ya no podrá más y le faltará la calma y la libertad necesaria tanto para los exámenes como para examinar de nuevo su decisión.

2) Para los padres será un dolor. ¿Por qué abrirles la herida antes de tiempo?

3) La vocación debe fundarse y reforzarse bien antes de que sea capaz de sostener los choques de una lucha con las personas más queridas de este mundo. Por eso se requiere tiempo. Pero es necesario también decirlo con un poco de tiempo: no mucho antes de la partida, pero tampoco en el último momento, de tal forma que los padres tengan tiempo de calmarse, de entrar en este nuevo orden de ideas y de cicatrizar la terrible llaga abierta en su corazón. No puede pretenderse que digan en seguida que sí.

Más aún, es casi mejor que al principio los padres digan que no. Así el joven tendrá que luchar, discutir con ellos, rogar, llorar si es necesario, insistir y convencer. El joven no ha de ser nunca violento ni ir con amenazas, sino que ha de procurar cogerlos uno a uno con calma y razonar con ellos, trayendo sobre todo argumentos sobrenaturales acerca de la voluntad de Dios, la salvación de las almas, etc. En fin, hable con sinceridad de los verdaderos motivos que le inducen a hacerse religioso.

Se dirá que ellos no comprenderán su lenguaje porque será demasiado espiritual, mientras resulta quizá que son poco religiosos y practicantes; pero es eso precisamente lo que se desea. Han de ver que el hijo tiene otra manera de razonar más sublime, más santa que la de ellos, que no la comprenden, pero ven al hijo convencidísimo de lo que dice.

El joven poco a poco ha de atraer a los padres a su mismo plano de razonamiento. Únicamente así llegará a convencerlos y sólo así comprenderán que se trata de una verdadera vocación.

Todo esto no es fácil en la práctica. Algunos chicos tienen un verdadero terror a su padre, el cual alguna vez es violento y poco cristiano, o, como sucede con frecuencia, inspira una gran reverencia.

Un joven tuvo que escribir una carta a su padre para descubrirle su propósito. Le puso el sobre en la almohada. El padre la leyó, pensó mucho, discutió un poco y todo se arregló.

Otras veces ocurre que los padres no dejan hablar, y lo hacen a propósito para no decidir nada.

 

Entonces no es tan fácil. Sé de uno que para hacerse oír tuvo que recurrir a una represalia.

—Vosotros no me tomáis en serio, pues yo tampoco a vosotros —y empezó sistemática y

abiertamente a no obedecer en nada.

—Ve por el pan—y se quedaba quieto en su sitio. Salía sin decir a dónde iba; no respondía, o si lo

hacía salía con un seco: ¡No quiero!

Tal situación no podía seguir así. Y el padre a los dos días perdió los estribos, le dio una buena paliza, le despachó de casa y armó mucho ruido.

Al día siguiente fue a hablar con los Padres. Vio que la cosa era bastante seria y que él hizo mal en no pensar.

Otro empezó diciéndolo a su hermana, rogándole que hablase en secreto a su madre.

Es preciso ver caso por caso qué método sea el mejor, pero lo que no parece que sea un buen método es el de hablar nosotros los sacerdotes a los padres para decirles la vocación de sus hijos.

Les parecerá que somos parte interesada, sin decir que muchas veces se ofenden porque creen que su hijo no les tiene bastante confianza. Sin contar que para el joven no es nada formativo el que hablemos nosotros por él. La vocación es asunto suyo y él ha de ser el que ha de combatir por ella.

Es preciso que trabaje él, de lo contrario tiene el peligro de que sea influenciado por nosotros y no se dé cuenta de su vocación. Todo eso supone un conjunto de preparación, valor, discusiones y emociones que son una gran prueba para la vocación.

Un joven después de asistir a las lágrimas, desmayos y consternación de su madre, vino a verme para que le diese alguna inyección de ánimo.

—No puedo más—me dijo—. No puedo ver a mi madre llorar de tal forma por mi culpa. Tendré que partir lo más pronto posible porque, si no, no sé si tendré fuerza para hacerlo.

