{"success":true,"data":{"id":405,"title":"El laico esta llamado a santificarse en el mundo «mediante el ejercicio de sus propias tareas»","slug":"nuestra-vocacion-a-la-santidad","excerpt":"«Es urgente, hoy más que nunca, que todos los cristianos vuelvan a emprender el camino de la renovación evangélica, acogiendo generosamente la invitación del apóstol a ser \"santos en toda la conducta\"», ésta es la llamada de atención que en su momento realizó el Papa Juan Pablo II, a través de la Exhortación Apostólica Christifideles Laici, a todos los laicos del mundo, de modo que puedan vivir a plenitud el llamado «a la santidad y a la perfección en el propio estado».","content_html":"<p><i><br></i>El «mundo» se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos, porque él mismo está destinado a dar gloria a Dios Padre en Cristo. Los fieles laicos, no han sido llamados a abandonar el lugar que ocupan en el mundo. El Bautismo no los quita del mundo, tal como lo señala el apóstol Pablo: «Hermanos, permanezca cada cual ante Dios en la condición en que se encontraba cuando fue llamado»; sino que les confía una vocación que afecta precisamente a su situación intramundana. En efecto, los fieles laicos, <strong>son llamados por Dios para contribuir, desde dentro a modo de fermento, a la santificación del mundo mediante el ejercicio de sus propias tareas</strong>, guiados por el espíritu evangélico, y así manifiestan a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con el fulgor de su fe, esperanza y caridad. De este modo, el ser y el actuar en el mundo son para los fieles laicos no sólo una realidad antropológica y sociológica, sino también, y específicamente, una realidad teológica y eclesial. En efecto, Dios les manifiesta su designio en su situación intramundana, y les comunica la particular vocación de buscar el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios.</p><p>Las imágenes evangélicas de la sal, de la luz y de la levadura, aunque se refieren indistintamente a todos los discípulos de Jesús, tienen también una aplicación específica a los fieles laicos. Se trata de imágenes espléndidamente significativas, porque no sólo expresan la plena participación y la profunda inserción de los fieles laicos en la tierra, en el mundo, en la comunidad humana; sino que también, y sobre todo, expresan la novedad y la originalidad de esta inserción y de esta participación, destinadas como están a la difusión del Evangelio que salva.</p><p>La dignidad de los fieles laicos se nos revela en plenitud cuando consideramos esa primera y fundamental vocación, que el Padre dirige a todos ellos en Jesucristo por medio del Espíritu: <strong>la vocación a la santidad, o sea a la perfección de la caridad.</strong> El santo es el testimonio más espléndido de la dignidad conferida al discípulo de Cristo.</p><blockquote class=\"wp-block-quote\"><p>Es urgente, hoy más que nunca, que todos los cristianos vuelvan a emprender el camino de la renovación evangélica, acogiendo generosamente la invitación del apóstol a ser «santos en toda la conducta».</p></blockquote><p>Los santos y las santas han sido siempre fuente y origen de renovación en las circunstancias más difíciles de toda la historia de la Iglesia.<strong> Hoy tenemos una gran necesidad de santos, que hemos de implorar asiduamente a Dios</strong>».</p><p>Todos en la Iglesia, precisamente por ser miembros de ella, reciben y, por tanto, comparten la común vocación a la santidad. Los fieles laicos están llamados, a pleno título, a esta común vocación, sin ninguna diferencia respecto de los demás miembros de la Iglesia: «Todos los fieles de cualquier estado y condición están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad»; «todos los fieles están invitados y deben tender a la santidad y a la perfección en el propio estado».</p><p>La vocación a la santidad hunde sus raíces en el Bautismo y se pone de nuevo ante nuestros ojos en los demás sacramentos, principalmente en la Eucaristía. <strong>Revestidos de Jesucristo y saciados por su Espíritu, los cristianos son «santos»,</strong> y por eso quedan capacitados y comprometidos a manifestar la santidad de su ser en la santidad de todo su obrar. El apóstol Pablo no se cansa de amonestar a todos los cristianos para que vivan «como conviene a los santos» (Ef 5, 3).</p><p><strong>La vida según el Espíritu, cuyo fruto es la santificación (cf. Rm 6, 22; Ga 5, 22), suscita y exige de todos y de cada uno de los bautizados el seguimiento y la imitación de Jesucristo</strong>, en la recepción de sus Bienaventuranzas, en el escuchar y meditar la Palabra de Dios, en la participación consciente y activa en la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia, en la oración individual, familiar y comunitaria, en el hambre y sed de justicia, en el llevar a la práctica el mandamiento del amor en todas las circunstancias de la vida y en el servicio a los hermanos, especialmente si se trata de los más pequeños, de los pobres y de los que sufren.</p><p><i></i></p><p><b><i>San Juan Pablo II,</i></b><i><strong>Extractos de la Exhortación Christifideles Laici</strong><br></i></p>","thumbnail_url":"https://formacioncatolica.org/uploads/images/el-laico-llamado-a-ser-santo.jpg","author":"FormacionCatolica.org","published_at":"2019-08-23 19:17:18","tags":[{"id":18,"name":"Vida Cristiana","slug":"vida-cristiana"}]},"message":null}