{"success":true,"data":{"id":328,"title":"El saludo cristiano","slug":"el-saludo-cristiano-3","author":"P. Jorge Miguel Martínez","tipo":"temporal","liturgical_label":"Martes de la 5ª semana de Pascua","excerpt":"Jesús dijo: \"La paz os dejo, os doy mi paz, y no como la da el mundo. No os turbéis ni os acobardéis. Oísteis que os dije que me voy y volveré a visitaros. Si me amárais, os alegraríais de que vaya al Padre, pues el Padre es más que yo\".","content_html":"<p><p>El Señor, en la intimidad de la última cena, dejó a sus discípulos una de\r\nsus promesas más consoladoras: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy\r\ncomo la da el mundo» (cf. Jn 14, 27). Y añadió también: «En el mundo tendrán\r\ntribulación, pero confíen: yo he vencido al mundo». No se trata, por tanto, de\r\nuna paz superficial o meramente exterior, sino de un don que brota de su\r\nvictoria y de su unión con el Padre.<o:p></o:p></p><p>Después de la resurrección, cuando Jesús se presenta ante los suyos, sus\r\nprimeras palabras son precisamente un saludo de paz: «La paz sea con ustedes»\r\n(Jn 20, 19). Ese saludo no es una fórmula vacía. En él se disipan los temores,\r\nse cura la vergüenza de la traición, y se restaura la amistad. Cristo no\r\nreprocha; ofrece su paz. Y con ella, recrea el vínculo con sus discípulos.<o:p></o:p></p><p>En el mundo bíblico, desear la paz era el modo habitual de saludo. No era\r\nuna simple cortesía, sino una invocación cargada de sentido espiritual. Los\r\napóstoles continuaron esta práctica, como vemos en sus cartas, y la Iglesia la\r\nha conservado en su liturgia. Antes de la comunión, por ejemplo, el sacerdote\r\ndesea a los fieles la paz del Señor, como disposición para participar\r\ndignamente en la Eucaristía.<o:p></o:p></p><p>A lo largo de los siglos, los cristianos supieron impregnar sus saludos de\r\nun profundo sentido sobrenatural. No eran meras palabras, sino expresiones de\r\nfe, signos visibles de un corazón vuelto hacia Dios. Sin embargo, en nuestro\r\ntiempo, ese sentido cristiano se ha ido debilitando. Las fórmulas habituales\r\nhan perdido, en gran medida, su referencia a Dios.<o:p></o:p></p><p>Por eso, conviene recuperar —con sencillez y sin afectación— el valor\r\nespiritual del saludo. No se trata de adoptar fórmulas extrañas, sino de\r\nredescubrir que también en los gestos cotidianos puede manifestarse la fe. Un\r\nsaludo puede ser ocasión para elevar el alma, para reconocer en el otro a un\r\nhermano, para invocar sobre él la bendición de Dios.<o:p></o:p></p><p>No siempre resulta fácil. A veces pesa la costumbre; otras, cierta\r\nvergüenza. Pero esa vergüenza no debería tener lugar en quien sabe que está del\r\nlado de Cristo, vencedor del mundo. Si vivimos con mayor conciencia de la\r\npresencia de Dios —esa certeza de que Él está siempre con nosotros—, nuestro\r\ntrato con los demás se verá naturalmente transformado.<o:p></o:p></p><p>Decía san Gregorio Nacianceno que debería avergonzarnos prescindir del\r\nsaludo de paz que el Señor nos dejó. Y, en efecto, cada encuentro humano puede\r\nconvertirse en una ocasión de gracia. Somos hermanos en la fe, bautizados en\r\nuna misma agua, redimidos por un mismo Señor, llamados a participar de una\r\nmisma mesa.<o:p></o:p></p><p>El Evangelio nos ofrece una imagen elocuente: cuando María saluda a Isabel,\r\nel niño salta de alegría en su seno (cf. Lc 1, 44). Ese sobresalto de gozo\r\nrevela la fuerza espiritual que puede contener un simple saludo cuando nace de\r\nun corazón lleno de Dios.<o:p></o:p></p><p>Cuántas veces una palabra amable, una sonrisa sincera, un gesto de cercanía\r\npueden disipar la oscuridad de la soledad, del sufrimiento o de la tentación.\r\nNo subestimemos el bien que puede hacer un saludo auténticamente cristiano.\r\nPuede ser, para quien lo recibe, un rayo de luz en medio de la oscuridad.<o:p></o:p></p><p>Que el Señor nos conceda vivir con esa paz que Él nos da, y saber\r\ncomunicarla también en lo pequeño, en lo cotidiano, en el encuentro sencillo\r\ncon los demás.<o:p></o:p></p></p>","gospel_ref":"Jn 14,27-31","gospel_text":"14,27 Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman!\r\n14,28 Me han oído decir: 'Me voy y volveré a ustedes'. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo.\r\n14,29 Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean.\r\n14,30 Ya no hablaré mucho más con ustedes, porque está por llegar el Príncipe de este mundo: él nada puede hacer contra mí,\r\n14,31 pero es necesario que el mundo sepa, que yo amo al Padre, y obro como él me ha ordenado. Levántense, salgamos de aquí.","transcripcion":null,"thumbnail_url":"https://formacioncatolica.org/uploads/images/El-saludo-cristiano.jpeg","audio_url":"https://formacioncatolica.org/uploads/audios/Pascua-Jn-14-27-31-El-saludo-cristiano.mp3","youtube_url":"","youtube_id":null,"spotify_url":"","published_at":"2023-05-09"},"message":null}