—Ya verás cómo se le pasa—le dije animándole—. Tú ahora deja que pase una semana sin hablar del asunto; luego vuelve a la carga y ya verás cómo después del primer golpe tu madre está más razonable.

Otro me decía: —Cada vez que veo a mi madre se me encoge el corazón; ella lo sabe y no me dice nada, pero cuando pienso en cuánto debe estar sufriendo, padezco. Algunas veces me entran ganas de decirle: “Mamá, esté tranquila, ¡nunca la abandonaré!”. Pero no lo puedo decir. ¡Jesús me llama!

Si las señoras mamás supiesen qué agonías tienen que sufrir sus hijos que se ven precisados a dejarlas por seguir a Jesús, juzgarían muy diversamente a estos buenísimos muchachos y se guardarían muy bien de llamarles crueles, egoístas y asesinos.

He hecho una buena experiencia. He visto cómo las madres delicadas, aquellas que aman profundamente a sus hijos, no llegan nunca a esos excesos, y a pesar de sufrir cruelmente no dudan ni un instante del amor de su hijo y se guardan muy bien de dirigirles frases punzantes y ofensivas.

Y al contrario, las que buscan no el bien del hijo, sino la necesidad de su afecto o el interés de su futura vejez, le vejan y aún llegan a pegarle, a no quererle ver más y a gritarle de una manera como furiosa. Y a eso le llaman amor.

Esto es doblemente doloroso para el joven que empieza a entender, precisamente en aquel momento, que el amor de su madre hacia él no es sincero ni desinteresado.

Una madre que tenía una joya de hijo no quería decir el sí a su vocación y, a pesar de todo, tampoco le decía que no.

— ¿Por qué he de hacerle infeliz—me decía— negándole mi consentimiento? El no vivirá nunca en el mundo; es demasiado bueno este chico.

Ella veía (y lo decía) que retardarle al hijo la entrada en el Noviciado significaba hacerle sufrir mucho. Sabía también que su hijo se moría de deseos de partir, pero era tan delicado que no osaba decirle ni una palabra poco conveniente para que le dejase marchar. Y yo, recibiendo las lágrimas de uno y otra, estaba encantado de aquella escena tan delicada y única, y por añadidura tenía que hacer de “cruel” con los dos. Cuando el muchacho entró en el Noviciado, tanto él como su madre se sentían felicísimos.

En cambio, otro muchacho lloraba por el dolor de tener que dejar a su madre, y era tal que le tuve que decir que, si no se encontraba con ánimos, que lo dejase estar… Por el momento dudó un poco, pero después sufrió tales angustias y luchas contra su vocación de parte de su familia que al año de batallar se convenció de que su madre no le amaba de verdad y también él sintió enfriarse su gran amor hacia ella.

Preparemos al joven a estas pruebas. Que sepa cómo ha de obrar, que conozca sus derechos, hasta dónde llega su obligación de obedecer a sus padres, cuál es el verdadero amor y la manera como han obrado los Santos en semejantes ocasiones.

d) Dios

Muchas veces es Dios mismo el que prueba al joven en su vocación. Mientras en los primeros días de su decisión se había hecho sentir con sus consolaciones espirituales inflamando el corazón y haciéndole gustar algo del Paraíso; se había hecho sentir junto al alma y le había hecho experimentar qué dulce es amarle y servirle, he aquí que ahora todo se presenta negro para el alma: reza el joven y no parece sino que el cielo es de plomo; quisiera arder de amor y en cambio todo es frío, la oración un fastidio, los Sacramentos cosas mecánicas, el apostolado un peso insoportable y aburrido. El Padre espiritual aparece como un intruso que no inspira confianza; sus palabras, que al principio convencían y entusiasmaban, ahora son incoloras y… no dicen nada.

Parece como que Dios le haya abandonado, que camine por un bosque oscuro sin guía ni sendero. Es un estado de ánimo muy doloroso, pero utilísimo para conseguir que el joven obre por convicción y por razón y no únicamente por sentimiento o entusiasmo.

e) Nosotros, los sacerdotes

Como se ve, es rarísimo el caso en el cual el sacerdote mismo haya de ser el que deba probar la vocación del joven con métodos extraordinarios, porque es difícil que no sea probado por algún motivo de los que hemos ya indicado.

Hablo de pruebas extraordinarias, porque alguna que otra repulsa o leccioncita un poco fuerte, eso siempre va bien; y más aún, a estos jóvenes es necesario que se les dé una formación varonil y fuerte, no delicada y afeminada.

Alguna vez sucede que el joven llega a las puertas del Noviciado tan tranquilo, sin ninguna lucha, porque todo le ha salido a pedir de boca. Los padres tan contentos, los Superiores también; él convencidísimo, sin tentaciones, dudas ni dificultades. En ese caso es preciso darle una buena sacudida para impedir que llegue al Noviciado casi sin darse cuenta.

Solamente me sucedió con uno.

Cuando su madre supo su vocación vino a pedirme consejo.

— ¡Padre, qué dolor! ¿Qué he de hacer?
—Usted, señora, al principio dígale que no se lo permite; veamos cómo reacciona. Yo quiero que luche.

Pero la tal señora era demasiado buena y no supo hacer comedia. ¡Era tan devota y ejemplar…!

Bastaba una sola frase del hijo y en seguida capitulaba. Más aún, le ayudó a conquistar al papá… el cual, a decir verdad, no puso ningún obstáculo.

Sus hermanos no supieron nada, sus compañeros tampoco; y él, fresco como una rosa. El caso me preocupaba y le llamé.

—Oye, ¿tú estás convencido de que realmente tienes vocación? Yo empiezo a dudar, ¿sabes?
—Pero, ¿por qué, Padre?
—No sé, temo que tú no eres sincero. Tú no me dices la verdad, no entiendes lo que haces. Eres demasiado chiquillo. Creo que es mejor que esperes todavía otro año.

Y sin más, le despedí. Estaba todo rojo, pero no me dijo nada. Únicamente se detuvo en el umbral y dijo:

— ¡Pero, Padre. . .!
— ¡Nada, hijo! No estoy convencido. ¡No vamos bien!

Salió. ¡Pobre hijo! Yo sufría pensando en lo que estaría pasando. Al día siguiente quise endulzarle la píldora. Después de la Comunión vino la sacristía.

— ¿Has dormido bien? —le pregunté sonriendo.
—Realmente, no he podido dormir.
— ¿Por qué? ¿Por lo que te dije ayer? Piensa un poco.
— ¡Pero, Padre! ¿Por qué cree que no he sido sincero?
—No, ya verás; no quería decir precisamente eso; quizá me equivoqué de frase (la realidad es que lo hice a propósito). Quería decirte que aún me pareces un chiquillo; no te das plena cuenta de lo que haces. Dentro de una semana volveremos a hablar, pero quiero que pienses en serio.

Se tranquilizó un poco. Pero resistió. Si me hubiese dicho: Sí, es mejor esperar, no le hubiese dejado marchar aquel año. En cambio, vino a verme de nuevo para convencerme de que yo estaba en un error, y cuando al final me puse a reír y le dije que todo había sido una pura comedia para probarle, rompió a llorar, un poco por la alegría y otro poco por todos los íntimos malos ratos que había pasado.

Recuerdo que también yo lloré… pero de gozo, viendo una vocación tan prometedora para la gloria de Dios. Es preciso probarlos. “¿Te sientes con ánimos para vivir siempre así, durante toda tu vida? Mira lo que le ha sucedido a aquel Padre; después de trabajar tanto en aquella parroquia, los Superiores le han destinado a otro sitio donde no conoce a nadie.

Así harán contigo. ¿Te sientes con fuerzas?

¡Fíjate qué odiados y escarnecidos son los sacerdotes! Quizás sufran cualquier persecución”. También va bien, a veces, reñirles en público y fuerte, por un motivo más bien pequeño. Y después llamarlos al aposento: “Mira cómo te tratarán en la religión, ¿estás dispuesto a eso?”. Hay que decirles siempre que todo eso se les hace para probarlos.

 

Fuente: «LAS VOCACIONES. Encontrarlas, Examinarlas y Probarlas»
Del Padre Erwin Busuttil, S.I. Editado por Formación Católica.

 

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